7.- El mundo se ha enfriado ahora que no estás (The Offspring - Gone Away)
Las sombras siempre habían sido sus aliadas. Incluso antes de todo. Cuando su familia aún era una familia, cuando su hermano seguía con vida, cuando ella aún no había terminado la escuela básica, cuando aún no hablaba bien el inglés, cuando seguía llenando sus cuadernos de dibujos animados... Antes de todo, estaban las sombras. Y en ellas, Jaden podía respirar. Podía sentirse como ella misma, sin necesidad de esforzarse por comprender a los demás o ser comprendida; sin tener que rogar por una mísera partícula de interés de parte de la humanidad. Ella solo se sentaba en la obscuridad y respiraba, y pensaba y se quedaba quieta por horas.
Hasta que Jeffrey la descubrió en su escondite un día y decidió acompañarla a estar a solas.
En la casa en la que ambos crecieron, en Red Valley, una joven Jaden de 10 años había subido sin ser vista hasta el ático y ahí, en medio de cajas empolvadas y adornos de navidad rotos y viejos, se había quedado oculta. Subió una almohada un par de semanas después para estar más cómoda y así fue subiendo más cosas. Cuando Jeffrey la encontró allí, casi tres meses después de la primera vez que ella había subido, ya tenía tres almohadas, un par de libros, cuadernos de dibujo, lápices, una manta y varias botellas de agua mineral. Él la había felicitado por el gran trabajo y se había quedado junto a ella en silencio por tantas horas ella necesitara. Nunca dijo nada en voz alta a menos que ella hablara primero.
Porque Jeffrey la entendía. Siempre la había entendido. Y más tarde, después de la primera gran decepción real con el resto de la familia, le propuso a Jaden salir al techo. Y así hicieron. A veces se quedaban ocultos en la obscuridad del ático, a veces salían por la ventana del mismo y se acostaban en el techo a ver las estrellas, evitando todo lo demás.
Y allí quería volver Jaden.
Necesitaba tanto a Jeffrey que sentía que le dolía casi de forma literal. Sentía que el pecho se le dividía en dos de solo recordar su infancia, de solo recordar todas las cosas que habían dejado junto a la otra casa. Sentía que ella misma se dividía en dos al pensar que mudarse de casa había sido solo otra forma de dejar atrás a Jeffrey. Y Jeffrey era posiblemente la única persona en la faz de la tierra que se había interesado genuinamente en ella, la única persona que se preocupaba por sus silencios prolongados y su mirada gacha.
“El mundo no parece mundo”, pensó Jaden con tristeza, “las personas ya no son personas”.
—Jota, por favor, mírame.
Jaden se negó a abrir los ojos.
La voz de Patrick sonaba extraña, de alguna forma alterada, y ella quería abrir los ojos para verlo y asegurarse de que estaba bien. Pero no lo hizo. Sus brazos estaban apresados con correas a los laterales de su cama, al igual que sus piernas y eso la hacía sentir enojada, triste en extremo, decepcionada, traicionada, y como un cerdo a punto de ser cocido en una fogata y brutalmente devorado por una tribu salvaje del Amazonas. Abrir o cerrar los ojos era la única libertad física que le habían dejado y ella no vería nada que no quisiera ver.
Por otro lado, Patrick estaba enojado hasta más no poder. Y no tenía ánimos para ocultarlo. ¿Cuál era el afán de los Marmel por quitarle su potestad como terapeuta? ¿Cuál era el afán de ser tan extremistas y de ignorar sus consejos? ¿Por qué se empeñaban en hacer caso solo a quienes tenían barbas y arrugas por kilos en la piel? ¡Como si él fuera un adolescente y no un adulto que se había partido el lomo estudiando y trabajando sin cansancio!
Con el apellido atravesado, se levantó de la silla en la que había estado sentado las últimas seis horas y dejó caer su maletín al suelo, produciendo un sonido estridente. Jaden abrió los ojos de inmediato y él se acercó a ella inclinándose hacia adelante sobre la cama. Sintió ganas de darle una paliza bestial al imbécil que la había inmovilizado de forma tan cruel. Jaden había estado sudando y llorando cuando se despertó para encontrarse atada a la cama de la clínica media hora antes. Ahora se notaba que estaba realmente molesta y herida, y tenía razón para estarlo.
—Jota, te juro que yo no pedí que te ataran. Necesito que confíes en mí para poder ayudarte.
