No hay guerra que valga si no hay porqué luchar

3863 Words
8.- No hay guerra que valga si no hay porqué luchar (Lasso – k******e) Para Jaden, la mente era un asunto serio en cada sentido posible. No podía reírse de ella ni tomarle el pelo porque podría matarla, ya aque la mente podía controlarlo todo. Controlaría incluso sus reacciones, emociones y sentimientos, solo que el ser humano siempre había preferido excusarse detrás de la frase cliché de "yo no controlo a mi corazón", lo cual era una total y vil mentira a los ojos de Jaden. Para ella su mente era sumamente valiosa precisamente por eso, por el control que les permitía a los seres humanos normales sobre sus propios cuerpos y sentimientos. La mente por encima del corazón. Pero le costaba mucho ver las cosas desde ese punto de vista tan objetivo últimamente. Había una capa gruesa de polvo encima de su autocontrol a causa del desuso por sus recientes ataques de pánico y las veces que le habían dejado inconsciente. La depresión era mortal y constante. Esto era lo que más le molestaba a Jaden, la constancia de la depresión en su organismo la volvía loca de manera casi literal. Era como nadar contra la corriente absolutamente toda la vida sin detenerse. Si tan solo pudiera explicar eso en 30 segundos a las personas a su alrededor. Si tan solo ellos pudieran entenderlo. —Onex, por decimoquinta vez, no puedo ir a entrenar la semana próxima —gruñó Jaden al teléfono y respiró hondo para no perder la cabeza—. No es que no quiera, simplemente se me dificulta mucho ahora por mi salud. —Eso lo entiendo —respondió el muchacho al otro lado de la línea, sonaba cansado—. Pero aunque no puedas físicamente entrenar podrías venir al menos a participar en la planificación de las jugadas mientras te recuperas y así permaneces en el equipo. Ella lo pensó un momento y se dio cuenta que sí, necesitaba el contacto social que es tan saludable para los seres humanos. Y luego pensó en cómo de extraño era que Onex parecía cada vez más preocupado por ella y su bienestar. ¿Por qué hacía eso? —Bueno, está bien —respondió ella pasados unos segundos. Estaba sentada en el techo de la casa, con las piernas colgando del borde en el lado este. Estaba empezando la tarde y se había escapado un rato de su madre y Sheila. Tenía el cabello sucio y suelto en todas las direcciones. Estaba a medio vestir, pero nadie la veía, así que no le importaba. Era uno de los rasgos que le había dicho Patrick de la depresión, que no le importaba nada su apariencia. Ella intentaba no echarse al abandono, pero le era difícil. —Espera —dijo Onex al otro lado de la línea—, ¿acabas de acceder? Él sonaba sorprendido. Eso le causó un poco de molestia a Jaden, ¿era tan difícil simplemente dejar de dudar de ella? Colocó el teléfono en altavoz y lo dejó a un lado mientras se recostaba. —Sí, accedí. ¿Quieres que me arrepienta? — ¡No, no! —respondió rápidamente el muchacho al otro lado de la línea— Te veo entonces allá. Bien. —Bien —repitió ella. Colgó la llamada y se quedó en silencio con los ojos cerrados. Respiró hondo e intentó disfrutar de la brisa que soplaba. Escuchaba el crujir de los árboles de alrededor al ser impactados por el viento y eso le encantó, hacía tiempo que no estaba fuera de vigilancia y mucho menos fuera de casa. Cuando su mente se quedó en blanco, automáticamente el rostro de su hermano mayor apareció en medio y por primera vez Jaden se preguntó por qué si veía siempre a personas que habían muerto, nunca había visto a su hermano Jeffrey. Abrió los ojos de golpe porque esa era una excelente pregunta. No es que le encantara ver a los muertos, pero ¿por qué no se había topado con su hermano, al que tanto había extrañado durante esos 3 largos años? No podía recordar el funcionamiento correcto del Mundo de los Espíritus, el sitio a donde todos iban al morir. No se acordaba bien de eso, pero sabía que en algún lugar debía haber más información. Se sentó y miró hacia abajo, hacia el suelo a varios metros de distancia. Y por primera vez, no se sintió tentada a saltar. Porque ella tenía que averiguar bien eso, tenía un objetivo