Valentina cruzó el umbral de la mansión con el alma hecha pedazos. El taxi la había dejado frente a la reja, y cada paso que dio sobre el mármol pulido del hall le pareció una traición más. Todavía llevaba la ropa arrugada y manchada con la sangre seca de Martín. El olor de la casita humilde de su abuela Aurora —a humedad, a pan tostado y a amor pobre— todavía se le pegaba a la piel, contrastando brutalmente con el lujo frío que la rodeaba. Ignacio la esperaba en el salón principal, sentado en su sillón de cuero n***o como un rey en su trono. Tenía una copa de whisky en la mano y esa sonrisa lenta, arrogante, que siempre le provocaba un nudo en el estómago. Cuando la vio entrar, sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en las manchas de sangre de su blusa. —Llegas ta

