NUEVAS AMISTADES

1824 Words
En los días siguientes el campus empezó a sentirse distinto. Miento si digo que la distancia de Oliver no se sintió; después de acostumbrarme a su compañía, aunque no hablara mucho, su ausencia se notaba. No fue un gran cambio, ni siquiera hizo ruido, pero de vez en cuando deseaba que esa carta jamás hubiera ocurrido. Ver esa silla vacía me recordaba el momento más incómodo de toda mi vida. Seguía viendo a Misael todos los días, seguía discutiendo con Walter por cualquier cosa y David seguía apareciendo de vez en cuando, así que aparentemente mi mundo seguía igual… con la diferencia de que Oliver ya no estaba. O mejor dicho, estaba… en otro lado. Eso sí, encontró un nuevo grupo de amigos demasiado rápido. La primera vez que lo noté fue en la cafetería. Estaba sentado con Johanna. Karla. Charly. Y Daniela. No era un grupo que yo hubiera imaginado junto. Era un grupo peculiar, bastante de hecho. Charly hablaba como si el silencio le causara alergia. Siempre estaba contando historias exageradas sobre citas, novias o mujeres que supuestamente lo perseguían, aunque nunca nadie vio ni una sola mujer cerca de él. Tenía una facilidad absurda para inventar historias, y lo peor era que las contaba con tanta seguridad que por un segundo uno quería creerle. Karla era más tranquila. Escuchaba mucho y hablaba poco, pero cuando lo hacía siempre decía algo que hacía reír a todos. Era extremadamente positiva, pacífica y linda; transmitía una calma con solo verla de lejos. Era la mejor amiga de Johanna, y aunque Johanna parecía más dominante, Karla era la que equilibraba el grupo. Daniela era la más silenciosa. Era mayor que nosotros y tenía un bebé. No hablaba mucho de él, pero a veces mencionaba cosas pequeñas: que había dormido mal, que había estado enfermo o que su madre lo estaba cuidando ese día. No sonreía demasiado. Parecía fría y hasta clasista al principio, pero cuando lo hacía, su sonrisa era suave, casi protectora. De todo el grupo con quien nunca había tenido contacto era con ella, Daniela. No me agradaba, nada. Las pocas veces que me crucé con ella sentía su rechazo, y sé que ella sentía el mío. En el grupo también estaba Johanna. Tampoco me agradaba tanto, por el antecedente con Natalia y por lo poco que coincidimos antes de estar en el mismo salón. Oliver parecía cómodo con ellos. Se reía con Charly. Escuchaba y hablaba mucho con Karla. Discutía y peleaba con Johanna. Y Daniela… parecía mirarlo con la paciencia que solo una madre tendría cuando observa a alguien más joven hacer algo impulsivo. A veces los veía desde lejos y me sorprendía lo rápido que Oliver había encajado ahí, como si siempre hubiera pertenecido a ese grupo y nosotros solo hubiéramos sido una parada temporal. Un día me senté cerca de su mesa en la cafetería. Estaba con Misael. No estaba escuchando su conversación, estaba leyendo un libro con Misael, pero escuché mi nombre y no pude controlarme de escuchar el resto, aunque intentaban hablar más suave de lo normal. —… entonces háblale otra vez —dijo Charly. —No —respondió Oliver. —¿Por qué no? —Porque ya sabe lo que siento. Johanna levantó una ceja. —¿Y eso te detiene? —No. Karla sonrió. —Entonces ¿qué estás esperando? Oliver se quedó callado unos segundos. —No sé cómo acercarme ahora que me alejé. Charly se rió. —Eso suena muy tonto para alguien que escribió una carta. Daniela habló por primera vez. —¿Carta? —Sí —dijo Charly— se le declaró con una carta. Daniela miró a Oliver. —Valiente. Oliver se encogió de hombros. —Fui un idiota. Nunca se fijaría en mí. Johanna se inclinó hacia adelante. —¿Y qué dijo ella? Oliver miró hacia donde estábamos Misael y yo. Lo vi de reojo. —Cuando la leyó nada. Luego me dijo que no. Charly soltó una carcajada. —O sea te dijo que no dos veces. Karla cruzó los brazos. —¿Y ahora qué? Oliver respondió sin apartar la mirada. —Ahora estoy buscando la manera de cambiar ese no. Hubo un pequeño silencio en la mesa. Charly fue el primero en romperlo. —Entonces tenemos trabajo. Johanna sonrió. —Exacto. Daniela apoyó los codos en la mesa. —Primero deberías dejar de mirarla tanto. Oliver bajó la mirada al instante. —¿Es tan obvio? —Mucho —respondió Daniela. Charly volvió a reír. —Hermano, llevas mirándola diez minutos. Karla añadió con calma: —Si quieres conquistarla, tendrás que ser más inteligente que eso. Daniela preguntó curiosa: —¿Que es lo que te gusta de ella? Oliver suspiró —No lo sé, sólo me gusta porque es ella. Escuche atentamente hasta que cambiaron de tema, Misael se dió cuenta de que estaba de chismosa y me lanzó una mirada regañona, así que nos levantamos y nos fuimos juntos a la sala de conferencias, casi siempre estaba vacío y nadie nos decía nada por charlar ahí. Natalia se enteró ese día, mientras David, Misael y yo estábamos hablando en la sala de conferencias. No porque yo se lo hubiera contado. No lo hice, no por