En el momento en que su mano se posó sobre mi blusa, supe que había llegado el instante que esperaba. Siempre llevaba la daga escondida en la tanga. Actué sin dudar: saqué el arma y se la clavé en la articulación que une el hombro con el brazo. Su alarido, fuerte y lleno de dolor, resonó por la sala. En cuanto lo hice, seis pistolas apuntaron hacia mí; dos manos se adelantaron para sujetarme. Di una patada poderosa en la ingle, giré y saqué la pistola que uno de ellos llevaba. Los otros cinco empezaron a disparar, pero usé el cuerpo del hombre como escudo y lo coloqué frente a Eva y frente a mí. Las balas lo alcanzaron; gimió con fuerza y, en menos de un minuto, su cuerpo quedó inmóvil. Estaba muerto. Apunté a los otros cuatro y empecé a disparar. No tenían adónde huir; mis tiros los alc

