Martín no se movió. Al contrario, apretó más los dedos en la cadera de Valentina, un gesto claramente territorial. —Solo estábamos hablando, papá —respondió con tono frío, sin apartar la mirada de Ignacio—. ¿Algún problema con eso? Ignacio dio un paso más cerca, la mandíbula apretada. Siempre había sido estricto con Martín: exigente con las notas, con el fútbol, con la disciplina. Pero ahora había algo nuevo en sus ojos: celos puros, rabia al verlo como un rival directo. El hombre que hasta hace unas horas había estado enterrado hasta el fondo dentro de Valentina, ahora veía a su propio hijo tocándola, oliendo a ella. —Problema es que te veo demasiado cerca de tu hermanastra —gruñó Ignacio, la voz temblando de pura rabia—. En esta casa se respetan las reglas. Tú no eres quién para andar