Jaden desvió la vista hacia la izquierda.
—Es obvio que les dijiste que estoy alucinando y que soy peligrosa, o no estaría atada como un psicópata antes de ser ejecutado.
Patrick cerró los ojos por un segundo y tomó una respiración profunda.
—Solo les dije lo que tú me dijiste —confesó él, manteniendo un tono de voz calmado, pero fallando al acentuar tanto las palabras, estaba estresado—. Les dije que aseguraste ver personas muertas y de inmediato ellos me asaltaron con preguntas sobre los medicamentos o tratamientos que podrían ayudarte con las alucinaciones. Yo en ningún momento aseguré que eran eso, Jaden. Te lo prometo.
Ella lo miró a los ojos y lamentó hacerlo. Él se veía realmente cansado, pero al menos no tenía la misma ropa que antes.
—Pero me sedaste, Patrick —lo acusó, la voz le temblaba—. Finalmente te conté lo que me ha perseguido por tres años y tú me pusiste a dormir como se pone a dormir a un demente.
Patrick asintió con vergüenza.
—Tienes razón, fue precipitado y no debí hacerlo. Traicioné tu confianza. Es solo que... no debería admitir esto en voz alta delante de un paciente, pero la verdad es que entré un poco en pánico con la sola idea de que estuvieras alucinando pesadillas, Jota —su voz sonaba desesperada y triste, cubierta de una vaga esperanza por obtener perdón—. Lo siento, de verdad.
Jaden asintió, negándose aún a ceder del todo. Las lágrimas le corrían por el rostro con libertad.
—Entraste en pánico porque pensaste que te habías equivocado de diagnóstico conmigo, entiendo —dijo ella—. No me parece suficiente.
Patrick negó rápidamente con un gesto.
—No. Entré en pánico de la preocupación por ti. Tú eres importante para mí, Jaden. Lo sabes.
Las palabras se quedaron en el aire mientras Jaden decidía si creerle o no y se dio cuenta que le creía porque la simple idea de que Patrick pudiera estar mintiéndole en la cara le dolía demasiado como para aceptarlo. Solo confiaba en él y si ese lazo se rompía, ¿qué le quedaba? Menos que oxígeno.
— ¿Cuánto tiempo dormí?
Patrick se alivió un 30%.
—Unas 6 horas.
Ella suspiró con fastidio.
—¿Qué hora es?
Patrick miró hacia su reloj de muñeca, pero no había nada ahí. Jaden frunció el ceño mientras Patrick se sonrojaba.
—Ups —dijo él con una sonrisa avergonzada—. Olvidé que lo rompí.
Jaden lo miró, exigiendo respuestas.
—Intenté detener a los bárbaros de las correas y no fue buena idea. No tengo demasiada fuerza o condición física.
Patrick soltó una risita avergonzada mientras recogía el maletín del suelo y lo colocaba abierto sobre la mesa. Jaden no dijo nada y le pareció extrañísima la idea de Patrick forcejeando al punto de romper su reloj. Patrick sacó medicamentos del maletín y los puso a un lado. Miró a Jaden, quién se esforzaba por no apartar la mirada de él a pesar de sus limitaciones físicas: tenía la barbilla prácticamente enterrada en el pecho cuando Patrick habló.
—Muy bien, esto es lo que hare-
—No —lo atajó ella—. No pienso volver a tomar esa cosa.
Patrick se acercó a la cama lentamente. Se puso de cuclillas y pegó la frente al borde de la cama, sentía que su corazón latía a más de doscientos kilómetros por hora. No quería medicarla, pero ella lo necesitaba. De solo pensar en las primeras semanas con el medicamento se le revolvía el estómago. “Sé fuerte”, se dijo, “es tu maldito trabajo, solo hazlo”.
Él se aclaró la garganta y dio la cara.
—Jaden, o tomas tu medicamento de vuelta, o te internarán en el psiquiátrico.
Las palabras de enojo se quedaron atoradas en la garganta de Jaden, terror frío cubrió sus vértebras de forma ascendente y su mente se expandió de pronto, estirando la obscuridad que habitaba en ella, sumergiéndola en recuerdos dolorosos y detestables; sumergiéndola de vuelta a la pena y la vergüenza. La soledad. Su estómago se convirtió de pronto en un nudo enorme de tripas mientras las lágrimas salpicaban más sus mejillas rojas, su par de párpados móviles detuvieron el parpadeo y deseó que se detuviera también su corazón.
