Capítulo 11: El Eco del Primer Aullido La libertad tenía un sabor amargo. Aunque el calor de Michael contra mi costado era la medicina que mi alma había necesitado durante un año de hibernación, la presencia de Kathy en mi mente era como una gota de tinta negra en un vaso de agua pura. Podía sentir sus pensamientos: una mezcla de ambición gélida y un hambre voraz que no le pertenecía a ella, sino a la entidad que la habitaba. -¿Qué estás viendo ahora? -preguntó Michael. Estábamos en la tienda del Alfa, en un campamento improvisado en las faldas de las Montañas de Hierro. Michael no me había dejado sola ni un segundo desde que el cristal estalló. -Ella está reuniendo a los desterrados -susurré, frotándome las sienes-. No los obliga, Michael. Les ofrece un mundo donde no hay jerarquías,

