Con David, algo cambió.
No de golpe, no como una explosión. Fue más parecido a una g****a que se abre lentamente en una pared: al principio casi no se nota, pero un día te das cuenta de que ya no es la misma estructura.
Durante semanas, la obsesión de Natalia se fue transformando.
Primero fue ilusión.
Después ansiedad.
Luego confusión.
Y finalmente… rechazo.
Un rechazo que no era paz.
Era fastidio.
Era casi odio.
Porque David no había sido claro del todo, pero tampoco había sido cruel de frente. Era peor: era ambiguo. Era un juego.
A veces se le insinuaba con una sonrisa ligera, un toque en el brazo, una frase que parecía promesa.
Y luego, al día siguiente, actuaba como si nada.
Como si ella estuviera inventando.
Como si el problema fuera su imaginación.
—Natalia, estás exagerando —le decía David, riéndose, cuando ella intentaba reclamarle algo—Yo nunca dije eso.
—Pero tú… —ella tragaba saliva— tú me miraste.
—Yo miro así a todo el mundo.
—No es cierto.
—Sí lo es.
Y cada vez que él decía eso, yo veía cómo Natalia se encogía un poco por dentro.
Porque no hay nada más desesperante que sentir algo real y que la otra persona lo niegue con una sonrisa.
Eso te vuelve loca.
Eso te hace dudar de ti misma.
Natalia empezó a irritarse.
A hablar de él con desprecio, como si el desprecio pudiera borrar la humillación.
—Es un imbécil —me dijo un día, tirando su cuaderno sobre la mesa—. Se cree demasiado.
Yo la miré.
—Natalia… no es solo que se crea demasiado. Es que está jugando contigo.
Ella frunció el ceño.
—No digas eso.
—Es verdad.
—No, tú solo lo odias porque el me quiere.
Me quedé congelada.
—¿Qué?
Ella me miró con una expresión extraña, casi defensiva.
—Siempre estás ahí, siempre opinas. ¿Y si tú eres la que está ...?
—¿Celosa? —terminé por ella, incrédula.
Natalia se quedó callada, pero su silencio fue suficiente.
Sentí un golpe pequeño en el pecho.
Porque con David fue la primera vez que Natalia empezó a ocultarme cosas.
Y yo lo noté.
No porque yo fuera controladora.
Sino porque antes ella me contaba todo, incluso lo que no importaba.
Y de pronto…
había espacios vacíos.
Conversaciones que no mencionaba.
Mensajes que escondía.
Encuentros que ocurrían sin que yo supiera.
—¿Fuiste a verlo? —le pregunté una mañana, con cuidado.
Natalia guardó su teléfono demasiado rápido.
—No.
—Natalia…
—¿Por qué te importa tanto?
Su tono era cortante.
—Porque no quiero que te lastimen.
Ella soltó una risa seca.
—Claro. Eso dices tú.
—¿Qué significa eso?
Natalia me miró como si estuviera viendo otra cosa en mí.
—Significa que no sé si lo haces por mí… o porque no soportas que alguien me guste.
Me quedé sin palabras.
Esa fue la primera vez que entendí algo que me heló:
Natalia no solo necesitaba amor.
Necesitaba conflicto.
Necesitaba creer que alguien competía por ella, aunque fuera en su imaginación.
Porque si no había competencia… entonces tal vez no había valor.
Yo intenté explicarle.
—No es celos, Natalia. Es preocupación. David te usa cuando le conviene.
Ella apartó la mirada.
—Tú no sabes lo que él me dice.
—Entonces dime.
—No.
—¿Por qué no?
Natalia apretó la mandíbula.
—Porque siempre lo arruinas.
Esa frase me dolió más de lo que debería.
Porque yo no estaba arruinando nada.
Solo estaba viendo la verdad.
Pero Natalia no quería verdad. Quería ilusión.
Después del rechazo definitivo con David, pensé que al fin habría un descanso.
Que Natalia se cansaría.
Que su corazón, agotado, se cerraría un poco para protegerse.
Pero Natalia no era una persona que se cerrara.
Era una persona que saltaba.
De una obsesión a otra.
Como si no pudiera quedarse quieta en sí misma.
Y entonces llegó el nuevo profesor de matemáticas.
Recuerdo el primer día del profesor Ivan
Entró al aula con una seguridad joven, casi arrogante.
Era alto, blanco, ojos verdes, y tenía esa apariencia de hombre que todavía no termina de ser hombre, pero ya cree que lo es.
Tenía quizás veintitrés años.
O menos.
Demasiado joven para ser profesor.
Demasiado mayor para ser parte de nuestro mundo.
Las chicas lo notaron al instante.
El murmullo fue inmediato.
—Está guapo…
—¿Viste sus ojos?
—Parece modelo…
Yo lo miré sin interés.
Solo era un profesor.
Eso era todo.
Pero Natalia…
Natalia lo miró como si fuera destino.
Lo supe incluso antes de que lo dijera.
Porque su rostro hizo esa expresión conocida.
Esa mezcla de esperanza y necesidad.
Y otra vez pasó.
Se enamoró.
No fue gradual.
Fue instantáneo.
Como si su corazón no supiera caminar, solo correr.
El profesor era… extraño.
No era abiertamente inapropiado al principio, pero había algo en su forma de hablar con ciertas estudiantes.
Las bonitas.
Las curvilíneas.
Las que ya parecían mujeres.
Con ellas sonreía distinto.
Con ellas se quedaba un segundo más.
Natalia no era así.
Natalia todavía tenía cara de niña.
Su cuerpo no estaba desarrollado.
Y aun así, cuando él fue amable con ella una vez…
ella lo confundió.
Todo empezó con pequeños gestos.
Un chocolate.
