Valentina se quedó mirando la pantalla del teléfono como si las palabras de Ignacio pudieran borrarse si las observaba el tiempo suficiente. El mensaje brillaba con crueldad fría bajo la luz débil que entraba por la ventana de la casita. “Si no estás en la mansión en menos de una hora, Martín va a pagar las consecuencias.” Cada letra se clavaba en su pecho como un cuchillo caliente. El plato del desayuno improvisado todavía estaba sobre la cama, con migas de pan y restos de huevo. El aroma del café se mezclaba con el olor a humedad de las paredes y la sangre seca que aún manchaba la camisa rota de Martín. Todo parecía tan frágil, tan pequeño, tan real… y tan lejano de la vida de lujo y poder que Ignacio le ofrecía. Martín notó el cambio en su rostro al instante. Intentó incorporarse, per

