LÍMITE

1155 Words
Con Río, las cosas avanzaron sin que yo lo notara. No fue un salto. Fue un deslizamiento lento, casi inevitable, como cuando el agua encuentra una g****a y se cuela sin pedir permiso. Al principio era solo conversación. Después fue rutina. Después fue refugio. Río me hablaba con una dulzura que no parecía ensayada. No era el coqueteo vacío de los chicos del colegio, ni la ambigüedad cruel de David. Con él todo era simple, directo, tranquilo. Me escribía cosas pequeñas, pero cargadas de intención. “¿Ya comiste?” “¿Cómo estuvo tu día?” “Me gusta cómo piensas.” Y yo, sin darme cuenta, respondía en el mismo tono. No porque estuviera buscando enamorarme. Sino porque era fácil. Porque por primera vez no sentía que tenía que adivinar. Río no jugaba. Río estaba. A veces dormíamos en llamada. No hablábamos. Solo respirábamos. La noche se volvía un espacio compartido, como si la distancia no existiera del todo. —¿Sigues ahí? —susurraba él, medio dormido. —Sí —respondía yo, con una sonrisa que nadie veía. —Me gusta saber que estás. Había algo profundamente íntimo en eso. Más que un beso. Más que una promesa. Solo presencia. Con el tiempo, me presentó a su familia. Fue extraño al principio, como entrar a un mundo que no era mío. Una tarde me dijo: —Ven, te quiero mostrar algo. —¿Qué? —Mi casa. Mi gente. Yo me reí. —Río, ni siquiera nos hemos visto en persona. —¿Y qué? —respondió, como si eso fuera lo menos importante—. Yo te conozco más que a mucha gente que veo todos los días. Su hermana apareció en la cámara. —¿Tú eres ella? —preguntó, curiosa. Sentí el calor subirme al rostro. —Hola… Ella sonrió. —Ay, me caes bien. Y así, de manera absurda, su hermana y yo nos volvimos casi una. Hablábamos como si nos conociéramos de siempre. Como si yo ya perteneciera un poco a ese lugar. Nunca nos vimos en persona, pero hablábamos casi todo el día. Incluso cuando estábamos rodeados de gente. Incluso cuando había ruido. Río era una constante suave en mi bolsillo. Un mensaje. Un audio. Una risa. No sentía celos. Él tampoco. No era una relación hecha de control, sino de confianza. Conoció a mis amigos. Yo conocí a los suyos. Era como si estuviéramos construyendo algo sin apurarlo, sin nombrarlo demasiado. Y por primera vez, yo estaba tranquila. No emocionada. No desesperada. Solo tranquila. Pensé que quizá así se sentía lo sano. Hasta que llegó ese día. Una pelea absurda. De esas que nunca teníamos. Ni siquiera recuerdo exactamente cómo empezó. Algo pequeño. Un malentendido. Un tono. Un mensaje leído tarde. Nada. Pero el cansancio hace cosas raras. Y de pronto estábamos discutiendo. —¿Por qué siempre te vas? —me dijo él, frustrado. —No me voy, Río. Solo estoy ocupada. —Siempre estás ocupada. —No es cierto. Hubo un silencio. Y entonces… lo dijo. —Pues vete a la v***a. La frase cayó como un golpe seco. No fue un grito. No fue una explosión. Fue peor. Fue una falta de respeto simple, directa, irreversible. Me quedé quieta. Mirando la pantalla. Sintiendo que algo se apagaba. —¿Qué dijiste? —pregunté, despacio. Río respiró hondo. —No… yo no quise… —Lo dijiste. —Estaba enojado. —Eso no lo hace menos real. Su voz cambió. —Perdón. Perdón, de verdad. No sé por qué… Pero yo ya no estaba escuchando con el corazón. Yo estaba escuchando con algo más frío. Con algo más antiguo. Un límite. No me dolió como duele una traición. No me dolió como duele perder un amor. Me dolió como duele la falta de respeto. Como una puerta cerrándose. Porque entendí algo en ese instante: Eso era lo único que podía arruinarlo. Lo único. Y lo arruinó. Río siguió hablando. —No fue en serio. Yo te adoro. Tú sabes que yo… Pero yo lo interrumpí. —No. Silencio. —¿No qué? —No me hables así nunca más. —No lo haré, te lo juro. Yo respiré. —Ya lo hiciste. —Podemos arreglarlo… —No. Mi voz sonó más fría de lo que me sentía. Pero no era crueldad. Era claridad. Río se desesperó. —¿Vas a terminar esto por una frase? Yo lo miré. —No es una frase. Es una falta de respeto. Y yo no construyo nada donde eso es posible. Ahí terminó. No con gritos. No con drama. Con una calma dura. Él me buscó después. Mucho. Mensajes largos. Audios. Llamadas perdidas. “Perdóname.” “Solo dame una oportunidad.” “Yo no soy así.” Pero yo no le permití nada. Nada. Quizá fui fría. Quizá fui demasiado tajante. Pero en mi cabeza era simple: Si alguien cruza un límite así, una vez, puede cruzarlo otra. Y yo no quería vivir esperando la próxima vez. Le conté a Natalia. No porque necesitara su opinión, sino porque era mi mejor amiga. Estábamos sentadas en un parque, y yo se lo dije como quien anuncia algo inevitable. —Río y yo… ya no hablamos. Natalia parpadeó. —¿Qué? —Terminó. —¿Por qué? —Me faltó el respeto. Natalia inclinó la cabeza. —¿Cómo? Yo dudé un segundo, luego lo dije. —Me dijo “vete a la v***a”. Natalia abrió la boca. Y por un instante… lo vi. Un destello. No de tristeza por mí. De alivio. Casi de alegría. Lo disimuló rápido. —Ay… qué feo —dijo, llevándose una mano al pecho—. Qué estúpido. Yo asentí. —Sí. Natalia me miró con una suavidad extraña. —Bueno… mejor. Así ya no te ilusionas. Su frase sonó correcta. Pero algo en el tono… no lo era. Días después, Natalia empezó a mencionarlo. Como quien no quiere mencionar algo. —Me escribió Río. Yo levanté la vista. —¿Ah sí? Natalia fingió casualidad. —Sí, me preguntó por ti. Yo asentí, indiferente. —Ok. Ella esperó una reacción que no llegó. —Me dijo que te extraña. Yo bebí agua. —Ajá. Natalia frunció el ceño. —¿No te importa? La miré. —Ya tomé mi decisión. Natalia se quedó callada. Creo que quería lastimarme. Creo que quería que yo sufriera como ella sufría siempre. Pero no pasó. Porque por primera vez, yo estaba firme. Serena. Y esa serenidad la desarmó. Con el tiempo, los celos que Natalia había sentido durante toda mi “relación” se calmaron. Como si el peligro hubiera pasado. Como si el mundo volviera a su lugar. Y lentamente… volvimos a ser las de antes. O al menos eso parecía. Pero yo ya había visto algo. Un destello. Una g****a. Y aunque la amistad continuó… algo dentro de mí empezó a aprender.
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