—Solo soy una persona muy reservada. Me cuesta abrirme —dijo Lena. —Puedo notarlo —respondió Dante con comprensión—. Déjame mostrarte algo que creo que te gustará. La tomó de la mano y la condujo escaleras arriba, atravesando pasillos, dormitorios, baños… más baños. Todas las habitaciones estaban impecables y bellamente decoradas. Finalmente llegaron a una estancia al final de un rellano del piso superior, bordeado por una barandilla de madera oscura. Dante abrió la puerta e hizo pasar a Lena. Aquella habitación, que parecía una especie de almacén, estaba mucho más desordenada que cualquiera de las que había visto hasta entonces. Había viejos suministros de pintura amontonados en una esquina, una o dos cabezas de animales apoyadas en el suelo y varias cajas apiladas frente a un percher

