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2198 Words
La rudeza con la que soltó esas palabras me hizo sentir helada, hizo que sintiera que soy una mala persona, una mala amiga, me estaba riendo de él y no me detuve a preguntarle cómo le había ido, ni porque desapareció tanto tiempo. Me había estado comportando como una gilipollas, empiezo a entender que Abott no está molesto conmigo por haberme reído de el, ni por hacerlo correr, quizás si lo esté en parte, pero más, por no haberme preocupado por lo sucedido. —No me lo habías dicho —susurré corriendo detrás de él. Se detuvo en la entrada de la universidad y de repente, me sentí pequeña. Todos estaban pasando a nuestro alrededor sin prestarnos verdadera atención, me miró severo, y furioso, su cabello en forma de rulitos organizados dejo de parecerme adorable en ese momentos. Y sus ojos marrones claros, a travesaron mi alma, de una forma diferente a la que suelen hacerlo. —No me lo habías preguntado, pensé que no tendría que hablar de ello, es más —bufó—. Creí que no te interesaba. —No es eso —respondí, «Maldita sea, el día que nací con memoria de pez»—. Solo quería aliviar el ambiente, quería que te relajaras un poco, y después, pensaba preguntarte. —Cora, nos conocemos. Me estás mintiendo. —Nos conocemos —repetí—. No estoy mintiendo. —Bien —empezó a caminar—. ¿Vas a preguntar algo? —Quiero saber que le pasó, se supone que estaba bien, es imposible que haya empeorado de un día para otro. Yo… creí que iba a conocerla, que podríamos reírnos los tres juntos. Estaba hablando tan rápido que veía como Abott arrugaba la cara irritado, se cuánto detesta que empiece a divagar cuando estamos hablando de algo importante, la gente a nuestro alrededor empezó a darse cuenta de que algo sucedía, algunos se quedaban mirando como Abott fruncía el ceño e intentaba respirar, otros se estaban riendo por lo que estaba haciendo y se alteró. —Ya basta —gritó, los presentes voltearon y me ruboricé—. Lamento… mierda, siento haberte gritado. —He comenzado yo —lo asumí—. No sé tratar estos temas, no soy muy sentimental con estas cosas y estoy nerviosa, lamento lo que ha sucedido con tu hermana, me asusté muchísimo cuando desapareciste. Más calmado, tomó mi brazo y caminó rápido para que nadie estuviera viendo lo que hacíamos, ni lo que decíamos. —Mi padre me mintió, los médicos me mintieron —dijo apretando las manos—. Mi hermana estaba muriendo, por eso querían que me la trajera, para que pasará sus últimos días aquí. —Abott… no se que decir, lo lamento. Sabes que puedes hablar conmigo cuando lo necesitas ¿no?. —No es todo —intentó relajarse y comenzó a caminar hasta el aula—. Murió acostada en mis brazos cuando veníamos para acá. Me quedé pensando en que decirle, como actuar, como reaccionar o si debía darle mi pésame, pocos jóvenes le dan su pésame a sus amigos, nunca había manejado una situación como está, se que el está dolido, aunque puedo ver en sus ojos que no tanto como debería. Me preguntó que hizo Abott mientras se desapareció. Si fue como el dijo, significa que en lo que murió su hermana, se perdió en un país para distraerse, para pasar el dolor, para intentar no ahogarse en lágrimas. —No tienes que decirme nada —continuó—. Se que lo lamentas, se que me quieres y se que ya estás preguntándote donde estaba —hizo una pausa y me miró directamente a los ojos, estábamos frente al salón de química, sabía que el no hablaba cuando entrabamos a clase, así que sujetó mis hombros y se relajó—. Me quedé en México para liberarme, conocí lugares y cuando estaba bien, tranquilo, regresé. Mis padres entendieron lo que hice, lloraron y no me han castigado. Todo está bien. —¿Dónde la enterraron? —tartamudee. —En el cementerio cerca del parque central, está cerca de nosotros, siempre quiso estarlo. —Eres muy fuerte. —No lo soy —concluyó. Abott dio por zanjada la conversación y entro al salón, me quede quieta