Capítulo 4: El juego de insinuar

1629 Words
Regresaba de un restaurante tras terminar mi almuerzo durante la hora de descanso laboral. Ahora mi destino era la editorial Aurora, que se encontraba cerca del restaurante en el puerto de Barcelona. La ubicación de la editorial era ideal: ofrecía increíbles vistas al mar y un aire fresco que hacía que trabajar en la oficina fuera una experiencia bastante agradable. Al llegar a la editorial, entré y me dirigí a mi oficina. En ella, me encontré con Amaia, que todavía estaba terminando su almuerzo. Parecía estar comiendo una ensalada de garbanzos. — ¡Qué aproveches! — le dije, sonriendo mientras pasaba cerca de su escritorio. Amaia: — Gracias — respondió antes de tomar un bocado de comida, mientras yo me dirigía a mi escritorio y me acomodaba en la silla, preparado para retomar mis tareas del día. — Oye, ¿te parece si después del trabajo vamos a tomar algo? — Me parece bien Amaia: — Perfecto. Aunque me tengo que ir antes porque tengo una cita con el médico — ¿Te encuentras bien? — pregunté preocupado, levantando la mirada para mirarla porque la tenía pegada a mi teléfono. Amaia: — Sí, solo que tengo una cita con el ginecólogo — ¡Ah! — dije, tratando de sonar casual. Amaia: — Sí, nada emocionante. Te enviaré un mensaje cuando salga — Vale. ¿Nos vemos en el bar de siempre? Amaia: — Sí — Está bien 19:22 p.m. Amaia y yo, después de terminar la jornada laboral en mi caso y de que ella asistiera a su cita ginecológica, nos dirigimos a un bar. A veces, solíamos salir juntos sin un motivo específico, solo para disfrutar del momento, ya que yo no tenía muchos amigos y ella, cuando no podía salir con sus amigos o su novio, encontraba en mí una compañía para divertirse. Así que, al llegar al bar, que ofrecía tanto bebidas alcohólicas como no alcohólicas, buscamos una mesa y pedimos algo para beber. Yo opté por un mojito sin alcohol, porque no me gustaba el alcohol, aunque en ocasiones, cuando necesitaba inspiración para escribir y no la encontraba, me permitía un trago, a pesar de que no solía tomar más de uno. Amaia, en cambio, se pidió un cóctel con alcohol. — ¿Cómo vas con Fran? — pregunté, mientras nos acomodábamos en una mesa del bar. Amaia: — De momento bien, nos vamos conociendo poco a poco — A ver si no resulta ser un capullo Amaia: — Espero que no — Bueno, ya se verá con el tiempo. Ahora que recién lo estás conociendo, puede que no muestre su verdadero yo — dije, mientras observaba a una mujer entrar al bar. Llevaba un vestido azul claro, ajustado a su figura esbelta. Se veía realmente atractiva. Amaia: — Esa chica está guapa — ¿Quién? — pregunté, intentando parecer desinteresado. Amaia: — La que estás mirando — No estoy mirando a nadie Amaia: — Ay, no mientas, si le estabas mirando el culo — No estaba mirando su culo, solo me llamó la atención su vestido — me defendí, aunque era cierto, no solo su vestido me había llamado la atención. Amaia: — Entonces ve y háblale — No Amaia: — Si quieres, me voy de esta mesa antes de que nos vea, así no pensará que somos novios y se acercará a ti — No, quédate, no hace falta que te vayas Amaia: — Después no digas que por qué no tienes novia — advirtió, justo cuando nos llegaron las bebidas. — Estoy mejor solo — respondí, sabiendo que sonaba poco convincente. Amaia: — ¿No estás interesado en nadie? — preguntó, mientras miraba cómo removía su cóctel con una expresión curiosa. — Qué va Amaia: — Date la oportunidad de conocer a alguna chica. Nunca sabes, podrías encontrar a alguien que te sorprenda — Lo tendré en cuenta Amaia: — Si no te das la oportunidad, nunca lo sabrás. A veces, hay que salir de la zona de confort, aunque solo sea para ver qué pasa — Supongo que tienes razón Amaia: — Por ejemplo, podrías empezar hablando con esa mujer del vestido — ¿Y si me da un sopapo? Amaia: — Bueno, si eso pasa, al menos tendrías una historia interesante que contar — dijo y luego rio. Mientras tanto, observé cómo la mujer del vestido azul se acomodaba en la barra. Parecía estar sola, sin compañía a la vista. Por un momento, consideré dar ese pequeño paso hacia lo desconocido, tal como Amaia me había sugerido: acercarme y hablar con ella. A pesar de eso, rápidamente deseché la idea. La verdad es que hacía más de dos años que no me involucraba con ninguna chica. La última había sido Laura, mi exnovia, quien puso fin a nuestra relación de seis meses porque se había cansado de ella. Desde entonces, no había sentido la necesidad de buscar nuevas oportunidades con otras mujeres. Amaia: — ¿Ya te ha dicho Julián cuál será el