RÍO

1190 Words
Todo siguió su curso. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Como si una confesión humillante en medio de una clase no dejara cicatrices. Como si el silencio después de un escándalo no se quedara flotando en los pasillos durante semanas. Pero se quedó. Yo lo veía en las miradas. En los murmullos. En esa manera cruel que tienen los adolescentes de convertir cualquier herida ajena en entretenimiento. A veces, cuando Natalia pasaba cerca, alguien susurraba: —Ahí va la que se le declaró al profe… Y otro respondía con una risa ahogada. —Qué vergüenza… Natalia caminaba con la cabeza baja, como si cada baldosa del colegio supiera lo que había hecho. Yo iba a su lado. Siempre. No porque me sintiera responsable, sino porque no podía soportar verla sola. En los recreos, se sentaba conmigo y lloraba. Lloraba con un cansancio que ya no parecía solo tristeza, sino derrota. —Yo no sé qué me pasa —me decía, con la voz rota—. ¿Por qué siempre termino siendo… esto? —Natalia… no eres “esto” —le respondía, intentando sostenerla con palabras—. Solo te equivocaste de persona. Ella soltaba una risa amarga. —Siempre me equivoco de persona. Y luego, como si su mente no pudiera quedarse quieta en el dolor, volvía a lo mismo. A la búsqueda. A la necesidad. A ese hambre de ser elegida. Pasaban días. Luego semanas. Natalia lloraba. Después se enamoraba de alguien nuevo. Alguien que apenas la miraba. Ella interpretaba una amabilidad como destino. Una sonrisa como promesa. Y el ciclo se repetía. Yo la observaba, cada vez más cansada, no de ella… sino de la historia. Porque era como ver a alguien caminar hacia la misma pared una y otra vez, convencida de que esta vez no dolería. Hasta que llegaron las vacaciones. Y con ellas, un aire distinto. Como si el mundo se abriera un poco. Como si el colegio dejara de ser un escenario cerrado donde todos sabían demasiado de todos. Fue en ese tiempo cuando conocimos a Río. Su nombre ya sonaba diferente. Río. Como algo que se mueve. Como algo que no se estanca. Era mayor que nosotras. Quizá estaba a punto de empezar la universidad. Tenía esa mezcla extraña de cercanía y distancia que tienen los chicos mayores: parecían más tranquilos, más seguros, como si vivieran un paso adelante. Lo conocimos por internet, de manera casi accidental, a través de un amigo en común. Al principio solo era un chat grupal. Nada importante. Un espacio donde se hablaba de cosas tontas: música, memes, aburrimiento de vacaciones. Río era gracioso. No exagerado. Tenía un humor suave, inteligente. Me caía bien. Mucho. A Natalia también. —Él sí es diferente —dijo ella una noche, mientras mirábamos el teléfono—. No es como los niños del colegio. Yo asentí. —Se nota. Río escribía con calma, como si no necesitara impresionar a nadie. A veces mandaba audios cortos. Su voz era tranquila. Yo no pensé nada al principio. Era solo un chico. Solo conversaciones. Solo vacaciones. Pero entonces pasó. De forma lenta. Casi imperceptible. Un día, Río me escribió en privado. No al grupo. A mí. “¿Estás despierta?” Miré el mensaje un segundo más de lo normal. Respondí. “Sí. ¿Qué pasó?” “Tú eres distinta.” Fruncí el ceño. “¿Distinta cómo?” “Hablas poco, pero cuando hablas… se siente real.” Me quedé mirando la pantalla. No supe qué contestar. No porque fuera una declaración. No todavía. Pero había algo ahí. Un hilo invisible. Esa noche hablamos más. Y luego al día siguiente. Y luego otra vez. Conversaciones que empezaban en cosas pequeñas y terminaban en silencios largos, como si ambos estuviéramos midiendo algo. Yo no lo buscaba. No era un plan. Pero algo cambió. Quizá no completamente de mi parte… pero de la suya, sí. Su manera de escribirme se volvió más suave. Más atenta. Me preguntaba cosas que nadie me preguntaba. “¿Cómo te sientes de verdad?” “¿Qué te gusta cuando estás sola?” “¿Por qué siempre cuidas a los demás antes que a ti?” Yo respondía con cuidado. Con esa prudencia que siempre tuve. Pero mi corazón… mi corazón se enterneció un poco. Porque Río no era como los chicos del colegio. No era cruel. No era impulsivo. No jugaba. Me respetaba. Me cuidaba con palabras. Me hablaba lindo. Y eso, para una persona como yo, era peligroso. Porque yo no estaba acostumbrada a ser tratada con delicadeza. Una tarde, Natalia me preguntó: —¿Hablas con Río? Yo dudé un segundo. —Sí… un poco. Ella sonrió demasiado rápido. —¿Ah sí? ¿Y qué te dice? —Nada… normal. Natalia me miró como si estuviera esperando otra cosa. Yo sentí una incomodidad pequeña. Pero no dije más. Lo que yo no sabía… lo que yo no podía saber… era que Natalia ya había hecho lo que siempre hacía. Se había adelantado. Se había lanzado primero. Días después, en una conversación casual, se le escapó. —Río me rechazó. Me quedé congelada. —¿Qué? Natalia bajó la mirada. —Le dije que me gustaba. El aire se me volvió pesado. —¿Cuándo? —Hace unos días. Mi garganta se cerró. —¿Y qué te dijo? Natalia soltó una risa seca, como si estuviera cansada incluso de su propia historia. —Que no. —Natalia… —Me dijo que le gustabas tú. Sentí un golpe directo en el pecho. No de emoción. De shock. —¿Qué? Ella levantó la vista. Y ahí estaba. Por primera vez, no era tristeza. Era otra cosa. Una chispa oscura. —Me lo dijo claro —susurró—. “Me gusta ella. No tú.” Yo no sabía qué decir. Mi mente corría. —Natalia, yo no sabía… —Claro que no sabías —interrumpió rápido—. Nunca sabes nada. Su tono fue extraño. Como una acusación disfrazada de resignación. Yo intenté acercarme. —Natalia, lo siento. Ella negó con la cabeza. —No tienes que sentirlo. Es tu vida. Siempre es tu vida. Esa frase me dejó helada. Porque no era lógica. Era veneno. Desde ese día, algo cambió. No en el chat. En nosotras. Cuando hablábamos en persona, yo veía algo raro en su mirada. Como si estuviera mirando a alguien que ya no era su amiga. Como si estuviera mirando una competencia. Una amenaza. Una traición. Yo seguí hablando con Río. Sí. Porque no había hecho nada malo. Porque él me hacía sentir… cuidada. No fuimos novios. No hubo besos. No hubo promesas. Solo palabras. Mensajes en la noche. Audios. Un cariño creciendo sin nombre. Pero para Natalia, eso fue suficiente. Para Natalia, era la prueba final. No de que yo la hubiera traicionado… sino de que el mundo volvía a elegir a otra. Y esa idea… pareció romper algo. Algo pequeño. Algo invisible. Pero definitivo. Porque por primera vez entendí: Natalia no solo quería ser amada. Natalia quería que yo no lo fuera antes que ella.
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