Capítulo 3: Complicidades

1729 Words
Ocho años después. Lunes. Hace ocho años, acepté con entusiasmo la oferta de trabajo de la editorial Aurora, donde había realizado una entrevista previa. Desde ese momento, me sentí completamente realizado en mi puesto como editor. Cada día fue una fuente constante de satisfacción, y no tuve dudas de que estaba exactamente en el lugar en el que siempre había soñado estar. Mi trabajo consistía en revisar y perfeccionar manuscritos, asegurándome de que cada obra alcanzara su máximo potencial antes de ser publicada. Además, colaboraba estrechamente con los autores, orientándolos en el proceso creativo y ofreciendo sugerencias para mejorar la narrativa, el estilo y la estructura de sus textos. Julián: — ¿Vicenç, hablaste con Antonio, el escritor, sobre cómo fue la edición? — preguntó Julián, el jefe de proyectos editoriales, acercándose a mi escritorio. — Sí, Antonio me dijo que todo estaba en orden. Ya está en contacto con el equipo de diseño porque quiere hacer algunos cambios en la portada; parece que hay detalles que no le convencieron Julián: — Ah, entiendo. Qué bueno que lo esté revisando a tiempo — mencionó, mientras Carolina, que estaba pasando por allí, se detuvo un momento. Carolina: — ¡Ah! Julián, aquí estás. ¿Me puedes dar los ensayos que te pedí ayer? — preguntó acercándose a Julián. Julián: — Sí, los tengo en mi despacho. Ahora te los doy Carolina: — Vale Julián: — Vicenç, ya sabes que si tienes algo que comentarme, me buscas — Claro Julián: — Bien, Carolina, acompáñame y te daré eso que necesitas — dijo, y ambos se alejaron. Luego, continué con mi trabajo editando un libro infantil de una autora muy conocida en el país llamada Carmen Salinas. El libro, titulado El Gran Viaje del Señor Elefante, era una colección de cuentos sobre animales en la que el personaje principal era un elefante. Al instante, Amaia, mi compañera de trabajo y también editora, llegó a la oficina. Dado que ambos estábamos trabajando en el mismo proyecto, podíamos colaborar de manera eficiente, compartir ideas, revisar el trabajo del otro y asegurarnos de que todo se desarrollara de manera cohesiva. De hecho, compartíamos la oficina, que solo tenía dos escritorios, lo que facilitaba aún más nuestras colaboraciones. Amaia: — ¿Cómo llevas la edición del libro? — ¿No me saludarás con un “hola” o algo así? — pregunté, con un tono sarcástico, mientras la veía acercarse. Amaia: — Si ya estoy harta de verte todos los días, imagina las ganas que tengo de saludarte: ninguna — respondió con ironía. — Pero sé que me quieres, porque me has traído el café — dije mientras ella me entregaba una taza de café con leche que no le había pedido, pero que decidió traerme. Llevábamos casi ocho años conociéndonos y la había conocido unos meses después de entrar a trabajar en la editorial. Nuestra amistad desde entonces era sólida, aunque ella solía decir que me odiaba. Pero sabía que decía eso para ocultar el afecto que realmente sentía y para no admitir lo importante que era nuestra amistad. A lo largo del tiempo que llevábamos conociéndonos, nos habíamos vuelto tan cercanos que, en lugar de demostrarnos el afecto directamente, nos lanzábamos bromas y nos molestábamos mutuamente. Era parte del juego, una rutina que ambos disfrutábamos. Amaia: — Ten tu café — dijo poniendo la taza de café sobre mi escritorio y se fue a sentar al suyo. — Ya voy por la mitad del libro Amaia: — ¿Revisaste lo que edité? — Sí, quedó bien Amaia: — Vale Tomé un sorbo de mi café y vi que había llegado una notificación a mi teléfono. Era un comentario positivo sobre uno de mis tres libros de microrrelatos publicados en plataformas digitales. Desde hace tres años, mi carrera como escritor había comenzado. Aunque no podía publicar mis libros en formato físico debido a las normativas de la editorial con la que trabajaba, sí los subía a plataformas digitales bajo un seudónimo. Los libros eran gratuitos, pero tenía una forma de monetizar mi trabajo. Ofrecía contenido adicional, como colecciones exclusivas de poemas o relatos más extensos, a través de un sistema de suscripción o micropagos. Así, los lectores que disfrutaban de mis obras podían apoyar mi trabajo con contribuciones pequeñas. Amaia: — ¿Y esa sonrisa? ¿Tienes un nuevo ligue? — Qué va. Es alguien que dejó un comentario en uno de mis libros Amaia: — ¿En el de sexo? — No, en uno de poesía. ¿Ya has leído mis relatos eróticos? Amaia: — No — respondió, mientras tomaba un sorbo de su café y trataba de ocultar su interés para no parecer que sí lo había hecho. — ¿Y qué dice el comentario? — Que le gustó el libro. Sabes, recibir este tipo de comentarios me hace feliz, no solo porque mi trabajo ha sido bien recibido, sino también porque me hace saber que la gente a veces se siente identificada con lo que escribo Amaia: — Sí, eso es genial — Así que… ¿Has leído mis relatos? ¿Qué te parecieron? Amaia: — ¿Quién dice que los leí? — Venga, no mientas. Ya conoces mi cuenta, incluso la sigues, ¿cómo no vas a ver cuando subo algo? Sé sincera, ¿qué te parecieron? Amaia: — Ahora he empezado a leer un relato, el de Juegos Perversos — ¡Ah! ¿Y? Amaia: — Está interesante — ¿En qué sentido? — pregunté, girando mi cuerpo hacia ella para seguir conversando. Este gesto no solo mostraba mi interés en su opinión, sino que también hacía que la conversación fuera más personal y directa, invitándola a profundizar en el tema. Amaia: — Tampoco te diré todo — respondió con malicia. — Pero si tengo una duda… — ¿Cuál? Amaia: — ¿De dónde sacas tanta imaginación para inventar todas esas escenas que escribes? — No sé, solo surge Amaia: — ¿Pero no te inspiras en situaciones reales? — No siempre, y mucho menos cuando son eróticas, porque no tengo novia, así que no tengo de dónde sacar realismo Amaia: — Debes buscar novia, ya estás viejo, y si no encuentras, te vas a quedar solo — No estoy viejo Amaia: — Claro que sí, ya tienes treinta y cinco — dijo, riendo mientras daba un sorbo a su café. — Y a ti te falta poco para alcanzarme Amaia: — Todavía me quedan unos años, tengo veintinueve — Bueno, no es tanto. Oye, ¿y por qué tú no escribes? Me encantaría saber cómo lo haces Amaia: — No es lo mío — respondió sin mirarme, concentrada en su teléfono. — Podrías intentarlo Amaia: — No creo. En fin, seguiré editando el libro del elefante — Vale, yo también 19:22 p.m. Llegué a casa después de un largo día de trabajo, que incluía una parada en el supermercado para comprar algunas cosas que necesitaba. Desde que conseguí el empleo en la editorial y empecé a ganar dinero, logré independizarme. Así que, al llegar a la puerta de mi departamento y ver a través de la ventana que la luz estaba encendida, supuse que mi madre había venido a visitarme, algo que ya se había convertido en costumbre. A ella no le gustaba estar sola en casa y, por eso, me visitaba de vez en cuando. Es más, por eso mismo, le había dado una llave para esas ocasiones. — Hola Belén: — Hola, hijo. ¿Cómo estás? — preguntó desde la sala, y fui hacia allí, donde la encontré leyendo un libro. — Bien. No me dijiste que vendrías a visitarme Belén: — Sí te lo dije, pero quizás no leíste mi mensaje — Seguramente. Es que después del trabajo pasé por el supermercado Belén: — Qué bueno. Te traje unas torrijas; las preparé esta tarde. Las dejé en la cocina — ¡Ah, gracias! ¿Diana, cómo está? Belén: — Bien, hoy le tocó trabajar por la noche — ¿Todavía sigue en la tienda de ropa? Belén: — Sí — ¿Quieres que prepare la cena o ya comiste? Belén: — No, ya comí las torrijas que hice — Vale. ¿Y te vas a quedar esta noche? Belén: — No, solo venía a dejarte las torrijas y me puse a leer un libro para esperarte — Ah Belén: — Ya me voy a casa — dijo, poniéndose de pie. — Te puedes quedar si quieres; ya sabes que hay una habitación libre Belén: — No, creo que me iré a casa — De verdad, no me molesta que te quedes — insistí, pues sabía que ella se negaba no porque no quisiera, sino porque se sentía como un estorbo al pedir quedarse en mi casa. No obstante, no lo era, al contrario, me gustaban sus visitas. Belén: — Está bien, me quedaré — Vale, yo preparé algo de cenar porque tengo hambre y de postre me comeré las torrijas Belén: — ¿Quieres que lo prepare yo? — No, ya lo hago yo. Gracias Después de que mi madre aceptó quedarse, nos sentamos juntos en la cocina mientras preparaba la cena. En esos momentos, me di cuenta de cuánto valoraba su compañía y el consuelo que me brindaba. Aunque ya no vivía con ella y mi hermana, decidí no alejarme demasiado; me mudé a una casa en la misma calle. Pues, en realidad, nunca quise dejarlas solas. Mi madre, en particular, no soportaba la soledad y, aunque no interfería en su vida, prefería estar cerca para que no se sintiera abandonada, especialmente después de que mi padre falleció el año pasado a causa del enfisema pulmonar. Su muerte, tan inesperada, nos había dejado profundamente conmovidos. Y, a pesar de que mi padre, había tenido un pasado marcado por el alcohol y las drogas, en sus últimos días lo traté con cariño. Decidí perdonarlo, pues sabía que era lo correcto. Si no me hubiera despedido de él como era debido, lo habría lamentado. En el fondo de mi corazón, sabía que lo quería, y después de su muerte, me sentía en paz con mi conciencia por haberle dado ese último adiós lleno de cariño y respeto. Además, él también lo hizo con toda la familia, consciente de que iba ser su último momento con nosotros y eso me dejó feliz y sobre todo, en paz.
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