por primera vez y no podía perder tiempo. ¿Qué había pasado con su hermano? Ella quería desesperadamente verlo. Pero siempre que veía a los muertos, tenían un aspecto terrible, se veían como debieron verse al morir. Ella no quería ver a su hermano así, desde luego. Pero eso ya tampoco tenía sentido en su mente. Y así, en medio de ese pensamiento, recordó la frase que le había dicho la mujer s*****a en casa de los Vera, la madre de Onex. Ella había dicho que lo que ves no es siempre lo que es. ¿Sería una locura demasiado grande ir y preguntarle el significado de eso? Su estómago se retorció y ella se puso de pie y echó a correr para bajar a vestirse mientras al mismo tiempo devolvía la llamada a Onex. — ¿Jaden? —Onex sonaba sorprendido al contestar, Jaden rodó los ojos y corrió dentro de su habitación. Y entonces se dio cuenta que no había pensado en qué decirle al muchacho como excusa para ir a su casa. —Eh, hola otra vez. Hizo una pausa sin saber cómo proceder. Una carcajada se escuchó al otro lado de la línea. —Sé que mi voz es irresistible, pero no pensé que caerías ante mi encanto tan rápido —se burló él cuando ella se quedó en silencio—. No eres tan ruda después de todo. Jaden prendió la luz de su habitación sin pensarlo por la prisa y por la emoción que se retorcía en su estómago con la sola idea de quizás descubrir qué era lo que estaba sucediendo. — ¡Cállate que no me dejas pensar! —gritó, exhausta— Necesito ir a tu casa. ¿A qué hora puedo ir? ¿Puede ser ya mismo? Onex no entendía nada. —¿Qué? Jaden gruñó mientras se ponía una camiseta verde limón. —¡Tengo que ir a tu casa! ¿Estás libre hoy? —¡No lo puedo creer! —gritó de pronto, asustando a Jaden— ¡Claro que puedes venir a mi casa! Jaden rodó los ojos y bufó. Los hombres eran tan fáciles como parecía en televisión. —Estaré ahí lo antes posible. Hacía tiempo que no sentía el estómago de esa manera. Era extraño sentirse tan ¿emocionada? Como si finalmente su vida tuviera algo de sentido. «» Le tomó 1 hora entera encontrar la casa de los Vera. Pero su madre estaba tan emocionada con la idea de su hija haciendo algo "normal", que no le importó llevarla hasta allá en el auto. Jaden no había querido decirle a casa de quién iban, pero al final no tuvo más remedio que decirle. Jaden bajó del auto de su madre de inmediato, se veía ansiosa y graciosa en esa ropa que su madre le había elegido sumado a los moñitos de Pucca que Sheila había insistido en hacerle. Sin embargo, esto era lo último en la mente de Jaden. Solo pensaba en hablar con la madre difunta de Onex. No había tocado dos veces la puerta cuando ésta chirrió abierta de par en par, dejando ver al otro lado a un Onex recién bañado, con el cabello castaño goteando toda su camiseta azul cielo con ponys miniaturas. —Linda camiseta —se burló Jaden—. Muy varonil. Él se rió, su risa despreocupada de siempre, e hizo una pose de modelaje colocando su mano empuñada bajo su mentón mirando a la nada. —Lo sé, es que todo me queda maravilloso —bromeó—. Oye, pero me ganas con ese peinado. ¡Hasta pareces una chica! A unos metros de distancia, a través de la ventana abierta del copiloto, la señora Marmel saludó a Onex con ánimo. —¡Hola, muchacho! ¿Cómo te va? Onex le sonrió y se acercó a saludar. Jaden pensó que él era demasiado amistoso, se preguntó otra vez dónde estaba el hombre súper molesto y abusador que conoció la primera vez, y al mismo tiempo cayó en cuenta que Onex era tan amistoso y animado como lo había sido Jeffrey. Antes de irse, la señora Marmel le pidió a Onex que llevara a Jaden a casa luego porque ella estaría ocupada el resto del día. Él accedió contento y ella se marchó de prisa, dejando un nudo de nervios en el estómago de Jaden. Entraron a la casa y Jaden se dio cuenta que se veía mejor todo a la luz del día. Se veía menos sombrío el juego de colores tierra que decoraban la sala de estar. Onex caminó delante de ella hasta que llegaron a la cocina. Había un mesón de granito en forma de L, las paredes tenían porcelanato n***o y los gabinetes pegados a la pared eran color arena de madera laminada. Jaden se distrajo