Capítulo tres
Julie
Mientras espero a mis dos hadas madrinas, voy al escenario a conversar con los muchachos de la banda para saber cuál es el repertorio de la noche.
Tengo buena memoria musical y cero dificultades en memorizar letras. Además, ya canté incontables veces con ellos antes de abrir el bar —y lejos de Danny, claro.
—¿Nuestra estrella está lista para brillar? Alan, el guitarrista, pregunta. Él es el más apuesto de los tres músicos. Alto, de cabello castaño muy liso y lleno de tatuajes. Acostumbro a bromear con Jo a que él es la personificación de Kellan Kyle, el chico del libro Inconsciente, de la autora S. C. Stephens.
—¡Sí! Estoy muy nerviosa, pero quiero hacerlo lo mejor posible. Quiero que sea la primera de muchas presentaciones.
—Sabes que cuando Danny lo descubra...
—Deja a Danny fuera de esto. El sábado por la noche las personas vienen con la expectativa de bailar al ritmo de La Banda. No podemos defraudar a los clientes —digo con una sonrisa en el rostro, demostrando una seguridad que no siento, mientras intento convencerlo.
—Por mí no hay problema —dice él, riendo. —Va a ser maravilloso tocar de verdad contigo. Nuestro repertorio de hoy era este, pero creo que podemos hacer unos cambios para mostrar un poco más tu personalidad en el show —dice, extendiendo un papel con la lista de canciones.
Recorro con los ojos la lista, aprobando sus selecciones y pensando en tres o cuatro canciones más que me gustaría incluir.
—¿Tienes un bolígrafo por ahí? Quiero incluir algunas canciones, ¿puedo?
—¡Claro! Puedes incluir y quitar lo que quieras.
Me siento en el borde del escenario a escribir, mientras pienso que esta es una oportunidad maravillosa que no voy a dejar escapar.
Esta va a ser la primera de muchas noches al frente de La Banda.
***
—¡Amigaaa, llegamos! —grita Jo, sacándome de mis fantasías.
—¿Trajeron ropa bonita? —pregunto animada, dirigiéndome al camerino improvisado.
El establecimiento solo tiene un camerino y como era una banda exclusivamente integrada por hombres, ellos compartían el espacio. Por eso, voy a cambiarme en la oficina de Danny, ya que nadie estará usándola.
George me entrega tres bolsas llenas de ropa de una tienda de marca del centro comercial, a la cual estoy segura de que nunca he entrado.
—¿Y esto qué es, George? —pregunto revolviendo el contenido en las bolsas. —¿No trajiste alguna ropa para mí?
—Mi niña, ¿qué ropa querías que yo trajese? ¿La que usas para correr? ¿O los pantalones de yoga que te empeñas en usar? ¿O unos bluejans y una playera? Por supuesto que Jo y yo tuvimos que ir al centro comercial a hacer unas compritas para ti. ¡Y trajimos unas cosas IN-CREÍ-BLES! —dice él, animado y batiendo palmas.
—¡Dale, amiga, quítate la ropa, que nosotros vamos a escoger! —Jo me empuja mientras los observo aturdida.
—Pero... pero...
—¡No hay "peros" que valgan, mi niña! Vamos que no tenemos mucho tiempo.
Me quedo cinco segundos con la boca abierta, mirando alternativamente a uno y otro. Está bien, no soy precisamente la persona más elegante del mundo. Vivo usando tenis, leggins o con los susodichos pantalones de yoga, pero tengo un vestidito n***o en el fondo del armario que serviría para cumplir el objetivo de esta noche.
Salgo de mi letargo, agarro las ropas que ellos me entregan —una minifalda negra, de lentejuelas y una blusa blanca.
—Esta falda es muy corta.
—Nada de corta, amiga. Tienes que mostrar esas piernas increíbles que tienes.
—La blusa me queda muy justa...
—¡Es para resaltar tus encantos delanteros! —¿Cómo pretendes brillar en aquel escenario si no estás vestida para la ocasión?
Me miro al espejo y me encuentro bonita, pero me siento extraña. La minifalda es demasiado mini, pero no es muy ajustada y parece realmente lo adecuado para usarse en un show nocturno. Y con la blusa, aún se ve simple, lo que me agrada bastante.
—Ahora, ponte estos zapatos.
Tomo los zapatos que Jo me da. Son negros, de tacón muy alto y suela roja.
Louboutin, reconozco la marca.