—Es para usted, profe —dijo Natalia, dejándolo sobre el escritorio.
Él sonrió, sorprendido.
—Gracias, Natalia, pero no era necesario.
Ella se iluminó.
Al día siguiente, otro dulce.
Luego un desayuno.
Un almuerzo.
Una bolsa con cosas.
Yo la miraba, cada vez más incómoda.
—Natalia… ¿qué haces?
—Nada —respondía rápido—. Solo soy amable.
—No es solo amabilidad.
Ella se molestaba.
—Tú siempre piensas lo peor.
—No. Yo pienso lo real.
Ella no escuchaba.
Seguía.
Como si comprarle cosas fuera comprar un lugar en su mirada.
Hasta que un día me dijo, con una emoción peligrosa:
—Creo que le gusto.
Sentí que el estómago se me cayó.
—Natalia…
—No creo, estoy segura.
—Natalia, es tu profesor.
—Pero él es diferente conmigo.
—No.
Su voz se quebró.
—Tú no sabes.
Yo la tomé del brazo.
—Natalia, por favor. No hagas esto.
Ella se soltó.
—No me hables como si fuera estúpida.
Fue ahí.
Con todos viendo.
El profesor estaba explicando algo en el pizarrón, números largos, ecuaciones que nadie seguía del todo. El salón estaba medio dormido, como siempre. Algunos copiaban por costumbre, otros miraban el reloj esperando el recreo.
Natalia no estaba copiando.
Yo la miraba de reojo porque tenía el cuerpo rígido, como si estuviera conteniendo una tormenta.
Tenía las manos apretadas sobre el cuaderno.
Respiraba raro.
Me incliné un poco hacia ella.
—Natalia… ¿estás bien?
Ella no me miró.
Solo murmuró:
—Hoy lo voy a decir.
Sentí que el estómago se me cayó.
—¿Qué vas a decir?
Su voz salió apenas, temblorosa pero decidida.
—Ya no puedo seguir así.
—Natalia, no…
Pero ya era tarde.
Ella levantó la mano.
El profesor se giró, tiza en mano.
—¿Sí, Natalia?
El salón se quedó en silencio. No un silencio amable, sino ese silencio curioso, hambriento, el que aparece cuando todos sienten que algo va a pasar.
Natalia se levantó despacio.
Y por un segundo, juro que parecía más pequeña que nunca.
—Yo… —empezó, tragando saliva.
El profesor frunció apenas el ceño, confundido.
—¿Necesitas ayuda con el ejercicio?
Natalia negó con la cabeza.
—No es eso.
Alguien soltó una risita al fondo.
Yo sentí el calor subirme al rostro.
—Natalia, por favor… —susurré, pero ella ya no estaba conmigo.
Ella estaba en su propia caída.
—Es que… —su voz se quebró— yo quería decirle que…
El profesor bajó lentamente la tiza.
—Natalia…
Pero ella siguió.
Como si no pudiera detenerse aunque quisiera.
—Que usted me gusta.
La frase quedó suspendida en el aire.
Pesada.
Imposible.
El salón entero se congeló.
Y luego, como una ola inevitable…
las miradas.
Los murmullos.
Un “¿qué?” ahogado.
Una risa tapada con la mano.
Yo no me moví.
No podía.
Natalia estaba ahí, de pie, con los ojos brillando, esperando una respuesta que no podía existir.
El profesor la miró largo.
No con ternura.
No con crueldad.
Con esa incomodidad fría de un adulto que entiende que la situación ya se salió de control.
Su voz fue baja, firme:
—Natalia… sal un momento, por favor.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Afuera.
El salón era un cuerpo lleno de ojos.
Natalia caminó hacia la puerta como si no sintiera las piernas.
Cuando salió, el profesor dejó la tiza sobre el escritorio.
Respiró hondo.
Y entonces, como si nada hubiera pasado, dijo:
—Continuemos.
Pero nadie continuó.
Porque algo se había roto.
Y todos lo sabían.
Yo me quedé mirando la puerta cerrada.
Con el pecho apretado.
Porque lo peor no era que Natalia se hubiera declarado…
Lo peor era que lo había hecho frente a todos.
Y cuando volvió…
tenía los ojos rojos.
La clase terminó, el profesor salió del salón y yo me levanté de inmediato.
—¿Qué pasó?
Natalia tragó saliva.
—Me dijo que no podía.
—Claro que no podía.
—Me explicó… amablemente. Dijo que era inapropiado. Que era mi profesor.
Yo exhalé, aliviada por un segundo.
—¿Y ya?
Natalia negó con la cabeza.
—Me dijo que dejara de comprarle cosas.
—Bien.
—Y que si le llevaba algo… no lo iba a recibir.
—Eso es lo correcto.
Natalia se limpió las lágrimas que bajaban por sus mejillas.
Pero lo peor no fue eso.
Lo peor fue lo que vi después.
Porque ese mismo profesor…
días más tarde…
bailaba con algunas compañeras en actividades del colegio.
Se reía demasiado cerca.
Ponía la mano donde un profesor no debería.
Rozaba cinturas.
Se quedaba segundos que no eran necesarios.
Y yo lo vi.
Y Natalia también.
Y en su mirada apareció algo nuevo.
No solo tristeza.
Algo más oscuro.
Una mezcla de humillación y furia.
Porque con ella había sido “correcto”,
Pero con otras…
era otra persona.
Ahí entendí algo que me revolvió el estómago;
No era que Natalia se enamorara de imposibles.
Era que los imposibles eran el único lugar donde ella podía seguir repitiendo la misma historia:
La de no ser elegida.
La de creer que el problema siempre era ella.
Y el mundo, cruel, se lo confirmaba una y otra vez.