fácilmente por unos segundos con el olor delicioso de pasta recién hecha. —Llegas es muy buen momento, Marmel, porque justo hoy mi padre y yo decidimos cocinar —anunció Onex, sonriendo mientras servía pasta en platos de cerámica rojos. Jaden arqueó una ceja. —¿Estás diciendo que nunca cocinan? Él se encogió de hombros. —Como nunca estamos aquí, preferimos vivir de la pizza que consigo, así que desayunamos, almorzamos y cenamos pizza recalentada. Ella hizo una mueca de asco y él soltó una carcajada. Definitivamente, ¿alguna vez las personas le contarían a Jaden el secreto de reírse por todo y todo el tiempo? Se sentía fuera de lugar al escuchar voces tan animadas. —Eso es poco saludable —murmuró Jaden mirando disimuladamente a los lados, en busca de la mujer muerta. Le costaba concentrarse bien en las conversaciones y ahora mucho más que estaba detrás de un objetivo un tanto distinto al del joven a su lado. —Lo sé, pero como no está mamá, somos un pueblo sin ley —acotó Onex, riendo mientras servía tres platos de pasta y se veía delicioso—. Ah, Marmel, ¿ya comiste? Ella se dio cuenta entonces que estaba viendo con intensidad la pasta y miró hacia el muchacho. —Sí, pero puedo volver a comer. Me encanta la pasta. Él sonrió. —Veo que comes mucho —dijo, extrañamente pensativo—. Para nuestra cita tendré que ahorrar más de lo esperado. Ella frunció el ceño. —Are you serious? Él sonrió. —No, I’m Onex. Sin poder evitarlo, ella se rio. Fue así de simple y de extraño. Su risa sonaba rara, oxidada y fuera de lugar. Se sorprendió a sí misma al escucharse reír y se detuvo en seguida, como asustada de su propia reacción involuntaria. Onex la miró por un segundo, una sonrisa en su cara, dejó a un lado la cocina y todo y se acercó a Jaden, que se veía un poco sorprendida. Ella miró a Onex y le dieron más ganas de reírse, era extrañísimo. Se tapó la boca con las dos manos, como para detener la risa que de pronto se le había contagiado y se sentía incómoda al tener al muchacho tan cerca de ella mirándola fijamente. Onex gentilmente tomó las manos de ella y las apartó de su boca, sonriendo. —Oye —dijo él, susurrando—, no tiene nada de malo reírse. No te voy a delatar. Jaden tenía los ojos muy abiertos, el verde en ellos parecía recién despierto, y entonces se rio otra vez sin poder evitarlo. Empezó como una risa tímida, incrédula, y luego se convirtió en una carcajada sin control. La sensación en su estómago era alucinante, como cuando Jeffrey entró aquella vez al ático donde ella había estado escondida durante tanto tiempo: se sintió encontrada, se sintió una persona por primera vez, importante, como que su vida tenía sentido. La verdad es que la emocionó reírse. Hacía mucho que no lo hacía con esa libertad. Y le pareció curioso que la primera vez que lo hacía era fuera de su casa, lejos de sus padres. Onex se encargó de servir la pasta otra vez, como para dejar que ella tuviera su momento y porque francamente, era muy extraña la situación. Y Jaden lo agradeció porque justo cuando el muchacho le dio la espalda, la mujer difunta a quien ella había ido a ver en primer lugar se asomó en la entrada de la cocina, sonriendo amistosamente. —Onex es un encanto como su papá —comentó la mujer—, guapo como su madre, encantador como su padre. Jaden se quedó mirándola por un momento, sin saber bien cómo corresponder un comentario tan aleatorio. —¿Qué significa lo que me dijiste la última vez? —preguntó sin miramientos en un susurro. La mujer sonrió y a Jaden le pareció extrañísimo el gesto, considerando que estaba muerta y que probablemente había sufrido bastante al morir. Las marcas en su cuello eran imperdibles. —Jaden, no sé qué te han hecho o qué te ha pasado, pero creo que estás viendo cosas equivocadas. La muchacha frunció el ceño y dio unos pasos en dirección a la sala de estar, sin salirse de la cocina. Se posicionó junto a la pared y habló en un susurro. —¿Quieres decir que no te ahorcaste en la sala de estar? La señora Vera frunció los labios. —Bueno, no exactamente. Me ahorqué en mi habitación. Pero eso no tiene nada qué ver. Es decir, sí, estoy muerta. Estás