Martha estaba en la puerta con una enorme sonrisa. —Justin, hijo mío —dijo antes de que Justin la apretara en sus fornidos brazos y ella cerrara los ojos en una plegaria, que igual que cada noche, agradeció porque su hijo estuviese con vida y que lo regresara a salvo—. Mi querido hijo, has vuelto a casa. Justin sonrió y la apretó tan fuerte que fue como si el tiempo no hubiese transcurrido desde la última vez que se vieron. Justin estaba más grueso, su cabello y barba más larga, y portaba una chaqueta del mismo verde de su uniforme militar. Los ojos de Martha se llenaron de lágrimas por sentirlo bajo sus manos, y le agradeció a Dios el haberlo regresado a ella como tanto deseó. —Estás enorme —dijo Martha al sorber su nariz. —Tú te ves diferente —dijo Justin mirando su ropa. Su mamá

