Miguel tenía razón, pero le juré a Roland cuidarla.
—Rata, debemos resolver muchas cosas, mientras nos encontremos atados cuidándola, se nos puede escapar el hijo de puta de quien lo mandó a matar.
—Lo sé. Trata de buscar lo que nos pueda ayudar.
Ingresé al cuarto de la señora Verónica, me senté en una de las sillas a un lado de la cama sin dejar de mirarla, tenía mucha rabia. La vi abrir sus ojos, por un largo rato nos quedamos mirando, ¿Qué pensará esta mujer? Su actitud de debilidad me estaba cabreando, ella no era la misma que con su fuerza interna llegó a nuestras vidas y arrasó con sus virtudes, nuestra existencia.
—No tengo excusa. —Su voz fue débil, pero sincera.
—No, no la tiene y para serle sincero ya su debilidad me tiene mamado, perdón por la palabra.
—Perdóname. Pero no quiero seguir sin él.
La dejé llorar, no lo había hecho como debería. Después de unos largos minutos volví a hablar.
—Sabe, no logro entenderla, una mujer la cual nos devolvió a la vida, nos enseñó a verla bajo su perspectiva, alegre, fuerte, sencilla y llena de valores, eso fue lo que enamoró a Roland, verla en lo que se ha convertido créame… ahora lo estaría decepcionando en dondequiera que se encuentre. ¿Por qué lo hace? ¡No me deja hacer mi trabajo! —grité—. Le juré a mi amigo en su lecho de muerte, cuidaría. Las últimas palabras de su marido fueron «cuídala, si la cuidas, me cuidas a mí». ¡No me la está poniendo fácil, señora Verónica!
—Ya me quedó claro, vas a frustrar cada intento de suicidio y la respuesta a tu pregunta es porque sé en donde se encuentra.
—No la entiendo. —arrugué mi frente.
—Simón, él no tuvo tiempo para nivelar la balanza y reivindicarse, se encontraba en ese proceso, su alma no había sumado los suficientes actos de nobleza, bondad y favores para poder ir al cielo. —No la comprendo—. Él se fue al infierno, yo, por el contrario, he realizado actos buenos y nobles, lo único que haría irme al infierno es quitándome la vida.
» Quiero estar con él Simón, si lo hubiese logrado ya estaría a su lado, no me importa ir al infierno, te apuesto a que él ya debe estar el lado del diablo, si llego a ese lugar él me encontraría y podríamos permanecer eternamente juntos.
Esto era una locura, pensé, ¿qué trata de decirme? Por unos minutos quedé en silencio, analizando cada palabra. Suspiré antes de hablar.
—Perdone, tengo dos opciones para entender su analogía, o está en verdad loca, o ama de una manera que no comprendo. Voy a rogarle una sola vez y espero, por el afecto que le tenemos desde hace mucho me deje hacer mi trabajo, permítame cuidarla hasta que usted decida rehacer su vida.
—Jamás, ¡nunca! —volvió esa seguridad en su voz—. Mi cuerpo solo es y le pertenecerá a Roland, y te juro que nunca más intentaré quitarme la vida. —Vi sinceridad en su mirada—. Encontraré otra manera de enlodar mi alma, para ir en su búsqueda.
—¿Ahora qué piensa hacer? —suspiró.
—Encargarme de los negocios de mi esposo, tomaré posesión del puesto que dejó mi marido.
Esta mujer va a matarme de una úlcera, pero el recuerdo de las palabras de Inés llegó a mí. «Ella debe volver a Dios», lo último dicho por su hermano, terapia de choque. ¿Eso era lo que desea?, en su alma había mucha bondad y virtudes que no han desaparecido, ¿quiere conocer el mundo podrido del que quería salir su marido?, pues eso haré.
—Bien, ese es un terreno en el que sé moverme, solo con dos condiciones.
—Aprendo rápido.
—Excelente, primero, se deberá encargar de todo lo que hacía Roland y dos, deberá poner de su parte en toma de decisiones, en un mes es la lectura del testamento, no la aceptarán si se muestra como lo está ahora.
Roland había organizado su tiempo para cumplir las penitencias dadas por el padre Gabriel. Obra tu milagro ángel de la guarda de Roland, si te le apareciste a él fue por ella. Pero sobre mi cadáver ensuciará su alma, jamás matará a una persona, le mostraré lo peor de ese mundo, sé que la verdadera señora Verónica sigue ahí.
—Es un trato. —Con dolor alzó su mano y la estrechó conmigo.
