La mente de Lena le decía que se alejara. No podía permitirse acercarse más a Dante y, mucho menos, aceptar sus elogios. Su visita a la casa de Doris le había recordado quién era en realidad: no una heroína, sino una niña que sobrevivió. En las calles, nunca tuvo problemas para hacer lo que fuera necesario con tal de vivir y aprender más sobre el inframundo criminal. Podía dejar las emociones a un lado y seguir adelante con su venganza. Un asesino no debería ser alguien que anhelara un abrazo. Y, sin embargo, Lena no pudo apartar a Dante de inmediato. Su cuerpo respondió a su abrazo como cera fundida en un molde, adaptándose a su forma. Se amoldó a él, sintiendo los músculos firmes de su espalda bajo sus manos. Aquella solidez la reconfortó. Dante olía a sal y dulzura, una señal inequívo

