Valentina se deslizó sigilosamente por el pasillo de la casa vacía, su corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. Sabía que en ese momento no había nadie más. Federico, su hermanastro, estaba en su entrenamiento de fútbol y su madre, como siempre, estaría revolcándose con algún amante en un hotel de lujo. La oficina de Ignacio, su padrastro, era su objetivo.
Empujó la puerta con un golpe seco y brusco que resonó en toda la habitación. Ignacio se sobresaltó violentamente en su silla, apartando la vista de la pantalla de su laptop, después de todo, no esperaba ser interrumpido. Antes de que pudiera reaccionar, Valentina cerró la puerta de un portazo y, con un movimiento rápido, bajó la tapa del portátil de un solo golpe.
Él alzó la mirada y sus ojos se encontraron.
La mirada de Ignacio, oscura, intensa y cargada de sorpresa, se clavó en ella como un hierro ardiente. Valentina sintió un escalofrío eléctrico recorrerle todo el cuerpo, desde la nuca hasta la punta de los pies. Era algo inevitable. A sus cuarenta y dos años, Ignacio era la pura definición de masculinidad madura: mandíbula cuadrada, hombros anchos, brazos fuertes marcados por las mangas remangadas de la camisa y esa presencia dominante que hacía que cualquier mujer se humedeciera solo con mirarlo.
Sin darle tiempo a protestar, Valentina se subió al escritorio con un movimiento sensual, sentándose justo frente a él. Llevaba una falda corta, demasiado corta, que no dejaba nada a la imaginación. Al separar lentamente las piernas, la tela se subió hasta la cintura, dejando a la vista sus bragas de encaje n***o que ya estaban empapadas. Su coño hinchado y caliente se marcaba claramente bajo la tela translúcida del encaje.
Ignacio retrocedió bruscamente con la silla, respirando con dificultad, su pecho subiendo y bajando con fuerza.
—¿Qué demonios intentas hacer, Valentina? —gruñó, la voz ronca y entrecortada, cargada de una mezcla de furia y deseo que apenas lograba contener.
Valentina sonrió con malicia, arqueando la espalda para empujar sus grandes pechos hacia adelante. Sus manos subieron lentamente por su propio cuerpo hasta cubrir sus senos por encima de la blusa, apretándolos con total descaro.
—Es bastante evidente lo que deseo, ¿verdad, papi? —ronroneó con voz baja y provocadora, mientras sus dedos pellizcaban sus pezones ya duros como piedras a través de la tela—. Llevo toda la tarde pensando en ti… y mira cómo me tienes. Mis bragas están completamente empapadas solo de imaginarte follándome sobre este escritorio.
Sus ojos brillaban con lujuria descarada mientras se acariciaba los pechos con más fuerza, haciendo que sus pezones se marcaran obscenamente contra la blusa entreabierta. El aroma de su excitación ya flotaba en el aire de la oficina, dulce y espeso.
Ignacio tragó saliva con fuerza, los nudillos blancos de tanto apretar los reposabrazos de la silla. Su mirada descendió inevitablemente entre las piernas abiertas de su hijastra, clavándose en esa mancha oscura de humedad que delataba lo mojada que estaba. Su polla palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones, traicionándolo por completo.
—Joder, Valentina… —masculló entre dientes, la voz grave y temblorosa—. Eres mi hijastra, carajo. Esto no puede pasar. Soy la pareja de tu madre...
Pero ni siquiera él se creía sus propias palabras.
Valentina se mordió el labio inferior con una sonrisa traviesa, sabiendo perfectamente el efecto que causaba en él. Sin apartar la mirada de esos ojos oscuros que la devoraban a pesar de su intento de resistencia, deslizó las manos por su propia blusa blanca media traslúcida, desabrochando los botones uno a uno con deliberada lentitud. La tela se abrió, revelando un sujetador de encaje n***o que apenas contenía sus pechos firmes y redondos.