viendo gente muerta y eso debe ser de miedo, pero yo no estoy como sé que me estás viendo. Jaden la observó con detenimiento de arriba hasta abajo. Tenía el cabello despeinado y corto, el rostro maltratado y medio morado, los ojos saltones de forma desagradable, había marcas brutales de cuerdas en su cuello y tenía puesto un vestido blanco. —¿Por qué tienes un vestido blanco? La mujer levantó una ceja. —¿En serio eso es lo que te desconcierta? —Jaden se encogió de hombros— Escucha, yo actualmente no tengo marcas en el cuello, ¿de acuerdo? No tengo ninguna herida en mí. —¡Oye, papá! —gritó Onex a todo pulmón desde la cocina, logrando sobresaltar a Jaden— ¡baja ya! ¿te estás maquillando o qué? Jaden frunció el ceño ante el obvio exceso de confianza entre Onex y su padre. Ella solo había visto eso en Jeffrey y su padre en lo que parecían 100 años en el pasado y en las series de televisión, por supuesto. Miró detenidamente una vez más a la madre de Onex y por un segundo le pareció que no estaba herida, le pareció ver una piel limpia y fresca, sin moretones ni marcas, pero fue algo tan rápido que creyó imaginarlo. Se volvió a Onex y enarcó una ceja. —¿Siempre eres irrespetuoso con tu papá o solo te he ignorado demasiado todo este tiempo? El chico soltó una risita sigilosa. —Yo no soy irrespetuoso, es que tú no tienes sentido del humor. Ella lo ignoró y se concentró en pensar cómo hablar tranquilamente con la difunta sin que Onex se diera cuenta. Lo último que le faltaba a Jaden era que Onex la pillara hablando sola. El entrenador bajó las escaleras y almorzaron los tres juntos en la mesa del comedor que se notaba de lejos su desuso. La pasta no estaba exactamente buena, pero no estaba mala por completo, tampoco. Jaden decidió ser al menos educada y comentó sobre la comida. —Oye, no te quedó tan mal esto —dijo mirando a Onex, que estaba frente a ella—, creo que es lo primero que como en mucho tiempo que no ha sido preparado por Sheila o comprado directamente. Se auto felicitó mentalmente por saber hacer relaciones sociales mientras masticaba su último bocado. —Me dices irrespetuoso, pero llamas a tu mamá por su nombre —refunfuñó Onex—. Las mujeres son locas. A ella le dio flojera corregir y decirle que Sheila era la cocinera y “nana” de su familia, así que solo se conformó con encogerse de hombros y terminar de tomarse el agua de Jamaica que le habían servido. Lo cierto era que disfrutó la comida más de lo que llegaría a admitir jamás. —Quedó bueno —coincidió Onésimo Vera, tenía el cabello todavía mojado y Jaden notó que se vestía igual que su hijo, a pesar del abismo de edad entre los dos. —Aunque ya estoy harto de esta jamaica del demonio que haces todos los días. Onex, inmutable, apartó su plato vacío y tomó la jarra de cristal de en medio de la mesa y se sirvió otro vaso completo de la bebida roja. —Te la calas. Padre e hijo se rieron a carcajadas al mismo tiempo, como si lo hubiesen ensayado y Jaden no pudo hacer más que ocultar su propio asombro ante tal escena. Se preguntó qué había de malo en esa casa como para merecer una madre s*****a. Instintivamente, sus ojos buscaron en la estancia rastros de la difunta y la presión en su pecho aumentó cuando se dio cuenta que la mujer estaba sentada en el suelo, observando fijamente la escena. —Probablemente voy a meter la pata preguntando esto, pero supongo que nada es peor a que crean que asesiné a mi propio hermano, entonces solo lo preguntaré, ¿qué pasó con tu mamá? Miró directamente a Onex, temiendo ver la reacción del entrenador. Sabía que probablemente estaba siendo insensible y estaba lastimando a los dos, pero ella tenía que saberlo. Algo no encajaba. Las risas se apagaron en el acto y padre e hijo se miraron entre sí por un segundo. Onex se aclaró la garganta y se puso de pie de prisa. —Creo que deberías leer algo sobre empatía humana o temas de conversación apropiados para el almuerzo. —¿Quién cree que mataste a tu hermano? —eligió preguntar Onésimo. Jaden miró al entrenador. —Todos en el equipo creen eso, no haga como que no lo sabía, entrenador. Al parecer han estado