Lo miro con furia y lo veo luchar para controlarse y no echarse a reír. ¡Cerdo conspirador! Me tiene acorralada, desnuda, llego tarde a trabajar y necesito que me lleve a casa. De pie, considero el trato. Si soy sincera, no pensaba emborracharme mucho, especialmente después de mi actuación del sábado pasado. Ni siquiera le he preguntado todavía a Nina si está libre, pero no quiero que don Controlador piense que puede dictar todos y cada uno de mis movimientos. Como dar la mano y que te tomen el brazo. —¡De acuerdo! Total, ¿cómo va a enterarse de si me tomo una copa? Parece sorprendido. —Ha sido más fácil de lo que creía. ¿Comemos juntos? —Vale, pero ¡dame mi ropa! —¿Quién manda aquí, Addison? —pregunta. No tengo tiempo para llevarle la contraria. —Tú. ¡Ahora tráeme

