OLIVER

1684 Words
Las cosas con Natalia se calmaron un poco. Seguíamos escribiendo a diario. Me contaba algunas cosas de su relación, la aconsejaba, pero se mantenía más enfocada en sus nuevas relaciones. O quizás era porque también David seguía cerca. Me frecuentaba más seguido ahora, ya no tanto como el pretendiente de Natalia (aunque seguía esperando una oportunidad), sino como mi amigo, con el que hablaba de vez en cuando. Mi amistad con David no era como con Misael, pero también me resultaba cómoda. Se sentaba con nosotros, hablaba, a veces me preguntaba por Natalia y otras veces simplemente hablábamos de cualquier otra cosa. Yo estaba en una etapa distinta. Más sociable. Hablar con todo mi salón era mi nueva normalidad. Pasaba casi todo el tiempo con mi BF, con Walter, con David… y muchas veces también con Oliver. No era algo planeado, simplemente terminábamos en las mismas mesas, los mismos descansos, las mismas conversaciones. Éramos cuatro la mayoría del tiempo. Oliver era alto, con los ojos ligeramente rasgados y de un café claro que, a veces, parecían más claros cuando le daba la luz. No hablaba mucho y tampoco era particularmente gracioso. Era más bien raro. Decía cosas muy serias en momentos absurdos o se quedaba callado justo cuando todos esperaban que dijera algo más. Y esa rareza, de alguna forma, daba risa. Sorprendentemente estaba bastante dedicado al estudio y era inteligente, aunque no con la misma naturalidad que yo, pero sin duda lo era mucho más que el promedio. Además, era extremadamente activo. Siempre estaba corriendo por el campus, jugando fútbol o jugando a empujarse y a las luchas con otros compañeros como si tuviera demasiada energía acumulada. Al mismo tiempo se veía como un buen chico, tranquilo, inofensivo, de esos que parecen incapaces de herirte. Una combinación bastante extraña, he de admitir, pero por alguna razón le funcionaba bien. Era bastante popular, no había día que en el salón no lo visitaran chicas más grandes que él, intentando ser vistas. Era normal verlo a él esconderse, incómodo o evitando coquetear con las chicas grandes. La situación era graciosa, y con mucha frecuencia nos daba a leer cartas que las chicas le regalaban. Incluso las siete niñas del salón parecían extrañamente atraídas por él (incluida Natalia), aunque mucho más sutil. Yo nunca lo miré de esa manera. Para mí era simplemente Oliver. Uno más del grupo, el más simpático de mis amigos cercanos. Ese día estábamos sentados en una mesa afuera del edificio. Misael a mi lado. Walter frente a nosotros mirando memes en su teléfono y prestando atención cuando el tema se ponía interesante. David medio recostado en la silla, totalmente sumergido en la plática. Yo estaba discutiendo con mi BF sobre una canción horrible que él insistía en cantar. —BF, cállate —le dije. —No, escúchala bien. —Es horrible. —No tienes cultura. David se estaba riendo cuando Oliver llegó. Se sentó con nosotros y dejó una hoja doblada sobre la mesa. —Miren esto —dijo. Walter levantó la ceja. —¿Qué es? —Una carta. —¿De quién? —pregunté. —Una chica me la dio. Walter sonrió. —¡A ver! Yo tomé la hoja. Siempre era yo la que terminaba leyendo esas cosas. La desdoblé y empecé a leer. "No soy bueno diciendo estas cosas en persona, por eso lo escribí. Hay muchas cosas que me gustan de ti y probablemente ni te das cuenta. Me gusta lo inteligente que eres cuando empiezas a explicar algo y todos terminamos escuchándote sin darnos cuenta. Me gusta cuando discutes con Misael por cualquier cosa y te enojas como si fuera lo más importante del mundo. Me gusta cuando estás concentrada en algo y pones esa cara seria que casi nadie nota. Y me gusta cuando te ríes fuerte, sin intentar verte bonita… aunque igual te ves bonita. No sé exactamente cuándo empezó esto. Solo sé que un día empecé a darme cuenta de que cuando llegas todo se siente diferente. Que cuando no estás en la mesa se nota. Llevo mucho tiempo callándome esto porque no quería arruinar nada. Pero ya no puedo seguir fingiendo que no pasa nada. Me gustas. Y no es algo pequeño. Es la primera vez que siento algo así por alguien. Algo que no se me pasa, algo que no puedo ignorar aunque lo intente. Por eso tenía que decírtelo. — Oliver" Cuando llegué al final, mi mente tardó unos segundos en procesarlo. Oliver. Oliver. Oliver. Levanté la vista lentamente. Los cuatro me estaban mirando. Misael con una cara que ya empezaba a deformarse en burla. Walter con una sonrisa abierta. David completamente atento y sorprendido. Y Oliver, nervioso y ansioso. Entonces entendí. La carta no era para