En el pueblo no muy lejano, alguna vez existió una joven que se colaba al instituto Católico del pueblo para ver la vista de la terraza. Y un joven, asqueado y vago, se topó con ella un día saliendo de clases.
—¿Que haces aquí?—la cuestionó el joven mientras sacaba su cajetilla de cigarros—.Está prohibido subir aquí.
—Disfruto la vista—respondió ella sin mirarlo.
—No traes zapatos—dijo él viéndola mejor.
—Huh...es que no tengo—explicó ella viéndolo y esbozando una gentil sonrisa.
—¿Cómo es que no tienes un par de zapatos?
—Verás, los zapatos no son tan sencillos—comenzó a explicar ella.
Él rió cabizbaja.
—¿Que tienen de complicados?
—Que con ellos sales de casa.
Él tomó un cigarro mientras la veía con extrañeza y un poco de humor.
—¿Y tú no puedes salir de tu casa?
Ella negó con la cabeza.
—¿Te lo prohíben tus padres?
Ella volvió a negar con la cabeza.
—¿Un novio...quizás?
—Oh, jamás me enamoraría de alguien tan cruel.
—¿Entonces?—inquirió él más preocupado.
—Entonces descubrí que tengo la habilidad de andar sin zapatos.
—Eso no es una habilidad—espetó reacio.
—Para ti. Para mí, sí lo es.
Él la miró con las cejas fruncidas y tiró su cigarro.
—No está bien que nadie te prohíba de la libertad.
—No me privó de mi libertad, me privó de mis zapatos—dijo contundente ella.
Él volvió a mirarla seriamente.
—¿Cómo te llamas?
—Alice.
—Soy Sasha. Alice, lo que cuentas no es nada sano o normal, deberías salir de esa situación.
—¿Como tú de clases?—dijo ella riendo.
Él rió con ironía.
—Sí—dijo asintiendo con la cabeza—.Como yo de clases...
—Entonces somos iguales—dijo ella viéndolo con una sonrisa.
—No lo creo—vaciló mirándola bien.
La joven tenía el cabello mucho más largo que las demás chicas, pero su piel como una perla, ojos de color verdes pero podía jurar que aquellos ojos eran de un verde que no había visto en nadie más.
—¿Y tú, Sasha, que tan lejos has llegado sin zapatos?—preguntó ella con la mirada seria.
—Pues a todos los lugares que he querido ir.
—Pues no tener zapatos te otorga otra libertad.
—¿Ah si? ¿Y cual es esa?
—No los voy a necesitar para ir a ningún lugar que quiera ir.
—Te lastimarás.
—Pero ya no tengo miedo de lastimarme, ¿lo entiendes?
—Pues deberías—replicó él.
—¿Porque detenerse por el miedo a lastimarse?
—Porque es lo racional...
Ella sonríe para sus adentros con una mínima mueca.
—¿Que es tan gracioso?—instó él.
—Que incluso libres, tengamos cárceles.
—Yo no tengo ninguna cárcel—vociferó él.
—¿Y porque te salteas una clase?
—Porque ya me la sabía, ¿si?
Ella asiente con la cabeza y se muerde los labios volviendo a dirigir la mirada al vacío.
—¿Porque la institución católica? Hay muchos y mejores edificios con mejor vista que éste lugar-
—De niña quería ser monja—rió al recordarlo.
—¿Y ya no puedes?
—De niños no podemos ver el futuro, ahora ni siquiera puedo ser una estudiante—dijo secándose una lágrima mientras se componía con una débil sonrisa.
—Entonces no estudias...—atinó a decir él.
—Lo hago en casa—contestó enseguida ella.
—Y vienes para sentirte como una estudiante...
Ella sonrió asintiendo con la cabeza.
—Pues mañana no te pierdas la vista—dijo apagando un cigarro y marchándose.
Al día siguiente, Alice regresó a la azotea, pero ya no vio al joven, sino una caja. Eran zapatos de hombre, pero el hecho de tener zapatos la hizo atisbar un deseo inesperado, de que no estaba sola, de que quizás no era tarde para ser feliz, que si existió su tan anhelada libertad y que a su cárcel podía quedarle poco tiempo.
Mientras tanto, dentro del instituto, un joven era reprendido por ir en medias al instituto; Sasha.
—¿Como se le ocurre venir así?—Gritaba su profesora iracunda—.Ayer se escapó de clases y ahora ésto.
—Vengo a aprender, no necesito zapatos para eso.
La mujer reñía de la rabia y mientras le dictaba sus castigos debidos, él solo observó la ventana con la mirada vacía y cuando terminaron las clases, abandonó el edificio y notó que era perseguido por nada más y nada menos que la joven a la que le había dado sus zapatos.
—Sabía que eran tuyos...—dijo ella viéndolo a él en medias.
—Sí, bueno, estoy en medias al parecer la ecuación es bastante obvia.
—¿Porque lo hiciste?—preguntó mientras se adelantaba a pasos agigantados para caminar a su lado.
—Porque quería experimentar. No lo hice por ti.
—¿Ah no?—esbozó ella con tristeza.
—Quería conocer la libertad de andar sin zapatos—espetó.
Ambos rieron al unísono y aquella fue la primera vez de muchos encuentros en aquella azotea. Él dijo en casa que unos bravucones le habían quitado sus zapatos en forma de broma para molestarlo y que no los recuperaría, así que solo esa mentira bastó para que le compraran un par nuevos. Y no pudo evitar pensar en la joven Alice cuando los recibió.
Sabía que el mundo era injusto, pero ahora especialmente estaba interesado en una chica y por lo poco que sabía de ella, estaba viviendo un infierno. Él solía ignorar los problemas de los demás, pero con Alice fue distinto, despertaba en él una ternura innecesaria, quizá porque era bonita, pero entonces la hubiera cortejado. Sin embargo, él realmente quería que ésta joven misteriosa que se apareció de la nada en la azotea de su instituto confiara en él y le contase la verdad, su verdad, cómo era su vida y desde entonces no pudo evitar pensar en ella cada vez que se llevaba la cabeza a la cama.