El grito de Noa desgarró el silencio del bosque.
Elian, bañado en una mezcla de sudor y rabia, huía entre los árboles con el bebé envuelto en sus brazos. El niño lloraba, pero Elian no se detenía. Atrás, Lucas despertaba con dificultad, tambaleándose mientras se incorporaba. La cabeza le latía, pero cuando escuchó el llanto, todo dolor desapareció.
Corrió. Corrió como nunca antes. La daga que había tomado del refugio brillaba en su mano. Las ramas le cortaban la piel, pero no se detuvo. Hasta que lo vio: Elian, en un claro del bosque, alzando al bebé sobre un altar improvisado de piedra, recitando palabras en un idioma antiguo.
—¡No! —rugió Lucas, abalanzándose sobre él.
Elian giró, sorprendido. La daga se hundió en su espalda. Gritó, cayendo de rodillas. El bebé rodó hacia un costado, llorando aún más fuerte.
Lucas tomó al niño en brazos y comenzó a correr, sin mirar atrás. Sabía que Noa podía estar cerca y que tenía que encontrarla.
La halló apenas consciente, con sangre en la frente, cerca del portal, desmayada entre la hierba.
—Noa, mi amor, despertá… —susurró Lucas, arrodillándose junto a ella.
Ella abrió los ojos con dificultad, vio al bebé y a Lucas. Lloró y, entre sollozos, se abrazaron con urgencia, con la fuerza de quienes dependen el uno del otro para sobrevivir. Juntos comenzaron a avanzar hacia el portal, que vibraba con una energía distinta, como si el tiempo se estuviera agotando.
Lucas le entregó al bebé a Noa justo cuando ella empezaba a traspasar el límite del portal. Sentía el calor del mundo humano acariciar su piel, pero de repente lo escuchó.
Zzzzzzzzzzzzzuuuuuuup!
Una flecha, silenciosa, precisa y mortal.
Lucas fue alcanzado en la espalda. El impulso lo lanzó hacia adelante, pero no alcanzó a cruzar. Cayó de rodillas, extendiendo una mano hacia Noa.
—¡Noa, andate! ¡Protegelo! —gritó con las últimas fuerzas que le quedaban.
Noa lloraba y, a pesar de sus intentos por retroceder, la energía del portal la rechazaba. Ya no podía ayudarlo. Lucas le sonrió una última vez, con sangre en los labios, y luego cayó al suelo; murió, libre de sus tormentos.
El portal se cerró con un estallido de luz. Y Noa, con el bebé en brazos, cayó de rodillas del otro lado. El bosque del mundo humano la rodeó con un silencio piadoso.
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El sol atravesaba las ventanas de la pequeña casa al borde del bosque, tiñendo de dorado el suelo de madera. Noa caminaba descalza, con el cabello suelto y una taza de té caliente entre las manos. La paz que envolvía ese lugar era nueva para ella: merecida, dolorosa, pero suya.
Habían pasado cinco años desde aquella noche. Desde que escapó con su hijo en brazos y dejó atrás un mundo que casi la consumió. Cinco años desde que vio a Lucas caer con una flecha en el pecho, cubriéndola de sangre y verdad. Desde que su grito se desvaneció en medio del portal que se cerraba para siempre.
No supo si Lucas logró verla una última vez, pero siempre recordaría cómo, en sus últimos segundos, él solo pensó en protegerla. Con el tiempo, Noa crió a su pequeño con amor, como ambos habrían querido. Lo llamó Liam en honor a lo que él representaba: la redención, la lucha, el sacrificio.
Liam tenía los ojos de Elian, oscuros y penetrantes, pero su sonrisa era toda de ella. Por primera vez, ese niño la miraba sin juicio, sin secretos, sin traición. Solo con amor.
A veces, por las noches, Noa soñaba con Lucas: lo veía susurrándole palabras de aliento, diciéndole que estaba orgulloso, que a pesar de todo, lo amaba. Soñaba que nunca lo había perdido, que aún estaban juntos, los tres. Al despertar, mientras abrazaba a Liam, comprendía que el recuerdo de Lucas vivía en cada latido, en cada gesto de amor que ella le devolvía a su hijo.
Entre libros, juegos y tardes de lluvia, Noa supo que, aunque el mundo había querido romperla, ella había construido algo nuevo, algo hermoso. La historia que más importaba no era la del engaño ni la traición, sino la de cómo una mujer, marcada por la oscuridad, decidió ser luz para su hijo y para ella misma.
Y en esa elección, encontró su libertad.