No habían pasado ni cinco segundos cuando empezó a tirar de las correas frenéticamente y en silencio, apretando los dientes. El miedo apagaba su parte racional con suiche inmediato. Solo decir "psiquiátrico" la ponía un poco... mal.
Patrick soltó las píldoras y sostuvo a Jaden de los antebrazos sin pensar en el contacto pie con piel que ella no soportaba. La sostuvo y se acercó a su rostro, sin apartar la mirada de sus ojos. Ella le devolvió la mirada y poco después se quedó quieta, solo viendo en sus ojos. Patrick era la personificación de la calma.
—Jaden, no te muevas así o te vas a lastimar los tobillos y las muñecas, por favor —le pidió en un susurro—. Cálmate. No voy a dejar que te dejen a cargo de ese cerdo otra vez. Tendrán que pasar por encima de mí.
La voz de Jaden vibraba.
—Antes dijiste que tener cero resistencia física, cero fuerza. ¿Cómo vas a impedirlo?
Él apartó sus manos de las de Jaden con lentitud, sonrió y se encogió de hombros.
—Tengo contactos.
Jaden soltó un intento de risa y Patrick lo agradeció en silencio por dentro. Ella había aceptado. Todo estaba en paz. Ahora solo tenía que averiguar qué demonios hacer con lo que sea que estaba viendo Jaden. Jaden, su paciente. Jaden, la chica que sentía que la quemaba cuando la tocaba. Jaden. Solo Jaden. La única que podía...
—Patrick —su voz interrumpió los pensamientos del treintañero que intentaba unir sus partes—, tomaré el medicamento si me llevas a una cita. Quiero ir a un restaurante lujoso al menos una vez antes de morir.
¿Debería aceptar? Definitivamente no era una buena idea.
—¿Cómo que antes de morir, Jaden?
—Es mi única condición.
Unos segundos de silencio pasaron.
—Es un trato.
«»
Al final, los Marmel tuvieron que ceder y liberar a su hija de las correas que la apresaban. Jaden no podía mirar a la cara de ninguno de sus padres y no lo haría en un tiempo, ellos la habían traicionado y a diferencia de Patrick, ellos no se habían disculpado. Cuando Patrick les explicó que todo eso no era necesario si ella tomaba el nuevo tratamiento, ellos discutieron por breves momentos al respecto, alegando que se sentían más seguros con Jaden a cargo de Roger, como antes. Patrick los convenció cuando prácticamente les echó en cara el haber agravado la depresión de su hija con sus actitudes tóxicas y poco comprensivas.
Más tarde, después de que Jaden se hubiera dado un buen baño, estaban sentados entre los cojines del sofá de la sala. Se carcajearon por segundos de la perfecta descripción de Patrick de la expresión en los rostros de los señores Marmel. Era tiempo de oro, notó Jaden. El tiempo que pasaba con Pat era siempre valioso como barriles de petróleo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Jaden cuando la niña del pasillo estaba de pronto frente a ella, interponiéndose al televisor. Jaden se sorprendió, ya que la niña nunca antes se había movido del pasillo. No sostenía su osito de felpa esta vez.
La niña del rostro desfigurado inclinó la cabeza hacia un lado como si no entendiera algo y le frunció el ceño a Jaden.
— ¿Eres la niña confundida? —le preguntó con su voz infantil, Jaden estaba intentando no enloquecer junto a Patrick. Como Jaden no respondió, sino que mordió su sándwich sin apartar la mirada de la pantalla, volvió a hablar. Esta vez con impaciencia— Oye, te estoy hablando.
¿Por qué los muertos se empeñaban en hablarle ahora? ¿Qué había cambiado?
Se negó a responder, sin embargo. La niña se marchó haciendo un berrinche y en ese instante, tocaron a la puerta. Jaden gruñó y se puso de pie para atender.
Al abrir la puerta, casi la cierra de golpe. Era Onex, luciendo bien arreglado con sonrisa Colgate incluida, cuando ella solo lucía peor que la última vez que lo había visto. Tenía los ojos hinchados y la cara roja. Además, estaba usando una camiseta vieja de Jeffrey y unos pants de Pokemón. El tipo parecía empeñado en verla solo en sus peores momentos y ella realmente deseó por breves instantes poder hacerse invisible a voluntad.
—Eh, hola, Marmel —saludó Onex, sonriendo con incomodidad; usaba simples pantalones oscuros y una camiseta roja—. ¿Puedo pasar un momento?
