El dolor en mi cabeza era insoportable, como si mil agujas se clavaran en mi cráneo sin descanso. Mi garganta ardía tanto que sentía que se consumía en llamas. Llevé una de mis manos a la frente, intentando inútilmente calmar el dolor. Me senté en la cama y, al hacerlo, el ardor en mi garganta se intensificó al percibir un aroma que me paralizó: Fabricio. El dulce y embriagador olor de su sangre circulando por sus venas me enloqueció. Cada latido de su corazón resonaba en mi mente como un tambor hipnótico. Mi cuerpo entero tembló, mis colmillos hormigueaban. —Mierda... —gruñí en voz baja, sintiendo cómo mi autocontrol pendía de un hilo. Escuché el sonido de una puerta abriéndose y su aroma se hizo aún más intenso, anestesiándome. Era una mezcla de calor, vida y tentación pura. —Paulin

