Capitulo 2

1578 Words
Valentina soltó un gemido ahogado cuando los dedos gruesos de Ignacio rozaron su clítoris hinchado, enviando una descarga eléctrica directa a su bajo vientre. Estaba tan mojada que el sonido de su humedad se escuchaba claramente cada vez que él movía la mano entre sus piernas. —Joder… mira esto —gruñó Ignacio contra su cuello, mordiéndole la piel con fuerza suficiente para dejar una marca—. Tu coñito está chorreando, Valentina. Estás empapando mis dedos como una puta. ¿Tanto deseas la polla de tu padrastro? Ella arqueó la espalda, empujando su culo redondo contra la erección que palpitaba dentro de los pantalones de Ignacio. El roce la volvía loca. —Sí… —jadeó, la voz entrecortada por el placer—. Quiero tu polla gruesa rompiéndome, papi. Llevo meses tocándome pensando en ti, imaginando cómo me ibas a follar duro sobre tu escritorio mientras mamá no está. Por favor… métemela ya. Ignacio soltó una maldición baja y retiró la mano de su cabello solo para bajarse los pantalones y el bóxer con un movimiento brusco. Su polla saltó libre, gruesa, venosa y completamente erecta, con la cabeza brillante por el precum. Sin darle tiempo a Valentina para girarse, la empujó más fuerte contra el escritorio, abriéndole las piernas con la rodilla. —Vas a sentir cada centímetro, mi niña —le susurró al oído con voz ronca, frotando la cabeza gruesa de su polla contra su entrada resbaladiza—. Este coño apretado es mío ahora. ¿Entiendes? Mío. Valentina gimió alto cuando sintió la presión de su glande abriéndose paso. Ignacio no fue suave. Con un solo empujón profundo y brutal, la penetró hasta el fondo, estirándola al límite. El gemido de ella se convirtió en un grito ahogado de placer y dolor mezclado. —¡Ahhh! ¡Papi…! ¡Qué grande eres, joder! —exclamó, las uñas arañando la madera del escritorio. Ignacio soltó un gruñido animal y comenzó a follarla con embestidas fuertes y profundas, el sonido de sus caderas chocando contra el culo de Valentina llenando la oficina. Cada golpe la hacía rebotar contra el escritorio, sus tetas aplastadas y rozando la superficie fría. —Tan apretada… tan caliente y mojada para mí —jadeaba él, una mano sujetándola por la cadera mientras la otra volvía a enredarse en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para tener mejor acceso a su cuello—. ¿Te gusta que tu padrastro te folle como una zorra? Dímelo. —Sí… ¡sí, me encanta! —gritó Valentina entre gemidos, empujando hacia atrás para recibir cada embestida—. Más duro, Ignacio… rómpeme el coño. Quiero que me dejes marcada, que mañana no pueda sentarme sin acordarme de cómo me follaste. Él aceleró el ritmo, follándola con furia contenida, el sudor comenzando a perlar su frente. Su mano libre bajó hasta el clítoris de ella y lo frotó en círculos rápidos y firmes, haciendo que las piernas de Valentina temblaran. —Eres una puta tan sucia… —gruñó, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Mi hijastra preferida, chorreando alrededor de mi polla mientras te follo en mi oficina. ¿Qué diría tu madre si nos viera ahora? ¿Si viera cómo me corro dentro de ti como si fueras mi puta personal? Valentina soltó una risa entrecortada que se transformó en un gemido largo cuando él golpeó ese punto profundo dentro de ella una y otra vez. —Que se joda mamá… —jadeó—. Este coño es tuyo, papi. Córrete dentro… lléname con tu leche caliente. Quiero sentir cómo me llenas hasta que me gotee por los muslos. Ignacio gruñó con fuerza, aumentando la intensidad de sus embestidas. El escritorio crujía bajo ellos, los papeles volando al suelo con cada golpe. Estaba cerca, lo sentía en la forma en que su polla se hinchaba dentro de ella. —Entonces toma todo, Valentina… —rugió, tirando más fuerte de su cabello mientras su otra mano la masturbaba sin piedad—. Voy a llenarte este coñito apretado hasta que rebose. ¡Mira como me corro! Con un último empujón brutal, Ignacio se enterró hasta el fondo y explotó dentro de ella, chorros gruesos y calientes de semen inundando su interior. Valentina gritó su nombre mientras el orgasmo la atravesaba también, su coño contrayéndose alrededor de la polla de él, ordeñándolo hasta la última gota. Ambos quedaron jadeando, sudorosos, con los cuerpos temblando por la intensidad del clímax. Ignacio aún estaba enterrado profundamente dentro de ella cuando se inclinó y le mordió el hombro con posesividad. —Esto no termina aquí, Valentina —murmuró con voz grave contra su piel—. Ahora que probé este coño… voy a follarte cada vez que tenga