entretenidos hablando de mí a mis espaldas. Onésimo Vera alzó las cejas en un acto de sorpresa tal, que cualquiera que tuviera dos dedos de frente podría notar hasta la China que él de verdad no estaba al tanto de nada. —¿Que mi equipo qué? Onex dejó salir una risita nerviosa mientras recogía de prisa los platos y se escabullía a la cocina. Jaden miró al entrenador de hito en hito, intentando descifrar su expresión. —Jaden, ¿lo que acabas de decir es cierto? —preguntó él con calma, su voz era gruesa e imponente a pesar de su tono suave— Quiero sus nombres y los quiero ahora. Jaden, que estaba prácticamente adherida a la silla, cerró los ojos y pegó la frente de la mesa del comedor. No entendía nada. ¿Para qué quería saber quiénes eran? Seguro todos se habían reído juntos en el patio de esa misma casa, cuchicheando de la psicópata del equipo. —Jaden Rose Marmel, dime ahora mismo quiénes son los idiotas a los que tengo que j***r hoy. ¿Estaba soñando? ¿Acaso un desconocido pretendía realmente defenderla? —Papá, ¿qué tipo de lenguaje es ese para utilizar delante de una dama? —desaprobó Onex en tono irónico mientras se asomaba desde el arco que separaba la cocina del comedor—. Jaden no se sabe los nombres de nadie del equipo. Jaden no levantó la mirada, seguía con la frente pegada de la mesa. Colocó las manos en su nuca y deseó desaparecer. Solo había ido a esa casa para entender lo que la madre de Onex le había dicho con la esperanza de saber más respecto a la situación actual de su hermano, pero ahora tenía incluso más preguntas que antes y ningún momento a solas con la muerta. Era todo tan frustrante. Lágrimas picaron en sus ojos y se reprendió a sí misma por ello, no iba a llorar allí. De ninguna manera. Sorbió por la nariz y se irguió en su asiento. —¿Puedo usar el baño, por favor? Onex asintió y le señaló la dirección correcta. Ella se puso de pie y caminó a paso rápido por el pasillo por el que la habían dirigido días antes en la fiesta, pero esta vez todo era distinto. Esta vez Jaden vio las fotos clavadas en la pared del pasillo y esta vez se dio cuenta de algo que nunca había pensado: no todas las personas con depresión tienen la palabra escrita en la frente como ella parecía tenerla. En las fotos había una familia de tres feliz y perfecta jugando en un parque, y en una piscina. La madre de Onex se veía increíblemente hermosa y alegre en un traje de baño de flores, junto a su esposo e hijo, todos riéndose de alguna broma privada. Jaden entró al baño y sin cerrar la puerta abrió la llave del lavamanos y se lavó la cara. El agua fría le hizo sentir mejor. —No les gusta hablar de mí —dijo la difunta de pronto, asomándose por la puerta abierta del baño—. Supongo que les causa tristeza, supongo que no lo entienden todavía, tampoco yo lo entendería. La muchacha asintió, como si comprendiera lo que quería decir. —Antes dijiste que estoy viendo algo equivocado, ¿puedes explicarte brevemente? Necesito entender a qué te refieres. La mujer asintió y se sentó en el suelo del pasillo, estiró las piernas y cruzó un tobillo sobre el otro, el vestido blanco le cubría las rodillas. Jaden se sentó sobre la tapa del W.C. Así no podía ser vista desde el pasillo y mucho menos podrían escucharles. —Jaden, la razón por la que sigo aquí en mi casa no es porque esté atascada entre un lugar y otro, que es el mito de los suicidas, sino que es porque así lo he decidido yo. No quiero irme por completo hasta que ellos me superen de verdad y sean felices otra vez. Y así como yo, hay muchas personas. Y son esas las personas que ves, los que tenemos un “asunto pendiente” —enfatizó con sus dedos las comillas— o algo así. No hemos querido aún quedarnos donde debemos. Jaden asintió, nuevamente como si entendiera por completo lo que escuchaba, aunque algunas cosas se perdían en el aire. —Dejando eso en claro, ninguno de nosotros, los espíritus a los que ves, ninguno de nosotros estamos heridos de ninguna forma. Ninguno. Tu mente te está haciendo algo o no sé qué sucede contigo, pero lo que ves no es real, Jaden.
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