El portal se había cerrado. Elian había desaparecido.
Pero el aire no se llenó de paz.
Noa lo notó primero. El suelo bajo sus pies ya no latía como antes. El árbol de Lucas, aunque firme, temblaba en silencio. El bosque no celebraba. Estaba… herido.
Liam también lo sintió.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó, apretando con fuerza la hoja dorada que había recibido del árbol.
Noa no supo qué responder de inmediato. Había tanto que decir. Tanto que sanar. Solo lo miró, y en ese instante, el silencio entre ellos dijo más que mil palabras.
—La magia… no es solo un don —dijo finalmente—. Es un equilibrio. Y ese equilibrio fue alterado. Elian lo rompió.
—¿Y yo?
—Vos… abriste algo nuevo. Algo que nadie más había logrado. Pero cada vez que usamos magia, dejamos una marca. Vos abriste una puerta. Y ahora el bosque tiene que decidir si la cierra o la deja abierta.
Liam bajó la mirada. Su pecho dolía. No sabía si era tristeza, confusión, o algo que no podía nombrar aún. Sentía que había hecho lo correcto. Pero también… algo dentro suyo se quebraba.
De pronto, un sonido atravesó el claro. Como un crujido, un lamento del suelo mismo. El árbol de Lucas emitió un destello, y un pequeño temblor sacudió la tierra.
—¡Mamá!
—Tranquilo —Noa corrió hacia él, lo abrazó fuerte—. No es peligro. Es… un llamado.
El árbol volvió a hablarle. Esta vez, la voz de Lucas era más tenue, más lejana.
—El bosque… se debilita. El portal… no se cerró del todo.
Noa frunció el ceño. ¿Cómo? Elian ya no estaba.
—¿Qué querés decir?
—No fue desterrado. Fue… dividido. Parte de su magia quedó acá.
La explicación cayó como un puñal en la atmósfera del claro. La oscuridad no se había ido. Solo se había dispersado.
Y ahora buscaba un nuevo huésped.