un instante, pensando en lo que había dicho, si el no cree que es fuerte. Está loco, es la persona más fuerte que he conocido jamás, yo nunca hubiera sido capaz de superarlo, quizás si me hubiera marchado. Pero no hubiera vuelto, no hubiera querido revivir el momento, sentir que ha sido mi culpa, que la he estado tocando cuando dejo este mundo. ¿Es acaso eso justo, ver a la persona que amas morir frente a tus ojos?. Debido a todo lo que había estado pasando con Abott este último tiempo, tomé la decisión de que no lo soltaría por un rato, me negaba a dejarlo tirado a la deriva, a dejar que se comiera la cabeza por lo que había pasado. Quería distraerlo, hacer que se sintiera libre, quería hacerlo entender que su hermana murió de la mejor manera. En sus brazos. A medida que la profesora de química iba hablando, lo veía de reojo, para saber cómo estaba. Sin embargo, Abott se comportaba normal, subía y bajaba la cabeza para anotar lo que decía la profesora, se quedaba escuchando lo que salía de su boca y se reía cuando ella contaba algún chiste. Verlo como siempre fue, me escandalizó, actuaba natural, actuaba como si su hermana siguiera en el hospital y estuviera viva, incluso mejor que eso actuaba. La clase culminó y salí corriendo detrás de él nuevamente, consecutivamente lo seguía, pero cuando lo hacía con tanta frecuencia se molestaba. —Cora —masculló—. Estoy bien, puedes dejar de seguirme. —No lo entiendo ¿Cómo puedes estar bien? ¿Estás fingiendo?, No deberías hacerlo, te aseguro que librar todo lo que llevas adentro es mejor, hazlo Abott, te ayudará. Yo estoy aquí para escucharte, prometo que escucharé todo lo que tengas para decir y te daré el mejor consejo que puedo. —Hablas mucho —se burló—. Cuando fui a México visite a un psicólogo todos los días, por eso estoy bien, me duele, pero lo he aceptado. Y no quiero que sigas incordiando con eso ¿está bien?. —Vale, creo que lo he entendido. —Excelente, porque te estabas portando como una toca pelotas. —Ya claro —rodé los ojos—. Tú eras el que te estabas portando como Hércules. —¿Hércules? —preguntó frunciendo el ceño, intentó aguantar la risa y abrió la puerta de la universidad que daba hasta la salida—. Espero que escuches lo que has dicho, porque fue una estupidez. —Bien, señor perfecto. Me iré a trabajar. —¿Estás trabajando? —Lo hago —aseguré—. Soy repartidora de pizza. ¿De dónde crees que conozco a Julian?. —¿De por ahí? —De por ahí —repetí—. Es mi compañero de trabajo, mi papá y mi mamá van a divorciarse. —No me jodas Cora ¿Por qué no me lo habías contado? ¿Qué sucedió?. Caminamos hasta la calle y nos paramos al lado de la universidad, Abott me veía con desesperación, esperando una respuesta de mi parte. El siempre ha sido el fuerte de los dos, el que afronta los problemas con seriedad y puede hablar diplomáticamente con los demás. Yo soy todo lo contrario a eso, no puedo discutir con alguien porque lloró, o me siento mal y empiezo a llorar. Cuando me molestó realmente, a veces grito a pesar de estar llorando. Y odio esa parte de mi, no me gusta que la gente vea que me afecta, que han tenido algún tipo de control sobre mí. —Mi padre engaño a mamá, no tenemos comida, yo trabajo y mamá no hace nada y es estresante. —La Señora Stace, es genial, no entiendo como tu padre pudo engañarla. Que desperdicio de mujer —soltó, miró mis ojos llenos de rabia y se rio—. Lo siento, tu mamá es linda. —Ya pues, también es una inútil, porque no se ha levantado de la cama y ha ido a comprar comida, sino que se lo gasto en un lindo conjunto de mierda. —Deberías relajarte, todo va a solucionarse y si necesitas algo, ya sabes dónde vivo. —Lo se —bufé cansada—. Tu mamá me quiere más a mi, que a ti. —Lamento decir que tienes razón —cerró los ojos fingiendo cara de dolor. Me reí ante sus ocurrencias y me despedí con la mano, la pizzería no quedaba tan lejos de la universidad, podía ir andando y distraerme escuchando música. Mi padre siempre me ha dicho que uno de mis defectos es que no me gusta que me miren a los ojos, al menos, no por demasiado tiempo. Siempre he odiado que se me queden mirando mientras hablamos, por eso siempre evitó el contacto físico, aunque ellos crean que es fácil, o que es una tontería mía, no lo es. Me dan nervios, me provoca ansiedad que lo hagan, si tan solo, dejarán de hacerlo estaría mejor. Cuando el empezó a decírmelo, no entendía porque, para mí era como cualquier otra manía. Hasta que me explico que a las personas enamoradas les gusta mirar fijamente a la otra persona. Yo me asusté en ese instante y grité un «no» desesperada, el se rio fuertemente y me dijo que si. Que a los hombres les gusta hacerlo y provoca sensaciones inimaginables. No estoy segura de a qué sensaciones se haya referido mi padre, he tenido dos novios en mi vida y ninguno me han provocado eso. Los quería, pero no tanto, al parecer. Uno de ellos se llama Tommy, el era el raro del instituto, todos me decían que debía alejarme, que hacía cosas extrañas cuando nadie lo veía. Lo que para ellos era raro, para mí siempre solía ser normal, así que no los escuché, nuestra relación empezó a ir avanzando y me di cuenta que el chico hablaba solo cuando pensaba que nadie lo veía, que movía la pierna con desesperación cuando le estaban hablando de forma ruda, creí que estaba volviéndome loca, que estaba haciéndole mucho caso a lo que decían las personas de el. Pero no fue así, realmente algo iba mal, un día en receso, me acerque para besarle y avisarle que iría a casa de un amigo, necesitaba hacer un trabajo, estuve hablándole horas sobre lo molesto que era mi compañero de estudio, lo mucho que me molestaba que hiciera tanto ruido al comer y lo detestable que era su manera de hablar, solía escupir mucho y me llenaba de baba, tanta baba que me daba asco. El me escuchaba atentamente, siempre, todo lo que le decía se le quedaba guardado en el cerebro como un robot. Eso, también debió ser una señal de alerta. Pero para mí, fue atención y me gustó. Después de terminar de hablarle y ver qué no me estaba contestando le pregunté si algo malo había pasado, me estaba mirando mucho, me estaba sintiendo mal, aislada. El me dijo que no fuera para allá, que si iba, terminábamos y acepte. Nadie iba a privarme de mi libertad, y con todas las cosas que tenía en la cabeza, me daba igual lo que intentará. Al cabo de un tiempo empezó a perseguirme, estaba loco, siempre estaba donde yo estaba, mis padres tuvieron que cambiarme se instituto y nos mudamos de casa sin que el lo supiera. Fue complicado para mí hacer que se alejara de mí vida, fue complicado dejar todo lo que había estado construyendo por una persona que no valía nada. Abrí la puerta de la pizzería y les sonreí a los chicos, el abrigo que llevaba reposando en el brazo, lo dejé en el tendedero y me adentré para saludar a mi jefe y a Julian. —Señor Gilbert ¿Cómo está?. —Bien linda, debes ir a entregar una pizza a esta dirección —me entregó la hoja y asentí—. Iba a mandar a Julian, pero tiene más pedidos que tú está noche, así que hazlo por el. La casa es enorme, asegúrate de ser buena con el cliente, uno así, no se puede perder. —No se preocupe, haré que quede satisfecho con la orden. —Perfecto Mi jefe se marchó por el pasillo y le sonreí a Julian con complicidad. —Así que tienes muchos pedidos ¿eh?. Se rio. —Ese tío es insoportable, odiaría tener que pisar una vez más su casa. Recuerdo haberle llevado una pizza una vez, me trató de la hostia. ¡Me cerró la puerta en la cara!. Ese imbécil hizo que me llenará de rabia, le dije a Gilbert que todo había salido bien, pero era mentira. No sé cómo se le ocurrió volver a pedir una pizza. —Siempre exageras todo, creo que lo estás haciendo de nuevo, cálmate. Yo lo haré bien, el va amarme. —Ya lo veremos —canturreó.
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