Leía Estábamos en lo que, para mí, era la definición misma del paraíso. Aún me costaba creer que Adrián hubiera planeado todo esto sin que yo sospechara nada. Cada detalle, cada sorpresa, hablaba de lo bien que había aprendido a leerme y de lo mucho que le importaba verme feliz. Dios, ese hombre era perfecto. Y no lo pensaba solo por haberme traído aquí, aunque el lugar era de ensueño. Era perfecto porque desde que llegamos no había dejado de estar pendiente de mí, de cada cosa que quería o necesitaba. Adrián siempre tenía una sonrisa, una caricia, una palabra de amor lista para mí. Era como si hubiera hecho su misión personal asegurarse de que este fuera el mejor cumpleaños de mi vida, aunque ya hubiera pasado. Todo aquí era un regalo. Cada momento, una celebración que parecía no tene

