Capítulo 3 – Crónicas del Primer Engaño

770 Words
El polvo se levantó apenas Noa retiró el paño que cubría el libro. “Crónicas del Primer Engaño.” El título la estremeció. Algo en esas palabras le pareció... familiar. Como si las conociera desde antes. Lo abrió con cuidado, sus dedos temblaban. Las páginas estaban desgastadas pero el texto era claro, casi brillante bajo la tenue luz del sol filtrándose por los árboles. A medida que leía, su pecho se apretaba: hablaba de una antigua historia en la que un ser mágico enamoraba a una humana, prometiéndole amor eterno, cuidados, libertad... hasta que ella quedaba embarazada. Entonces, revelaba su verdadera intención: el hijo era parte de un pacto ancestral. Una deuda sellada con sangre. Y la madre, una ofrenda más. La historia era tan cercana, tan parecida a lo que estaba viviendo, que sintió la garganta cerrarse. Pero antes de poder avanzar más, una voz suave cortó el aire: —¿Te gusta leer? Elian estaba detrás de ella, con su sonrisa tan perfecta, tan segura. Noa cerró el libro de golpe, como si escondiera algo prohibido. —Lo encontré por casualidad —dijo, aún con el corazón acelerado. —Ese libro… tiene historias muy viejas. Algunas ciertas, otras no tanto —respondió, acercándose lentamente—. A veces, los que escriben las historias son los que más tienen que esconder. Noa lo miró confundida, pero él le tomó la mano. —No te preocupes. Yo nunca te mentiría. --- Desde ese día, Elian comenzó a estar aún más presente. Le hablaba de la energía del bosque, de la conexión entre sus mundos, de su destino juntos. Y poco a poco, ella fue bajando la guardia. Se aferró a la idea de que tal vez, esta vez, alguien sí la iba a amar bien. Noa venía de un mundo donde Lucas, su ex pareja, había sido cruel más veces de las que podía contar. Humillaciones, gritos, momentos de amor mezclados con desprecio. Le había costado romper ese lazo. Había aprendido a sobrevivir más que a vivir. A veces pensaba en él. No porque lo extrañara realmente, sino porque dolía no haber sido amada de verdad. Porque aunque la lastimó, a veces se preguntaba si no era simplemente su mal carácter, su historia, su caos. Pero lo que había vivido con él no era amor. Y Elian… Elian era diferente. ¿O eso quería creer? --- Los días se volvieron más cálidos. Elian la hacía reír, le enseñaba secretos del bosque, la llenaba de palabras bonitas. Hasta que una noche, bajo la luz de una luna azul, la besó de una forma que borró todo lo anterior. Y en esa noche, entre flores brillantes y promesas de eternidad, Noa se entregó. --- A los pocos días, empezó a sentirse rara. Más sensible. Mareada. Soñaba con un tambor dentro suyo, con una fuerza que crecía. Su cuerpo cambiaba. Su intuición también. —Estás embarazada —le dijo Elian una mañana, como si lo supiera desde siempre—. Es un regalo. El primer hijo entre nuestros mundos en siglos. Noa sintió que todo se detenía. —¿Qué? ¿Cómo...? ¿Tan rápido? Él le acarició el vientre. Su mirada era suave, protectora. Casi devota. —Es distinto acá. El tiempo, la sangre, la magia. Lo que llevás dentro... es parte de algo mayor. Ella tragó saliva. —¿Y qué parte tengo yo en eso? Elian la abrazó, con ternura. —La más importante. Sin vos, nada de esto sería posible. Yo… me enamoré de vos, Noa. Y este hijo es prueba de eso. Sus palabras la desarmaron. Quiso creerle. Y durante un tiempo, lo hizo. Él la cuidaba. La acompañaba en cada síntoma, le preparaba infusiones, la hacía reír cuando se sentía insegura. Le cantaba canciones antiguas que hacían mover las hojas de los árboles. Y ella pensaba que, quizás por fin, era parte de algo hermoso. Pero cada tanto, algo crujía en su interior. No eran solo nervios. Eran dudas. Soñaba con el libro. Con una figura como ella, embarazada, encerrada. Y con una criatura en sombras celebrando su nacimiento. Veía a Elian con ojos rojos, susurrando en lenguas que no entendía. Y una palabra se repetía: pacto. --- Una tarde, al regresar del bosque, lo encontró hablando con alguien. Una figura cubierta con un manto oscuro. No alcanzó a escuchar, pero la presencia le heló la sangre. Cuando él notó su presencia, sonrió con tranquilidad. —Una curandera del norte. Nada grave —mintió. Ella no preguntó más. Esa noche, él la abrazó como si todo fuera perfecto. Y ella, por primera vez, tuvo miedo de amarlo.
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