Su estado de insomnio la estaba haciendo imaginar escenarios absurdos. Mientras su cuerpo exhausto se desplomaba por la fatiga, su cabeza palpitaba de frustración. No quería seguir discutiendo con Dante. Preocuparse por su bolso no era más que el resultado de una mente agotada jugándole malas pasadas. Consciente de que no estaba pensando con claridad, caminó hacia la cama y empujó a Dante hacia un lado. Luego se acurrucó entre las sábanas, aún envuelta en la manta, dándole la espalda. En cuestión de segundos, cayó rendida. Sus planes para matar a Dante tendrían que esperar. Dante fue el primero en despertar y, al darse cuenta de que su cuerpo acunaba suavemente el de Lena en posición de cuchara, se acercó un poco más. Podía oler la mezcla de su sudor con un leve perfume floral, un arom

