Martín entrecerró los ojos, la mandíbula tensa. Su respiración se volvió más pesada, su pecho subiendo y bajando contra el de ella. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Valentina, el aroma sutil de su piel recién duchada mezclado con algo más peligroso; el olor residual del sexo que había tenido con su padre apenas unas horas antes.
—No juegues conmigo, Valentina —gruñó él, pero su voz ya no sonaba tan firme. Su mirada bajó involuntariamente a los labios de ella, luego al escote de la blusa ligera que llevaba puesta, donde se marcaban claramente sus pezones endurecidos por la adrenalina.
Ella soltó una risita suave y provocadora. Con la mano libre, deslizó lentamente los dedos por el pecho de Martín, sintiendo cómo sus músculos se contraían bajo la camiseta de fútbol que llevaba.
—Admítelo… te pone caliente saber que estoy volviendo loco a tu padre. Te molesta… pero también te excita. Puedo sentirlo —susurró, presionando su cadera contra la de él. El bulto duro que crecía dentro de los pantalones de Martín rozó su vientre, confirmando sus palabras.
Martín soltó un sonido ronco, entre maldición y gemido. De repente, la tensión que había estado conteniendo explotó. Soltó su muñeca solo para sujetarla por la nuca con una mano grande y fuerte, atrayéndola hacia él con brusquedad. Sus labios chocaron contra los de Valentina en un beso furioso, salvaje, lleno de rabia y deseo reprimido. No fue dulce. Fue un beso de conquista: lengua invadiendo su boca, dientes mordiendo su labio inferior con fuerza, como si quisiera castigarla y devorarla al mismo tiempo.
Valentina gimió dentro de su boca, respondiendo con la misma intensidad. Sus manos subieron hasta enredarse en el cabello oscuro de Martín, tirando de él mientras arqueaba el cuerpo contra el suyo. El beso se volvió más profundo, más desesperado. La lengua de él exploraba cada rincón de su boca, lamiendo y chupando, mientras su otra mano bajaba por su cintura y apretaba su culo con posesividad, pegándola completamente a su erección.
—Eres una maldita zorra… —jadeó Martín contra sus labios, sin separarse del todo. Su voz era grave, entrecortada—. Desde que llegaste solo pienso en follarte para que te calles de una puta vez. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que te trate como la puta provocadora que eres?
Valentina soltó una risa entrecortada, mordiéndole el labio inferior con descaro mientras frotaba su pelvis contra la polla dura de él.
—Tal vez sí, hermanito… —susurró, la voz ronca de deseo—. Quizás quiero que me folles contra esta pared mientras tus padres discuten abajo. ¿Te atreves? ¿O solo sabes gruñir y amenazar?
Martín gruñó como un animal, bajando la boca hasta su cuello. Le mordió la piel con fuerza, chupando hasta dejar una marca roja, mientras su mano se colaba bajo la falda de Valentina, encontrando sus bragas ya húmedas.
—Joder… estás mojada —masculló, frotando dos dedos sobre la tela empapada—. ¿Esto es por mí o todavía tienes el semen de mi padre dentro de ti?
Valentina arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando los dedos de Martín presionaron su clítoris a través de la tela.
—Ambas cosas… —admitió con descaro, la respiración agitada—. Pero ahora quiero la tuya. Méteme los dedos, Martín. Siente cómo me pones.
Él no necesitó más invitación. Apartó las bragas a un lado con brusquedad y hundió dos dedos gruesos en su coño caliente y resbaladizo, follándola con ellos mientras su pulgar frotaba su clítoris hinchado. Valentina ahogó un grito contra su hombro, las piernas temblándole.
—Tan apretada… tan puta… —gruñó él contra su oído, moviendo los dedos con ritmo duro y profundo—. Voy a follarte hasta que olvides el nombre de mi padre. Y después… vas a rogarme por más.
Valentina sonrió contra su piel, los ojos entrecerrados de placer, mientras abajo seguían los gritos de la discusión.
—Entonces hazlo, hermanito… —jadeó—. Fóllame. Muéstrame lo que sabes hacer.
Valentina jadeaba contra la boca de Martín, el beso cada vez más brutal y desesperado. Los dedos de él seguían hundidos en su coño empapado, follándola con movimientos duros y precisos, curvándose justo donde más le gustaba. Cada embestida de esos dedos la hacía temblar, pero era su voz, grave y cargada de autoridad, la que realmente la estaba derritiendo por dentro.
—Este coño ya no es de mi padre —gruñó Martín contra sus labios, mordiéndole el inferior con fuerza antes de tirar de su cabello para obligarla a mirarlo a los ojos—. Ahora es mío. ¿Entiendes, Valentina? Mío. Cada gota de humedad, cada gemido, cada puta contracción… todo me pertenece. Si vuelves a abrirte de piernas para él, te voy a follar tan duro que no podrás sentarte en una semana sin recordar quién te duele más.
Valentina soltó un gemido ahogado, las rodillas le flaqueaban. Nunca nadie le había hablado así. Ignacio era intenso, dominante, pero siempre con ese toque de culpa y contención. Martín, en cambio, era puro fuego crudo, posesivo, casi cruel en su deseo. Y eso la estaba volviendo loca. Sentía el calor subirle por el vientre, el clítoris palpitando bajo el pulgar de él, que no dejaba de frotar en círculos rápidos y firmes.
—Martín… joder… —susurró ella, la voz entrecortada, arqueando las caderas para buscar más profundidad—. Me estás volviendo loca… Nadie me había hecho sentir así… tan… jodidamente tuya.
Él soltó una risa baja y oscura, presionándola más fuerte contra la pared. Su cuerpo grande y atlético la cubría por completo, la erección gruesa rozando su vientre a través de la ropa.
—Porque eres mía ahora, hermanita —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo con fuerza mientras hundía un tercer dedo dentro de ella, estirándola—. Mi puta personal. Voy a marcar cada centímetro de este cuerpo hasta que olvides que alguna vez tocaste a mi padre. Y cuando te corras, vas a gritar mi nombre, no el de él.
Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella. Un calor diferente, más profundo, más peligroso. No era solo lujuria. Con Ignacio todo había sido venganza, placer calculado, una herramienta para destruir a su madre. Pero con Martín… era distinto. La forma en que la dominaba, la posesividad cruda en su voz, la hacía sentir deseada de una manera visceral, casi adictiva. ¿Por qué le temblaban las piernas así? ¿Por qué quería que él la rompiera y la reclamara al mismo tiempo? Se suponía que esto era parte del plan… ¿o ya no?
Estaba a punto de responder, de rogarle que la follara de verdad, cuando escucharon pasos subiendo las escaleras. Pesados. Furiosos.
Ignacio.
Martín reaccionó rápido. Sacó los dedos de golpe, dejando a Valentina vacía y palpitante, y se separó apenas unos centímetros, pero no la soltó. Su mano grande seguía sujetándola por la cintura con fuerza posesiva, sus cuerpos aún demasiado cerca, respiraciones agitadas, el olor a excitación flotando en el aire.
Ignacio apareció en el pasillo, el rostro rojo de ira por la discusión con Melanie. Al verlos, se detuvo en seco. Sus ojos se entrecerraron al notar lo cerca que estaban: el cuerpo de Martín casi cubriendo el de Valentina contra la pared, la mano de él en su cintura, el cabello revuelto de ella, los labios hinchados.
—¿Qué carajo está pasando aquí? —preguntó Ignacio con voz baja y peligrosa, mirando directamente a su hijo—. Martín, apártate de ella ahora mismo.