Subí a mi habitación a hacer mis maletas. La mansión era un desastre: policías por todas partes, invitados confundidos, y Don Enzo no dejaba de gritar, mientras su hijo trataba de calmarlo. En cuanto terminé, bajé al living con las maletas en mano. Mi madre y Lucía me esperaban en el carro. John se había ido con los oficiales a declarar y a hacer el tedioso papeleo que debía completar tras una misión. —Abue, ¿y tus cosas? —pregunté, mientras trataba de mantener la calma. —No me iré, ni tú. Te quedarás a esperar a tu marido —respondió Don Enzo con una firmeza que no admitía discusión. —Yo me regreso a Estados Unidos con mamá y Lucía —repliqué, sintiendo que mi decisión era inquebrantable. —Nos debes mucho, Alexa —dijo Don Enzo, apareciendo de repente. —Lo sé y lo pagaré, pero no me qu

