La tensión en el ambiente es palpable. Cada palabra que Oliver pronuncia parece aumentar la presión que siento en el pecho, como si una cuerda invisible me estuviera apretando poco a poco. La chica, con su vestido blanco que resplandece bajo las luces, parece estar disfrutando del momento, pero hay algo en su actitud que me pone los nervios de punta. —¿Qué estamos haciendo aquí los licántropos?—, me pregunto una vez más, sintiendo la ira burbujear en mi interior. ¿Por qué seguimos jugando al juego de los vampiros? ¿Qué demonios estamos haciendo en este salón? La mirada fija de Oliver me irrita, su arrogancia, su exceso de confianza, su tono como si todo esto fuera algo que debiéramos aceptar sin cuestionarlo. Me dan ganas de matarlo, de hacerle callar esa boca que pronuncia palabras vacía