guardar el secreto ni por miedo a su reacción, sino porque me sentía avergonzada de solo recordar la situación, y contarla era para mí volver a vivir el momento. Pero llegó justo cuando Misael y David estaban hablando y cuestionándome sobre eso. —¿De qué hablan? —preguntó. Todos nos quedamos callados y nos miramos uno a otro. Natalia frunció el ceño. —¿Qué pasó? Misael me miró y con su mirada dijo “dile”. Yo no respondí. No reaccioné, no dije nada. Natalia cruzó los brazos y curiosa dijo: —Pensé que éramos amigos. ¿Ahora nos guardamos secretos? David suspiró, y derretido por la mujer que amaba soltó: —Oliver se le declaró. Natalia me miró. —¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —Con una carta —añadió Misael. Natalia se quedó inmóvil. —¿Dijiste Oliver? Yo asentí, con la cara caliente otra vez. Silencio. —Quiero leerla. ¿Dónde está? —¿Qué cosa? —El periódico. Obvio que la carta, Camila. Saqué el cuaderno. La había guardado ahí desde ese día. Se la entregué. Natalia empezó a leer. Más despacio de lo que yo lo había hecho. Mucho más despacio. Cuando llegó al final volvió a leer una parte. Luego levantó la vista. —¿Esto te lo escribió Oliver? ¿Oliver nuestro compañero? —Sí. —Lo traes loco. Natalia volvió a mirar el papel. Desde que lo leyó la primera vez sentí un poco de enojo en su forma de hablarme. Quise pensar que fue porque no le conté, pero ahora que la leyó se sentía más intensa, más molesta. —¿Y a ti te gusta? —No. —¿Nada? —Nada. —¿Por qué alguien como él se fijaría en ti? Silencio. Algo en su expresión cambió. Incomodidad, enojo… y otra vez la furia en sus ojos. —Pues es raro —dijo finalmente— que Oliver guste de ti. No respondí. —No es raro —dijo Misael—. Es linda, buena persona, amable, ayuda a todos. Continuó: —El hombre que no la viera como mujer estaría idiota. —Es cierto —dijo David—. Si yo no tuviera a alguien más en el corazón también podría fijarme en ella. Natalia dobló la carta, rodó los ojos por los comentarios de los chicos y me la tiró en la mano, más fuerte de lo necesario. —¿La vas a botar? Imagino que sí, si dices que no te gusta. —Me la voy a quedar. Es lindo que alguien me note… y es mi primera carta. —Es una carta, nada importante. Pero en fin, guárdala bien. Natalia se fue sin despedirse realmente. Se levantó, acomodó su mochila en el hombro y caminó hacia la salida de la sala como si la conversación ya no le interesara. No volteó. Yo me quedé mirando el papel en mis manos unos segundos más antes de doblarlo con cuidado. Esta vez sí lo doblé bien. Lo guardé dentro de mi cuaderno, entre dos páginas que casi nunca usaba, como si eso fuera suficiente para que nadie volviera a hablar del tema. —Bueno… —dijo Misael finalmente— eso fue incómodo. —Un poco —añadió David. —¿Llevas aguantando eso 7 años dijiste? —Dijo Misael —¿Eso cómo? —pregunté. —Como si le hubieras robado la atención de todos. —No lo sé, no me importa. Hablamos de cualquier cosa, discutimos sobre música, Misael empezó a cantar una canción horrible y terminé peleando con él durante diez minutos solo para que dejara de hacerlo. David se fue primero. Quedamos solo Misael y yo caminando hacia la salida del campus. —¿Te incomodó mucho lo de Oliver? —preguntó. Pensé un momento antes de responder. —Sí. —Se le pasará. No creo que ese amor le dure tanto. —Ojala. Misael se encogió de hombros. —Los hombres somos así, nos enamoramos con facilidad. —Eso ya lo sé. —Ademas le ayudaste bastante con tu reacción. Se rió. —Lo ví luego, y le dije que no. —No me lo contaste. —Te estoy contando ahora, me dijo que me va a conquistar. Que por eso ya no será mi amigo, porque no puede. —Es intenso, pero se le pasará. No creo que te aguante. Le di un empujón. —Cállate. Ni siquiera es cierto que sea molesta. Se rió. Seguimos caminando. Cuando llegamos a la reja principal del campus, miré hacia atrás. Natalia estaba en el otro extremo del patio. Hablando con unos chicos de otro grupo, muy en ambiente, reía, tocaba el hombro de todos, se apoyaba en sus amigos, pero cuando chocamos la mirada por un segundo me dejó una sensación rara. Pensé que por haber sido solo un momento, Misael no lo había notado —¿Que le pasa a ella? —preguntó Misael. —No lo sé —Respondí —Ten cuidado BF, ella es rara. —Es mi amiga, solo está un poco celosa, mañana se le pasa. Salimos del campus. No era cierto que a Natalia se le pasaría al día siguiente. Nunca fue solo celos. Desde que la conocía, Natalia había querido lo mismo: un novio. No cualquiera. Uno que la eligiera. Quizá su enojó radicaba en que quería ser ella quien recibiera esa carta, quizá le molestó que yo no corrí a los brazos de Oliver, le molestó que lo que ella había deseado yo lo "desperdiciaba" como si nada. Ella nunca había recibido una carta, y lo deseaba tanto porque significaba que alguien la estaba eligiendo entre todas las mujeres.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD