Lena frunció los labios, como si acabara de aplicarse lápiz labial, un gesto que siempre hacía cuando estaba nerviosa. —No soy la cita de Dante ni su novia. Como ya te dije, soy una profesional —dijo con firmeza. Gregor le dedicó una sonrisa condescendiente. —Me alegra mucho que hayas decidido quedarte conmigo esta noche. Ahora sí podremos empezar a conocernos mejor. Un regusto amargo subió a la garganta de Lena. En los terrenos oscuros de la finca, las palabras de Gregor sonaron espeluznantes. ¿Qué quería decir con eso? ¿Por qué no la dejaba ir? ¿Dónde estaba Max? La ansiedad se intensificó. Quería gritar, correr, patearlo… cualquier cosa con tal de alejarse de él. En lugar de eso, respondió: —Claro —dijo, casi ahogándose con la palabra. Sin provocarlo, necesitaba hacerle entender

