Capítulo tres

1225 Words
Ares buscó en cada etiqueta, en cada hashtag pero no pudo encontrar ni el más mínimo rastro de la joven de la fiesta y su amigo Gerald no le fue de mucha ayuda recordándola, ya que había estado borracho toda la noche. Pero Ares se detuvo a confiar en lo que ella le había dicho, que lo buscaría. En una iglesia apartada del centro, donde ella mientras preguntaba a un pastor sobre el tema. —¿Cómo sería la mejor forma de abordarlo?—preguntaba ella. —¿No te dejará plantado para burlarse como lo hizo la otra chica? Ella echó un suspiro. —Él no es como esa chica, realmente él parecía diferente—excusó. —¿Entonces crees que no te hará daño? Ella negó con la cabeza, el pastor la miraba de reojo. —Si me ve, quizás no le guste y eso sí me hará daño—espetó ella. —Entonces déjalo, no tiene caso. —Lo dices porque no quieres que salga de aquí. —Me da igual si quieres irte con un imbécil cualquiera, pero recuerda que nosotros somos tus tutores, tuyos y de tu hermana. —Pero ella es libre...—refunfuñó ella. —Su apariencia la hace ser libre. —¿No ves lo cruel que suena eso?—espetó llorando—¿Siempre estaré atada a una sórdida soledad por como luzco? —Tu hermana tampoco entenderá los privilegios que tú tienes... —¿Ah si? ¿Y cuales son esos? —Los de la soledad, nadie es más libre que aquel que no espera nada del mundo. —No quiero ser como tú—dijo marchándose enojada, él solo echó un suspiro y encendió un cigarrillo. La joven Tabitta caminó hasta el centro del pueblo con su máscara y aunque todos la miraban, ella fue directa al instituto católico del pueblo, más claro, a su terraza. El timbre sonó y desde el patio Gerald gritó; —¿Oye, esa no es la chica de la que has hablado?—dijo viendo arriba. Ares eleva la mirada y confirma que ella lo había encontrado, así que corrió a verla. —¿Cómo me encontraste?—preguntó él haciéndose ver en aquella terraza—.No estudias aquí. —Todos en esa fiesta estudian aquí. —¿Incluso tu amiga? Ella rió. —Bueno, todos los que me molestan vienen aquí, mejor dicho. —¿Porque te molestarían? —¿No notas que llevo una máscara? —Supongo que algo hay allí debajo, pero no me incumbe. No me interesaste por tu máscara ni por lo que vaya a haber abajo. Ella sonrió incrédula. —Mientes. No es posible. Te irás en cuanto me veas. Él se acercó lentamente, y ella dio un paso atrás nerviosa, pero él tomó su mejilla con suavidad y con la otra mano le apartó la máscara. —¿Es acaso ésto?—dijo acariciando una piel quemada. Ella llevó la mirada al suelo alegre de que no lo espantó. Él se acercó más y quería besarla. Ella se dio cuenta de sus intenciones. —Debes irte—dijo ella parándolo en seco. —No quiero—dijo acariciándola. —Volveremos a vernos—dijo ella ruborizada. —¿Realmente? —Sí, enserio. —Dime tu dirección o teléfono. Ella negó suavemente con la cabeza. —No tengo. —¿Y cómo nos reencontraremos? —Ésta es una linda vista...—dijo ella sonriendo. —¿Entonces volverás aquí? Ella asintió con la cabeza y se marchó rápidamente, mientras él la veía irse. Mientras tanto, en el pueblo vecino, la joven Serena buscaba en internet información del pianista, pero no encontró mucho, solo sus datos de contacto de trabajo, pero le daba vergüenza buscarlo de ése modo. —Yo lo haría—instó su mejor amiga llegando al trabajo; Britanny. Ella cerró su portátil y observó a su amiga. —Es mayor que yo...—suspiró. —Pues no parece preocuparte—rió Brit. —Cállate, ¿que trajiste?—preguntó a su amiga viéndola llena de cosas. Ella estiró el brazo dándole a Serena un latte y unas galletas dulces. —No se cómo te mantienes comiendo toda ésta porquería—dijo Serena tomando las cosas. —Así como no se como te mantienes sin estar con alguien por tanto tiempo—dijo burlona. —Bueno, vale, no necesito que me reprendas por mi soltería, sabes que no soy de la clase de chicas que tienen eso. —¿Que cosas? ¿Citas? —Tú me entiendes, relaciones tras otras. —Lo sé, pero te veo enfocarte solo para la pasantía y luego te imagino con un pijama viendo películas de Nicholas Sparks. Serena se llevó la mano al entrecejo. —Solo no me tomo las relaciones tan fácilmente... —Como yo, intentas decir—espetó Brittany. —No quise decir que esté mal—se disculpaba ella. —No digo que seas como yo, sino que seas a tu manera, pero que hagas el intento de conocer personas Serena. —Bien, ¿que haces con el celular en la cara?—preguntó Serena apoyando su pera en sus nudillos viendo a su amiga. —Estoy en una página de citas. —¿Enserio? ¿Eso no es para fracasados? —Pues los solteros tenemos que buscar nuevos métodos, no es como si salieras a la calle y te los toparas. —¿Al menos alguien decente?—preguntó Serena fingiendo interés. —Pues, un tal Gerald en el pueblo de alado. —¿Donde vive tu hermana? Ella asintió con la cabeza. —Pero no la visitas hace mucho, ¿cierto? Ella asintió en silencio. —¿Es por algo en especial? Brittany sacó los ojos de su teléfono. —Pues sí, no quiero vivir en la ciudad teniendo que preocuparme por ella todo el tiempo, es desgastador. Sabes que ella es diferente. Serena asintió y se llamó al silencio. —Pero ella debe extrañarte... Brittany se paró del asiento con desenfado y echa un suspiro. —No puedo hacerle la vida más fácil y lo sabes, creí que lo entendías—dijo tomando sus cosas y saliendo de nuevo de la galería. Serena solo echó un suspiro y abrió de nuevo su laptop. Allí estaba todo, su dirección, su número y en un impulso de enojo con su amiga y confusión, marcó el número. —¿Hola?—dijo ella. —Hola—respondió la voz masculina. La voz del pianista. Ella hace silencio un momento y se arrepiente, pero antes de cortar, él siguió hablando. —Si eres de esos chicos que llaman para molestar, que sepas que cuando muera iré por ti. Ella se rió y él identificó la risa femenina. —¿Quien eres?—insistió él con más firmeza. —Solo una fanática de tu trabajo. —Eres la chica de la galería, ¿cierto?—dijo con total seguridad. Lo que hizo que ella abriera los ojos como platos. —Sí—dijo con la voz temblorosa—Quería volver a hablar contigo... —¿Porque? —Quería ver si podíamos vernos otra vez—esbozó tímidamente. —Dije que yo te buscaría. —Lo sé, pero me adelanté... —Yo te buscaré cuando sea el momento—dijo cortando el teléfono en seco.
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