Jaden solo retrocedió un paso y él se adelantó.
Onex se sorprendió un poco al encontrar a un hombre con Jaden pero se repuso de la sorpresa pronto. Patrick le sonrió y estrecharon sus manos. Las presentaciones fueron hechas y Jaden sabía que Patrick sabía que ese era Onex/El-Idiota-que-le-tocó-la-cicatriz-aquella-vez/El-que-la-había-invitado-a-la-fiesta/El-idiota-hijo-del-entrenador. No sabía cómo sentirse al respecto así que solo se sentó apartada y escuchó los diálogos sin fin de Two and a half Men.
Se sintió incómoda y más extraña de lo que normalmente se sentía, y se le olvidó preguntar la razón de la visita inesperada.
—Entonces, Onex —dijo Patrick, llenando el silencio repentino—, ¿a qué te dedicas?
Onex sonrió sin mostrar los dientes.
—Nada real aún —hizo una mueca—. Estoy esperando por un cupo en la universidad estadal y mientras soy repartidor de pizza a medio tiempo. ¿Tú qué haces?
Patrick sonrió y Jaden sintió un agujero n***o crearse en su estómago.
—Soy psicólogo clínico. Oye, ¿hay otro chico repartiendo pizza cuando tú no estás? Porque se me antoja una pizza ahora mismo.
Onex se echó a reír al igual que Patrick y entonces le tendió una tarjeta con el número de la pizzería para que llamara, mientras Jaden se seguía al borde. Fue allí cuando recordó que Onex no tenía por qué estar allí. Patrick se había apartado un poco para pedir la pizza, cuando ella interrogó a Onex
—Oye, ¿qué haces aquí?
Onex la miró con extrañeza.
—El entrenamiento empieza en dos semanas.
Ella frunció el ceño.
— ¿Por qué tú y el entrenador vienen hasta acá para comunicar noticias en lugar de llamar por teléfono?
Onex sonrió y Jaden se preguntó por primera vez qué demonios había pasado con la parte imbécil de él que ella había conocido la primera noche. Era extraño y la hacía desconfiar incluso más de lo que generalmente desconfiaba de la gente.
—Llamé, pero no contestaste.
Quiso abofetearse a sí misma. Se sintió estúpida por no haber notado la ausencia de su teléfono. Por supuesto que en todo el asunto de entrar y salir de la inconsciencia tantas veces, se le habían cruzado los tiempos.
De pronto, se sintió molesta por tanta estupidez de su parte y quiso estar sola.
—Um. Bueno, no puedo entrenar aún —dijo Jaden mientras Patrick regresaba a su lugar en el sofá y le lanzaba una ceja hacia arriba—. Este... dile a tu papá que le avisaré.
Onex estaba confundido.
—Marmel, debes entrenar.
—Lo sé —respondió, rodando los ojos—. Pero no puedo por ahora.
Él bufó.
—¿Y eso qué demonios significa?
Ella se exasperó y se puso de pie.
— ¡Significa que no puedo entrenar aún!
—Maldición, eso lo entiendo —repuso Onex—. Pero dame una razón. ¿Por qué no puedes?
Ella se mordió el interior de la boca y caminó hasta la puerta pisando firme.
— ¡Largo de mi casa!
Los ojos de Onex se agrandaron.
—Pero ¿qué te pasa? Solo dime porqué...
—¡Porque soy una inútil y necesito medicación para poder tener ganas de siquiera levantarme de la cama en la mañana! —gritó ella, ya perdiendo los papeles por completo— ¡No puedo caminar ni dos cuadras sin escupir los pulmones, si no lo notaste ya! UGH. ¡¿Por qué tienes que ser tan molesto?!
Lo jaloneó de la camiseta y lo empujó fuera de la casa. Onex a duras penas pudo hablar antes de que ella cerrara la puerta. Detuvo la madera de la puerta con la mano y miró a Jaden, que respiraba con dificultad y se veía más roja que antes.
—Oye, Marmel —dijo con voz calmada—, ¿saldrías conmigo?
Ella parpadeó un par de veces, confundida. Y entonces cerró la puerta en su cara.
Patrick se estaba desternillando en la risa cuando ella se giró hacia él y solo alcanzó a suspirar, se estaba volviendo una idiota de verdad y la depresión y el estrés no eran excusas viables. Se prometió tomarlo con calma la próxima vez mientras se sentaba nuevamente.