—¡Dios mío, se gastaron una fortuna! —les reclamo, molesta por mis amigos haberse gastado tanto dinero en mí.
—Nada sería perfecto sin esos zapatos. Tienes que usarlos —dice George, soltando una carcajada.
Mientras me los calzo, me ponen pulseras y un par de largos aretes negros. La única cosa en la que logro penar es que, gracias a Dios, estoy depilada, pues no me sentiría cómoda si tuviese que usar esta falta tan corta con las piernas peludas.
No satisfechos con vestirme y adornarme como si fuese una versión de Barbie en tamaño real, mis amigos me colocan en la silla que queda en un rincón de la habitación y mientras Jo abre una maleta gigante con maquillaje, George comienza a soltarme la coleta, estudiando mi cabello como si fuese un experimento científico.
—¿Qué están haciendo? George vuelve a recogerme el cabello.
—Julie, tienes una mina de oro aquí y lo escondes no sé por qué. Voy a enseñarte todo lo que se puede hacer con ese pelo y dejarte con cara de "cómeme".
—¡Ay, Dios mío!
—No te quejes y relájate, amiga. Todo va a salir bien.
Sin nada que pueda hacer, me quedo quieta en la silla y dejo a los dos artistas trabajar. Rezo para quedar por lo menos presentable y no parecer un payaso que se escapó de un circo.
Media hora de sufrimiento después, principalmente en las manos de George —que me haló, sacudió y quemó la cabeza varias veces— me dejan ponerme de pie para que me puedan evaluar. Me siento como un caballo de carrera.
Me levanto pareciendo una gigante, ya que no estoy acostumbrada a estos zapatos tan altos, que adicionan por lo menos doce centímetros a mis escasos 1,58m.
Los dos están parados con la boca abierta y comienzo a ponerme tensa, imaginando que me veo ridícula y que no vamos a tener tiempo de arreglarme porque ya está en la hora del espectáculo.
—¿Qué? ¿Dónde está el espejo? ¡Quiero verme!
Los tres nos sobresaltamos cuando tocan a la puerta y George grita un "Entra", aún con cara de sorpresa. Rafe entra y comienza a hablar:
—Julie, ya casi... ¡la puta madre!
Me pongo aún más nerviosa. Debo estar horrible, porque Rafe soltó la tercera mala palabra del día.
—¿Qué pasa? Chicos, ¡denme un espejo!
—Julie, ¿eres tú? Dios mío, Danny tenía razón. Cuando sepa que yo permití esto... estoy jodido —dijo, más para sí mismo que para mí.
Cuando George se da cuenta que estoy a punto de estallar en lágrimas, creyendo que mi carrera de "diva pop" había terminado incluso antes de comenzar, me lleva al baño para que me pueda mirar al espejo.
Me siento exactamente como Cenicienta se debe haber sentido al ver el cambio que el Hada Madrina hizo en ella.
Observándome en el espejo siento como si me apretaran el corazón. Me veo, por primera vez, exactamente como mi madre. Es como si estuviese viéndola reflejada en el espejo, mirándome, exactamente como la recordaba cuando era niña.
Mis ojos azules se ven enormes, resaltados por la sombra oscura y el delineador que Jo había aplicado. En la boca, un color claro, con un leve brillo, deja mis labios sensuales.
Mi cabello no parece aquel que permanece recogido porque lo encuentro sin gracia. No sé qué magia fue la que George hizo, pero lo dejó con ondas perfectas, con el volumen y el aspecto de "diva pop", exactamente como vemos en las portadas de las revistas.
Esta es una versión mejorada y adulta de la niñita que Danny estaba acostumbrado a ver. Por algo él nunca me vio de otra manera. Antes, yo parecía tener, como máximo, diecinueve años. Ahora soy una mujer de verdad. Linda, sensual y adulta.
—¿Te gusta, mi niña? ¡Di algo!
—George, me encanta. Estaría loca de remate si no me gustara. No me imaginaba que pudiese quedar tan linda.
Salgo del baño con una sonrisa gigante en el rostro y me topo con Rafe, aún desconcertado.
—Rafe, ¿ya llegó la hora?
—Veinte minutos. ¿Estás segura de esto? Danny me va a matar y después los va a matar a los tres.
Decido ignorar su advertencia.
—Avisa a Alan que vamos a comenzar con Put your records on —le digo, mirándolo con lo que espero sea mi mirada más sensual.