—¿Ves lo que me provocas, papi? —susurró con voz ronca, bajando un tirante del sujetador por su hombro—. Mis tetas están tan duras por ti… siempre lo están cuando pienso en ti follándome.
Ignacio apretó la mandíbula, sus manos se cerraron en puños sobre los brazos de la silla. Su respiración era pesada, el bulto en sus pantalones ya era imposible de disimular. Estaba tan jodidamente duro que dolía.
—Valentina… joder, eres mi hijastra. Esto está mal —gruñó, pero su voz sonaba más a súplica que a orden.
Ella soltó una risita baja y sensual, ignorando sus palabras. Se bajó el otro tirante y desabrochó el cierre frontal del sujetador, dejando que cayera al suelo. Sus pezones rosados y erectos quedaron expuestos al aire fresco de la oficina. Luego, sin prisa, se puso de pie sobre el escritorio, de espaldas a él por un momento, y se bajó la falda corta por las caderas, moviéndose en un contorneo provocador. La prenda cayó a sus tobillos, revelando unas bragas negras de encaje empapadas que se pegaban a su coño hinchado.
Se giró de nuevo hacia él, separando ligeramente las piernas para que viera la mancha de humedad.
—Mira cómo estoy de mojada solo por estar cerca de ti —dijo, pasando un dedo por encima de la tela y llevándoselo a la boca para chuparlo lentamente—. ¿Vas a seguir fingiendo que no quieres meterme esa polla gruesa que tienes ahí abajo, papito?
Ese fue el detonante.
Con un gruñido animal que salió desde lo más profundo de su pecho, Ignacio se levantó de golpe, derribando la silla. En dos zancadas estuvo sobre ella. Su mano grande y fuerte se enredó en el cabello largo y oscuro de Valentina, tirando de él con firmeza pero sin lastimarla, obligándola a arquear la espalda. La hizo girar bruscamente y la empujó hacia adelante, aplastando sus grandes pechos contra la superficie fría del escritorio.
—Te lo advertí, Valentina… —jadeó contra su oído, su voz grave y cargada de deseo reprimido—. Si sigues provocándome así, no voy a poder detenerme, carajo.
Valentina gimió al sentir su cuerpo grande y caliente presionándose contra su espalda, su erección dura rozando su culo a través de la tela de los pantalones.
—Entonces no te detengas, papi… —susurró ella, empujando las caderas hacia atrás, frotándose contra él—. Fóllame como el hombre que eres. Quiero sentirte rompiéndome por dentro, necesito que me llenes con tu leche.
Ignacio gruñó de nuevo, girándole el rostro con la mano que aún tenía en su cabello. Sus labios chocaron contra los de ella en un beso salvaje, devorador. Su lengua invadió su boca sin piedad, lamiendo, chupando, mordiendo su labio inferior mientras su otra mano bajaba por su costado, apretando una nalga con fuerza. El beso era húmedo, desesperado, lleno de meses de tensión contenida. Valentina respondió con igual hambre, gimiendo dentro de su boca, su lengua enredándose con la de él mientras sentía cómo él le bajaba las bragas de un tirón hasta los muslos.
—Eres una puta provocadora… —murmuró contra sus labios entre beso y beso, su aliento caliente—. Mirándote así, ofreciéndome ese coñito mojado… Sabías que iba a terminar comiéndote la boca mientras te tengo doblada como una perra en celo, ¿verdad?
Valentina jadeó, sonriendo contra su boca. Acababa de descubrir que la charla sucia la encendía completamente.
—Sí… y quiero que me folles igual de duro, Papi. Hazme gritar tu nombre hasta que se me olvide que eres mi padrastro.
Él soltó una risa oscura y baja, mordiéndole el cuello mientras su mano libre se colaba entre sus piernas, encontrando su clítoris hinchado y resbaladizo.
—Vas a gritar, Valentina. Te lo prometo.