oportunidad. Valentina sonrió, satisfecha y aún temblando, apretando su coño alrededor de la polla semierecta de él. —Más te vale, papi… porque yo ya soy adicta a que me folles como una puta. Valentina aún temblaba cuando Ignacio se retiró lentamente de su interior, dejando un hilo espeso de semen mezclado con sus jugos resbalando por la cara interna de sus muslos. Él la miró con ojos oscuros, todavía nublados por el deseo, y soltó un suspiro entrecortado mientras se subía los pantalones con manos algo temblorosas. —Joder… —murmuró, pasándose una mano por el cabello revuelto—. Esto no debería haber pasado. Pero ya no hay vuelta atrás. Valentina se incorporó del escritorio con una sonrisa satisfecha, completamente desnuda, la piel brillante de sudor y los pezones aún duros. Recogió su ropa del suelo sin prisa, pero no se molestó en ponérsela. En cambio, la sostuvo en un brazo como si fuera un trofeo. Ignacio la tomó del brazo con firmeza antes de que saliera. —Valentina, espera. Alguien podría… Demasiado tarde. La puerta principal de la casa se cerró con un golpe seco que resonó por todo el pasillo. Pasos. Alguien había llegado. Valentina no mostró ni una pizca de vergüenza. Al contrario, se giró hacia Ignacio con una sonrisa traviesa, se puso de puntillas y le robó un beso profundo, húmedo y posesivo, metiendo la lengua en su boca por un segundo fugaz. Sus labios sabían a pecado y a victoria. —Hasta luego, papi… —susurró contra su boca, mordiéndole el labio inferior con suavidad. Luego se dio la vuelta y salió corriendo de la oficina completamente desnuda, sus nalgas redondas rebotando con cada paso, el semen de Ignacio goteando ligeramente por sus piernas. Corrió por el pasillo hacia las escaleras, riendo por lo bajo mientras oía a Ignacio maldecir en voz baja y cerrar la puerta de su oficina a toda prisa. Subió los escalones de dos en dos y se metió en su habitación, cerrando la puerta justo cuando escuchó la voz de su madre llamando desde abajo. —¡Ignacio! ¿Estás en casa? Valentina soltó una carcajada silenciosa y se dirigió directamente al baño privado de su habitación. Abrió el grifo de la ducha y dejó que el agua caliente comenzara a correr. Se miró en el espejo empañado: el cabello revuelto, los labios hinchados por los besos, marcas rojas en el cuello y en los pechos donde Ignacio la había mordido. Se veía exactamente como lo que era: una mujer que acababa de ser follada con rudeza. Se metió bajo el chorro de agua caliente y cerró los ojos, dejando que el vapor la envolviera. Mientras se enjabonaba el cuerpo, las imágenes de lo que acababa de pasar se mezclaron con recuerdos más oscuros, mucho más antiguos. Todo esto era por Melanie. Su madre. La mujer que la había abandonado cuando Valentina tenía apenas un año de vida. La había dejado al cuidado de su abuela Aurora, prometiendo que se iría a buscar “un futuro mejor” para las dos. Nunca volvió. Ni una llamada, ni una carta, ni un solo peso para ayudar. Aurora la había criado sola, trabajando hasta romperse la espalda en empleos precarios, sacrificando todo por su nieta. La vida de ambas fue demasiado dura, Valentina cargaba con demasiadas heridas que le resultaban imposible de sanar. Y entonces, hace meses, la abuela enfermó gravemente. Cáncer. No había dinero para tratamientos decentes, ni para medicamentos, ni siquiera para una consulta con un especialista. Valentina había visto cómo Aurora se consumía poco a poco en esa cama vieja, sufriendo en silencio hasta que finalmente se apagó. En su funeral, Valentina hizo una promesa frente a la tumba: se vengaría de Melanie. Le quitaría todo lo que esa mujer egoísta amaba. Su marido perfecto, su casa lujosa, su vida de apariencias impecables. Todo. Por eso había vuelto a la casa familiar después de años. Por eso se había metido en la cama de Ignacio con tanta determinación. Cada gemido, cada embestida, cada gota de semen que él había derramado dentro de ella era un clavo más en el ataúd de la “vida perfecta” de Melanie. Valentina deslizó la mano entre sus piernas, limpiando los restos de Ignacio, pero también tocándose suavemente al recordar cómo la había follado. Una sonrisa fría y vengativa curvó sus labios bajo el agua caliente. —Te voy a destruir, mamá —susurró para sí misma, los ojos brillando con una mezcla de placer y odio—. Primero te voy a quitar a tu marido. Después… todo lo demás. Cerró el grifo y salió de la ducha, envolviéndose en una toalla. Su plan apenas comenzaba.
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