En los días previos a la fiesta, Lena continuó con su trabajo, intentando no pensar demasiado en el evento que se avecinaba. En lugar de eso, decidió concentrarse en encontrar al responsable del primer ataque. El segundo había sido orquestado por ella misma, pero el hombre con el tatuaje del as de diamantes en el brazo seguía suelto, y eso no le daba tranquilidad. A lo largo de los años, Lena había intentado no pensar en los aspectos más siniestros del negocio en el que su padre pudo haber estado involucrado. Prefería recordarlo como el hombre que la arropaba por las noches y reía a carcajadas frente a enormes platos de espagueti. Su tía nunca hablaba demasiado del tema, aunque a veces se quejaba de que su padre había “vendido su alma”. En aquel entonces, Lena no comprendía del todo qué s