próximo proyecto que tendremos? — Todavía no, pero me comentó que el mes que viene nos lo dirá Amaia: — Vale, lo menciono porque el proyecto del libro del elefante ya está casi terminado. Hablé con la autora y está satisfecha con cómo está quedando; me dijo que todo va muy bien — Qué bueno. Me alegra escuchar eso Amaia: — Sí, a mí también. Por cierto, ya terminé tu microrrelato de Juegos Perversos y ahora voy por el de Deseos prohibidos — ¿Ah, sí? ¿Tan rápido? Amaia: — Sí, porque no son tan largos. Debo decir que me has sorprendido — ¿En qué sentido? Amaia: — Bueno, admito que escribes muy bien y las escenas que describes son muy claras. He leído otros textos de otros escritores y a veces no se entienden. Los tuyos, en cambio, parecen tan reales, sin exageraciones — Ya… Amaia: — Aunque, sinceramente, no esperaba que fueras tan explícito en tus escritos. Eres muy cochino — Ja, ja. Te avisé que no leyeras mis escritos, pero no me hiciste caso. Así que no es mi culpa si tienes una opinión inesperada sobre mí Amaia: — Bueno, quizás no es una mala opinión, pero sí una curiosa — dijo con un tono que me resultó intrigante. Parecía haber una mezcla de fascinación y sorpresa en su voz, lo que me hizo preguntarme si su interés iba más allá de lo que había leído. No obstante, no pude descifrar completamente su intención porque su teléfono empezó a sonar y me distrajo. Amaia contestó la llamada, y mientras hablaba, no podía dejar de pensar en que había leído mis escritos eróticos. Me sentía nervioso al saberlo, porque esos textos no eran simples historias; eran una parte íntima de mí, de mis pensamientos y mi forma de ver la intimidad. La idea de que ella hubiera visto esos detalles me generaba una extraña mezcla de ansiedad y suspense. Era más inquietante que si un desconocido los hubiera leído, sobre todo porque ella ya formaba parte de mi vida de una manera cercana y personal, es decir, como una amiga. Por un lado, me preocupaba que pudiera juzgarme o malinterpretar lo que había escrito. Esos relatos, de alguna forma, desnudaban mis deseos más profundos, y me inquietaba que ella pudiera verme de manera diferente o pensar que revelaban algo que prefería mantener oculto. Pero, por otro lado, había una cierta satisfacción en saber que los había leído. Después de todo, éramos amigos y adultos, entendíamos de estas cosas. No era un tema ajeno ni incómodo entre nosotros. Además, el hecho de que ella conociera esa faceta de mí no me molestaba tanto, porque sabía que lo manejaría con la naturalidad que siempre había caracterizado nuestra amistad. En el fondo, parte de mí se alegraba de que hubiera visto ese lado personal, porque confiaba en que lo entendería. Amaia: — Perdón, era mi hermana — No te preocupes — respondí, mientras tomaba un trago de mi bebida. Amaia: — En fin, quería hablar contigo sobre algo… relacionado con lo que escribiste — Te escucho — dije, tratando de mantener la calma, aunque el nerviosismo empezaba a instalarse en mi pecho. Amaia: — Lo leí, y no voy a mentirte… me sorprendió. No esperaba algo tan… íntimo y detallado. Pero también me hizo pensar mucho en ti, en cómo te percibes a ti mismo — ¿Pensar en mí? ¿De qué manera? — pregunté, esforzándome por mantener la voz firme, aunque sentía cómo mi corazón comenzaba a acelerar, cada latido anticipando su respuesta. Amaia: — Bueno, creo que tus escritos revelan mucho sobre quién eres, pero también sobre lo que deseas… lo que anhelas. Es lo que siento, aunque no estoy segura de si lo interpreto correctamente — Pues no te lo diré, tendrás que seguir descifrándolo Amaia: — Venga, dímelo, no seas así — Bueno, al menos ya sabes que tengo un lado cochino — respondí con una sonrisa, intentando quitarle seriedad al momento. Amaia: — Y eso es lo que más me intriga — dijo ella, riendo suavemente. — Nunca se sabe lo que se esconde detrás de esa fachada tan tranquila — Quizás haya más sorpresas de las que imaginas — contesté, sintiendo cómo la tensión entre nosotros comenzaba a aflojar y aunque estaba presente, ambos sabíamos que éramos capaces de soportarla. Amaia: — Eso espero — respondió, con una sonrisa que reflejaba la mezcla de curiosidad y complicidad que siempre había marcado nuestras conversaciones. A decir verdad, no era la primera vez que coqueteábamos con insinuaciones y dobles sentidos, sin que nada llegara a concretarse, estaba claro. Para nosotros, era una extensión de la amistad profunda que compartíamos, un juego basado en la confianza y el entendimiento mutuo. Nada más.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD