Alessia Bianchi —Así que deberían darme algo más adictivo que el brandy —dije, poniendo cara de inocente. —¿Más adictivo cómo? —respondió él—. No entiendo a qué te refieres. —Como a esta dulce boca. Las medicinas son tan amargas. ¿Puedes hacerme olvidar ese sabor? —sonreí. —¡Jajajaja! Tengo un marido realmente pervertido —dije, riendo a carcajadas. —Ah —dijo él—, ¿Eso no te gusta? —¡Pavel! —chillé, golpeándole el hombro. —¡Ay! —Pavel gimió de dolor. —Lo siento, Pavel —dije, apenada—. No quise golpear tu hombro dislocado. Está bien. Lo haré, pero quédate quieto y descansa. No muevas el cuerpo —dijo, y yo me incliné sobre él, apoyando las manos en la almohada. Puse mis labios sobre los suyos. Al principio recorrí sus labios con la lengua. Sabían a medicina. Luego le chupé el labio