—Comenzamos a las cuatro de la mañana. —arrugó su frente.
—¿Tan temprano?
—¿Quiere el puesto del señor? —afirmó—. A las cuatro.
Apagué la luz y llegué al cuarto continuo. Inés cabeceaba del sueño, Cebolla seguía investigando, me entregó un papel con datos básicos de la mujer que nos entregó el paquete.
—Mira esto.
Al frente tenía dos imágenes, una era de la mujer que había visto en la sala de espera, que estaba al lado de una señora de unos cincuenta años.
» Los labios son los mismos, ya los comparé en el programa. ¿Qué significa eso?
—El bueno para los acertijos era Roland, tenía una mente maestra para analizar situaciones y realizar conjeturas, yo solo manipulo la información. Debemos encontrar a esa extraña.
—Bueno, me pondré en eso.
—Cebolla mañana te espero a las cuatro de la mañana.
—¿Qué?
—Debemos entrenar a la señora Verónica para el puesto de Roland. —el grito y la cara de espanto de las dos personas que tenía enfrente.
—¿Qué locura es esta, Simón? —miré a Inés.
—Terapia de choque y acercamiento a Dios. —Fui contundente al responder.
—Explícate.
—Necesitaré de la ayuda de ustedes, ¿cómo creen que ella reaccione ante la toma de decisiones en la que debe enviar un contenedor de niños para prostitución y droga?
—Eso lo dejó de hacer Roland desde el primer día, lo sabes, mató a quien lo hizo. —respondió Cebolla.
—Sí, pero sabes que lo volvieron a hacer hace un mes y sabemos que lo harán de nuevo en dos días, y no lo vamos a permitir, pero quiero que ella conozca esa parte.
—¿Quieres terminar de volverla loca?
Inés seguía sin comprender, mientras la reacción pensativa de Cebolla lo comenzó a comprender.
—Inés, debo hacerla reaccionar, también la llevaremos a las últimas obras de caridad del Patrón. Debe ver la realidad de frente para hacerla entrar en razón. Que sepa, y no la veo dando una autorización de tal calibre, apenas vea niños, mujeres nos pedirá salvarlos. Es solo una corazonada.
—Bien, mañana a las cuatro.
—Cambia todas las IP de las cámaras, ahora solo lo sabremos y las veremos tú y yo, saquemos al infiltrado.
—Lo haré, apenas llegue a la casa.
—Perfecto.
Perdimos diez minutos tratando de levantar a la señora Verónica, Inés le había enviado ropa deportiva, si todo sale como lo planeamos, nos quedaremos unos días más en la clínica, mientras tanto teníamos una rutina de entrenamiento y ejercicios.
El manejo de armas queda suspendido hasta que le sanen las heridas de las muñecas, tampoco haríamos combate, pero debo tenerle su cabeza ocupada. Salcedo tiene listo un cargamento de niños para España, aunque él no sabe que yo lo sé.
Debemos hacer que la señora tome una decisión con respecto a eso antes de que el embarque se realice, ella los verá y miremos si puede dar la orden de enviarlos. Cebolla debía tener todo organizado para la tarde, no quiero que Salcedo sepa, esa gonorrea no sacará a ningún niño, debo aprovechar el desespero y miedo de los niños para hacer reaccionar a la señora.
—¿Falta mucho? —teníamos una hora trotando.
—A usted le gusta correr.
—Pero tengo mucho de no hacerlo. —Se detuvo. Sus muñecas sangraban un poco.
—Después de trotar, entrenamos alguna técnica de combate, por ahora puede vernos, yo siempre perdía con el Patrón, ninguno de nosotros le ganó, solo Rata le ha dado unos buenos golpes. —comentó Cebolla. Él también se percató del sangrado de las muñecas—. Así no podrá entrenar en manejo de armas, señora.
—Así es, no tendrá fuerza, debe curarse.
—Claro que puedo. —dijo.
—Podemos dejar eso para cuando esté curada si no hace otra idiotez. —Me recriminó con la mirada.
—Pero Simón, ella puede acompañarnos hoy en el tema de Salcedo.
—¿Será qué sí? —La miré y se sintió retada.
—¡Claro que puedo!, además hoy no he consumido esas malpa… absurdas medicinas.
Crucé una mirada con Cebolla, punto a nuestro favor, no fue capaz de decir una mala palabra.
—Bueno, regresemos, a la una debemos ir a las bodegas.
—¿Seguro quiere ir?
—Te dije que quiero hacer lo mismo que mi marido.
—Como usted diga.