Cómo cada noche, se reunían en el comedor para cenar, sin importar qué, ninguno podía faltar. La mesa estaba perfectamente puesta, como siempre: mantel blanco, copas de vino y platos de porcelana fina. Melanie, vestida con un elegante conjunto de blusa de seda negra y pantalones blancos ajustados, hablaba sin parar, gesticulando con el tenedor en la mano.
—…y entonces la esposa del ministro me dijo que el evento del próximo sábado es imperdible. Va a estar todo el mundo: los socios del club, los dueños de las empresas más importantes… Imagínate, Ignacio, podríamos cerrar ese contrato que tanto te interesa. Yo ya le dije a la organizadora que iremos los dos, y que llevaré ese vestido rojo que tanto te gusta. ¿Te acuerdas? El que se ajusta aquí y…
Ignacio asentía mecánicamente, pero su atención estaba muy lejos. Martín, sentado frente a él, solo prestaba atención a medias; sus ojos estaban clavados en el celular, deslizando el dedo por la pantalla con aire aburrido mientras pinchaba la comida sin mucho interés. Federico, el hijo pequeño de Melanie e Ignacio, comía en silencio, concentrado en su plato.
Valentina, en cambio, sonreía por dentro. Sentada al lado de Ignacio, había deslizado descaradamente su pie descalzo bajo la mesa. Con lentitud deliberada, su dedo del pie subió por la pantorrilla de su padrastro, rozando la tela del pantalón hasta llegar al interior de su muslo. Allí, presionó con más insistencia, acariciando la entrepierna con movimientos suaves pero firmes.
Ignacio se tensó de inmediato. Su tenedor quedó suspendido a medio camino de la boca. Carraspeó, intentando mantener la compostura, pero su respiración se volvió más pesada. El pie de Valentina no se detenía: trazaba círculos lentos sobre el bulto que empezaba a endurecerse bajo la tela, disfrutando de cómo él apretaba la mandíbula.
Melanie, que seguía hablando sin pausa, frunció el ceño al notar la reacción de su marido.
—¿Qué te pasa, Ignacio? Estás raro. ¿No te gusta la idea del evento? Te ves… nervioso. ¿Estás bien?
Ignacio tragó saliva con fuerza, intentando apartar discretamente la pierna, pero Valentina fue más rápida y presionó con más fuerza, rozando la cabeza de su polla ya semierecta con los dedos del pie.
—Estoy… bien —respondió él con voz tensa, casi un gruñido—. Solo… un poco cansado del trabajo.
Valentina mordió su labio inferior para no sonreír abiertamente. Sentía el calor subir por el cuerpo de Ignacio, la forma en que sus músculos se contraían. Le encantaba esa tensión, el riesgo de que los descubrieran.
Melanie no pareció convencida. Se inclinó un poco hacia adelante, insistente.
—No, en serio. Llevas días extraño. Si es por el trabajo, dime. Sabes que yo puedo ayudarte a…
—¡Basta ya, Melanie! —estalló Ignacio de repente, golpeando la mesa con la palma de la mano. Todos se sobresaltaron. Su voz salió ronca y cargada de frustración—. ¿Puedes dejar de ser tan pesada y de meterte en todo? ¡Por Dios, no paras de hablar! ¡Siempre controlándolo todo, siempre organizando mi vida como si fuera un maldito títere! ¡Cállate de una puta vez!
El silencio cayó sobre la mesa como un bloque de plomo, pesado, demasiado pesado. Melanie lo miró con los ojos muy abiertos, entre sorprendida y ofendida.
—¿Cómo te atreves a hablarme así delante de los chicos? —replicó ella, alzando la voz—. ¡Yo solo intento que esta familia funcione! ¡Si tú no fueras tan cerrado y distante últimamente…!
La discusión subió de tono rápidamente. Ignacio y Melanie se gritaban el uno al otro, palabras hirientes volando por encima de la mesa. Federico bajó la mirada, incómodo. Martín, por primera vez, apartó los ojos del celular.
Valentina, en cambio, sonrió descaradamente. Una sonrisa lenta, satisfecha, casi triunfal. Se limpió la boca con la servilleta con calma, se levantó de la silla y salió del comedor sin decir una palabra, balanceando las caderas con deliberada sensualidad mientras subía las escaleras.
Estaba a punto de llegar a su habitación cuando una mano fuerte la tomó de la muñeca con posesividad, deteniéndola en seco. Martín la giró bruscamente y la acorraló contra la pared del pasillo, su cuerpo alto y atlético presionándola contra la superficie fría. Sus ojos oscuros brillaban con furia contenida.
Valentina sintió un golpe de miedo genuino. El corazón se le aceleró. Martín nunca la había mirado así antes.
—Para ya con tu puto juego, Valentina —le siseó él entre dientes, la voz baja pero cargada de rabia. Su agarre en la muñeca era firme, casi doloroso—. Desde que llegaste a esta casa, mis padres no hacen más que discutir. Antes todo estaba tranquilo. Tú llegas y de repente mi padre explota por cualquier cosa. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo lo miras? ¿De cómo te comportas con él? ¿De cómo él te mira?
Valentina tragó saliva, intentando mantener la compostura, pero su respiración se había vuelto irregular. El cuerpo de Martín estaba demasiado cerca, su calor la envolvía, y esa furia en sus ojos la desestabilizaba de una forma que no esperaba.
—¿De qué estás hablando, Martín? —preguntó ella, intentando sonar inocente, aunque su voz salió más temblorosa de lo que quería.
—No te hagas la tonta —gruñó él, acercando su rostro al de ella—. Sé que estás tramando algo. Y te lo advierto, si sigues jodiendo con mi familia, vas a arrepentirte. Para de una puta vez.
Sus ojos se clavaron en los de ella durante unos segundos que resultaron eternos, cargados de tensión. El pasillo quedó en silencio, silencio que solo fue roto por sus respiraciones agitadas.
Valentina levantó la barbilla, desafiante, aunque el corazón le latía con fuerza contra las costillas. El agarre de Martín en su muñeca era firme, casi doloroso, y su cuerpo grande la tenía completamente atrapada contra la pared. El pasillo estaba en penumbras, solo iluminado por la luz tenue que subía desde el comedor, donde aún se escuchaban los gritos ahogados de Ignacio y Melanie.
En lugar de acobardarse, una sonrisa lenta y provocadora curvó sus labios. Sus ojos verdes brillaron con esa mezcla de arrogancia y deseo que ya no podía ocultar.
—¿Y qué si estoy tramando algo, hermanito? —ronroneó con voz baja y cargada de burla, acercando su rostro al de él hasta que sus narices casi se rozaron—. ¿Vas a delatarme? ¿O te molesta tanto porque en el fondo te gusta lo que ves?