Doris recogió las cartas con rapidez, y la destreza de sus manos le recordó a Dante lo que Samuel había dicho sobre las habilidades de Lena con los naipes. Se puso de pie y retrocedió hasta el armario para guardarlas. —¿Conoces a Lena? ¿A Lena Navarro? —preguntó Dante, dando otro sorbo de té. —Esa lectura fue gratis —respondió Doris por encima del hombro—. El resto no puedo dártelo. Levantó ligeramente la cabeza, como si escuchara algo en el aire. —Ya llamé para que vinieran por ti —añadió—. Es por este lugar. Sin previo aviso, le tendió su teléfono a Dante. Él no se había dado cuenta de que lo había sacado ni de que Doris lo llevaba. La forma en que lo manipuló, con la misma naturalidad con la que había manejado la dirección, le sugirió que ella también sabía moverse en el mundo de l