Oliver. Era de Oliver. Para mí. Sentí el calor subir a mi rostro, bajar a mis pies y volver a subir. No dije nada. Nada. Solo miré el papel. —¿Y? —dijo David. —¿Era tuya? —preguntó Walter mirando a Oliver. Oliver asintió. Misael me miró con unos ojos exagerados, burlones, como diciendo “ahhh con que esas tenemos”. Yo seguía en shock. —Interesante —dijo David. Oliver seguía esperando algo. Pero yo no sabía qué decir, mi cara estaba al borde del incendio, a tal punto que sentía que en cualquier momento se me caía. No sabía dónde mirar. Doblé la carta rápido, demasiado rápido, creo que ni siquiera la doblé bien. —Bueno… —dijo Walter. —Eso explica algunas cosas —añadió David. Yo seguía callada, esperando que en ese momento la tierra se abriera, me tragara y me escupiera debajo de mi cama. Pero Oliver finalmente se levantó. —Tengo clase. Y se fue, era mentira, no teníamos clase, pero no lo iba a detener, lo vimos alejarse, me alivié y me relajé un poco, le había dado un momento difícil quizá, pero no supe cómo reaccionar, era mi primera vez, mi primera carta. Y entonces empezó. Walter fue el primero. —¡Wow! Misael soltó una risa. —BF… Yo me tapé la cara con las manos, tratando de pegarme la cara de nuevo. —Cállense. —No —dijo Misael riéndose— ¿qué fue esa cara? —No hice ninguna cara. —Claro que sí. David se estaba riendo. —Parecía que te habían dado una multa. —¡David! —No, en serio —dijo— fue la reacción más fría que he visto. Misael seguía mirándome con cara burlona. —BF, acabas de destruir a un hombre, tu cara dijo demasiado. —No hice nada, ni una cara. —Claro que sí, lo mataste con la cara, no necesitaste decir nada y todos los entendimos —dijo David. Walter agregó: —Creo que Oliver va a correr diez kilómetros hoy. Yo quería desaparecer. Oliver se había ido, pero mi cara seguía ardiendo. —No es divertido. —¿Te gustó la carta al menos? —preguntó Misael. —No. —¿Cómo que no? —No sé. —La BF está en shock —dijo David con burla. Y era verdad. No sabía qué hacer. No quería un novio. Y mucho menos perder un amigo. Esa tarde, cuando salimos de la universidad, Oliver estaba cerca de la reja. Esperándome, supongo. —¿Podemos hablar? —dijo. Asentí, aún incómoda mientras la vergüenza regresaba lentamente. Caminamos unos metros, como si no encontrara qué decir, y al fin pudo gesticular. —No tenías que leerla en voz alta —dijo. —No sabía que era tuya. Siempre hacemos eso con las cartas de las chicas. —Lo sé, siento avergonzarte, no fue mi intención, pensé que te lo tomarías diferente. Silencio. Respiré hondo. —Oliver… no pude tomarlo diferente, sabes que no estoy interesada ni puedo verte de esa manera. —¿De qué manera? —Eres mi amigo. Solo eso. Se quedó callado. —Si eres mi amigo, no puedes ser nada más para mí —agregué. Frunció el ceño. —Eso no tiene sentido. —Claro que lo tiene. No me gustan las dobles intenciones. —¿Por qué? —Porque es mi regla. Silencio. Luego dijo: —Yo no quiero ser solo tu amigo. Eso me incomodó incluso más que la carta. —Yo siento algo más. Lo miré unos segundos. No quería herirlo, supongo que ya lo había hecho, pero no podía mentirle ni mentirme. —No puedo corresponderte. Oliver negó lentamente con la cabeza. —Está bien. Silencio. —Si es lo que tú quieres, lo voy a respetar. Lo miré confundida. —Gracias por entenderlo… —Si alguien es tu amigo no puede querer algo más contigo. Asentí. —Entonces ya no seré tu amigo y solucionamos eso. Sentí el golpe de esas palabras. —¿Qué dices? —Voy a respetar tu regla. Su voz era tranquila. Pero firme. —Pero no voy a dejar de intentar que seas mía, porque me gustas y eso no va a cambiar por tu regla. —No, por favor. —Esto para mí ya no es amistad, y no podré. Da igual lo que decidas. Silencio. —Voy a luchar hasta que sientas algo por mí. Eso te lo prometo. Me quedé mirándolo, sin saber qué decir, esa decisión ya no dependía de mí... —Así que a partir de ahora —dijo— no somos amigos, voy a ser tu novio. Espera y verás. Dio un paso atrás. —Nos vemos mañana, bonita. Y se fue. Me quedé parada frente a la reja de la universidad, ahora helada, fría y paralizada. Pensando en algo que no esperaba. Hoy no había ganado un pretendiente. Perdí a mi amigo. Esa decisión no me la imaginé. Al siguiente día, Oliver dejó de frecuentar nuestros lugares, dejó de sentarse con nosotros, ya no estaba en nuestras conversaciones, ni en nuestras risas. Me miraba de lejos, siempre me miraba, me sentía incómoda y un poco triste... Lo que se venía entre Oliver y yo ya no era amistad, y ninguno de los dos parecía estar preparado para eso.
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