Capítulo 2 - huellas invisibles.

765 Words
Al principio, Noa dormía poco. El cuerpo estaba en Aeris, pero su mente aún caminaba por los pasillos de su viejo departamento, con la pintura descascarada y los ruidos de los vecinos filtrándose por las paredes. Extrañaba su almohada aplastada de un solo lado, el sonido de la ducha goteando y hasta el olor rancio de las escaleras del edificio. Y a Lucas. No porque lo quisiera, se decía. Sino porque había sido parte de ella tanto tiempo, que desprenderse dolía como una amputación. Él no era el monstruo que su mente ahora necesitaba convertirlo para seguir adelante. No. Lucas sabía cocinar cuando quería, y había noches en que le acariciaba el pelo hasta que se dormía, como si el mundo le quedara grande y ella fuera su única ancla. Pero también era egoísta. Hiriente. Como si su propia oscuridad lo hiciera olvidar que los demás sentían. —No sos tan fácil de amar, Noa —le había dicho una vez, después de un silencio largo que duró una semana. Eso fue después de que ella le contara que se sentía invisible. Que a veces deseaba que él la mirara como miraba su celular. Que la abrazara sin que ella tuviera que pedirlo. Lucas no le gritaba, pero dolía igual. Tenía una manera de hacerla sentir que era ella la que no entendía, que exageraba, que pedía demasiado. Y Noa empezó a creerlo. A callarse. A volverse chiquita. Y sin embargo, ahora, en un bosque donde las flores cantaban y el aire tenía sabor a frutos silvestres, lo recordaba. —Tu mundo quedó atrás —le decía Elian, cada vez que lo notaba en su mirada. Él no presionaba. Se acercaba como el agua, despacio, suave. Le hablaba del equilibrio, de cómo Aeris no podía conectarse con la Tierra sin consecuencias. Que cerrar portales era proteger a los dos mundos. Que regresar no solo era imposible, sino peligroso. —Tu alma ya se adaptó —le aseguró una noche, mientras las luciérnagas formaban figuras sobre un lago plateado—. Si cruzaras de nuevo… no sobrevivirías. Noa no sabía si creerle. Pero la forma en que la miraba, como si fuera hecha de fuego y luna, la confundía. Elian era bello. Inquietante. Intenso. Tenía ese poder silencioso de quienes no necesitan demostrar nada. Le hablaba de plantas que curaban memorias, de rituales que protegían el espíritu. Le regalaba secretos. Y con el tiempo, empezó a decirle cosas que Noa jamás había escuchado. —Desde que llegaste, todo cambió —le confesó un atardecer—. Aeris me hablaba de ti antes de que vinieras. Lo sentí. En los sueños. En la tierra. Y cuando te vi… supe que eras el comienzo de algo nuevo. Noa sintió el corazón temblar. No por amor aún, sino porque alguien, por fin, la veía. Le creyó. Se quedó. Aeris era enorme. Un continente flotante entre dimensiones, donde el cielo tenía tonos que en la Tierra no existían. Había regiones frías con árboles de cristal, y otras cálidas donde los animales hablaban por medio de colores que brotaban en su pelaje. Aprendió a usar túnicas hechas de tela viviente que cambiaba según su ánimo, a dormir bajo árboles que contaban historias al oído. Y conoció a otros. Lya, una joven nómada con la piel tatuada de constelaciones. Había llegado a Aeris siendo niña, escapando de un lugar llamado Lumen, donde los viajeros eran esclavizados. Era rápida, ágil, y desconfiaba de todos. Menos de Noa. —Tenés algo raro —le dijo—. Como si tu alma hubiera venido antes, pero no lo recordaras. Y estaba Tharn, un viejo centinela del bosque. Sus ojos eran de madera, y en su espalda llevaba ramas con pequeñas flores que solo crecían cuando alguien decía la verdad. Tharn no hablaba mucho, pero un día la tomó del brazo y le dijo: —Elian es parte del bosque… pero no toda raíz da fruto bueno. Noa no entendió del todo. O no quiso entender. Porque Elian ya la había besado. Y en ese beso, sintió por fin que el pasado se rompía. Que Lucas ya no importaba. Que ese mundo nuevo la quería, la aceptaba, y la necesitaba. Pero una noche, encontró un libro. Antiguo, escondido entre rocas, cubierto de líquenes. Lo abrió, y el símbolo que tenía grabado era el mismo que Elian llevaba en el pecho. Noa lo había tocado muchas veces sin pensar. Ahora, el símbolo parecía mirarla. El título del libro decía: “Crónicas del Primer Engaño” Y en la primera página, un nombre: Elian, el tejedor del ciclo.
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