Noa había aprendido a sonreír de nuevo. En los últimos meses, Elian había sido un acompañante devoto: le enseñó el idioma de los antiguos, la guió entre los rituales del bosque, y le habló de un destino mayor. Decía que el mundo humano era una jaula y que allí, en ese otro plano, podía ser libre. A veces, Noa todavía pensaba en Lucas, pero el dolor había empezado a confundirse con nostalgia dulce, y cada caricia de Elian, cada palabra tibia, eran como vendas sobre viejas heridas.
Una noche, Elian la condujo a un claro donde ardía una fogata azul.
—Ha llegado el momento del pacto —dijo, tomándola de la mano—. No tienes que temer. Es un ritual antiguo que sella la unión entre nuestras almas.
Noa sintió un escalofrío, pero Elian la miraba con una ternura tan honda que asintió. Bailaron alrededor del fuego, pronunciaron palabras que él había enseñado, y se besaron bajo la luna. Esa noche, sin saberlo, el ritual se completó.
Días después, ella despertó distinta. Su cuerpo lo sabía antes que su mente: una nueva vida creía dentro de ella. Elian sonrió al saberlo.
—Nuestro hijo será el heredero del nuevo pacto. Eres parte de algo grande, Noa. Nada malo puede venir de esto.
Y aunque ella intentó convencerse, algo en su pecho se resistía. Como si una parte de ella supiera que había algo más, algo que él no le contaba.
En el mundo humano, habían pasado años. Lucas no era el mismo. Su mirada había perdido el brillo, y su vida, el sentido. Pero no se había rendido. Desde el día en que Noa desapareció, se había sumergido en textos antiguos, mitos y portales. De a poco, y con ayuda de una mujer enigmática llamada Dalia, que conocía los secretos de los planos mágicos, Lucas descubrió dónde podía estar ella. Y más aún, cómo llegar.
Cuando finalmente cruzó el portal, no sabía con qué se iba a encontrar.
Noa estaba sentada junto al arroyo cuando lo vio. Lucas. Más delgado, con la barba crecida, pero sus ojos... eran los mismos. Se levantó sin poder creerlo.
—Noa...
Ella corrió a él, y sin pensarlo se abrazaron, llorando los dos.
—¡Pensé que estabas muerta!
—Yo pensé que jamás me encontrarías…
Lucas le dijo que la había buscado sin descanso, que sabía que algo mágico había ocurrido. Que se había arrepentido de cada error y que solo quería verla bien. Si ella quería quedarse, lo entendería, pero necesitaba saber que estaba a salvo.
Noa lloraba, con una mezcla de alegría y culpa. Le contó del embarazo, de Elian, y del pacto. También le contó que no podía volver.
Lucas frunció el ceño.
—Noa... eso no es cierto. Dalia me ayudó a cruzar. Y sé cómo regresar.
Fue como si todo el aire se le escapara de los pulmones. ¡Elian le había mentido!
Noa comenzó a unir piezas. La desaparición del libro. Las respuestas vagas. Las promesas perfectas. Le contó todo a Lucas, quien la abrazó con fuerza.
—Nos vamos de aquí, Noa. Te lo prometo.
La noche siguiente, con la ayuda de Dalia, encontraron el portal. Todo estaba listo. Lucas tomó la mano de Noa, y ella, con la otra sobre su vientre, sonrió.
Pero justo antes de cruzar, un dolor agudo la hizo caer de rodillas.
—¡El bebé... está por nacer!
Lucas la sostuvo mientras Dalia los guiaba a una cabaña cercana. Elian apareció en la entrada, con una expresión grave.
—Debemos llevarla adentro.
Noa, en medio del dolor, le pidió a Lucas que también fuera. Cuando Elian salió un momento para buscar paños, le lanzó un polvo dorado a Lucas, que cayó inconsciente.
Cuando Noa preguntó por él, Elian mintió:
—Lucas... no quería ser parte de esto.
Ella lloraba de angustia, pero no tenía fuerzas. El parto fue rápido y doloroso. Cuando el bebé nació, Elian fue el primero en tomarlo.
Noa, exhausta, extendió los brazos esperando a su hijo.
Pero Elian no se lo dio.
Sin decir nada, salió de la cabaña con el niño en brazos.
—¡Elian! ¡Devuélvemelo!
Intentó levantarse, pero cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra la madera.
Lucas despertó unos minutos después. Aturdido, salió tambaleando de la cabaña y vio, a lo lejos, a Elian caminando entre la niebla con el bebé.
Tomó un cuchillo del suelo y comenzó a seguirlo, decidido a enfrentar al hombre que les había mentido a todos.