El fuego no quemaba. Era luz, pero también sombra. Luna no sabía si estaba cayendo o flotando. El tiempo se había disuelto, y su cuerpo ya no era suyo. Solo escuchaba voces. Voces que venían de todas partes, como si el bosque hablara desde sus raíces.
—Todo lo que arde, transforma —susurró una.
—Todo lo que se olvida, persiste —dijo otra.
Cuando abrió los ojos, estaba en una caverna. No una natural, sino construida, con paredes de piedra negra y techos llenos de inscripciones brillantes. Las luciérnagas seguían allí, pero no eran las mismas. Eran más grandes, más lentas, con alas como cristales. El chico estaba a su lado, observándola en silencio.
—Bienvenida al Velo —dijo él—. Aquí se guardan los pactos. Los tuyos. Los de muchos otros.
Luna no sabía qué decir. Sus piernas temblaban, pero no retrocedió.
—¿Qué es este lugar?
—Un eco. Un reflejo del mundo real. Aquí lo que se oculta toma forma.
Caminaron por un pasillo estrecho, iluminado por las inscripciones. Luna podía leer palabras que no recordaba haber aprendido, nombres que la hacían estremecer. Al llegar a una sala circular, el chico se detuvo. En el centro, una especie de altar contenía cinco espejos. Todos distintos: uno roto, otro empañado, uno sin reflejo, otro con fuego en su superficie… y uno cubierto con un velo rojo.
—Cada espejo guarda un pacto. Algunos se rompieron. Otros aún esperan cumplirse.
Luna se acercó al que estaba cubierto. Sintió que algo latía debajo de la tela, como un corazón atrapado. Miró al chico.
—¿Este es el mío?
Él asintió.
—Aún no puedes verlo. Solo cuando estés lista.
Luna quería preguntar más, pero en ese momento, un sonido la hizo girar. Era un murmullo, como un canto bajo tierra. Venía de otra galería, más oscura. El chico la miró con gravedad.
—No todos los que hicieron pactos aceptaron el precio. Algunos intentaron romperlo. Aquí se quedan… entre sus recuerdos y sus deseos.
Luna tragó saliva.
—¿Y si yo…?
—Tú aún puedes decidir.
Siguieron avanzando por la caverna hasta llegar a una especie de biblioteca subterránea. Miles de pergaminos flotaban en el aire, girando lentamente. Cada uno emitía un leve resplandor. Luna extendió la mano y uno de ellos bajó suavemente hasta su palma. Al abrirlo, vio una escena: ella y su hermana, escondidas bajo una manta, contando historias con linternas.
—Ese es uno de los recuerdos que no entregaste —explicó el chico—. Los pactos no borran todo, solo lo que se da voluntariamente. Pero los fragmentos… esos viven en el Velo.
Luna sintió lágrimas en los ojos. Ese momento, pequeño y cálido, la golpeó como una ola.
—¿Tú también hiciste un pacto?
Él la miró por un largo instante.
—Yo fui un deseo. Alguien me imaginó tanto que terminé existiendo. Pero luego me olvidó.
Luna lo observó, sin saber si era tristeza lo que brillaba en sus ojos… o resignación.
—¿Y tú recuerdas quién era?
—Cada vez menos.
Se hizo un silencio largo. Las luciérnagas revoloteaban más lento. Todo parecía detenerse.
—Quiero ayudar —dijo Luna al fin—. Si este lugar guarda los ecos de lo que se pierde, tal vez pueda encontrar algo de mi hermana aquí.
El chico asintió.
—Es peligroso. Pero si te adentras más allá del Umbral del Olvido, puede que encuentres fragmentos de su pacto… si lo hizo. Pero allí, las cosas no siempre regresan contigo.
—No me importa.
Él se acercó, y con la yema de los dedos le rozó la frente. Una marca apareció en su piel, leve, como una chispa que se apaga.
—Esto te permitirá entrar. Pero recuerda: si encuentras su pacto, deberás elegir entre el suyo y el tuyo.
—¿Y si no elijo?
—Entonces ambos se desvanecerán.
Luna sintió vértigo. Pero ya estaba en marcha. El Velo era como un laberinto, pero no con paredes, sino con recuerdos suspendidos, emociones puras, fragmentos de tiempo. Cada paso la acercaba a un rumor más profundo, como si alguien la llamara desde el fondo de la tierra.
Finalmente, llegó a una puerta antigua, hecha de ramas secas entrelazadas. Una figura se dibujaba en el centro: dos rostros unidos por una lágrima.
Luna empujó la puerta.
Y el frío que la envolvió no venía del aire, sino del tiempo.
Detrás, solo había niebla.
Y una voz que conocía mejor que la suya.
—Luna… ¿por qué tardaste tanto?
Luna intentó soltar su mano, pero no pudo. No por miedo, sino porque algo la retenía desde dentro. Como si su alma hubiese dado ese paso antes que ella. El bosque ya no era bosque. O quizás sí lo era, pero no como lo conocía. El claro estaba cubierto por una niebla azulada y espesa. Todo parecía moverse más lento, incluso el viento.
—¿Dónde estamos? —susurró.
—En el mismo lugar, pero desde el otro lado —respondió él, con esa calma que le ponía la piel de gallina.
La niebla comenzó a disiparse. A su alrededor, figuras aparecían entre los árboles. No eran personas… no del todo. Parecían sombras que apenas recordaban haber tenido un cuerpo. Algunas estaban de pie, otras arrodilladas, otras simplemente flotaban como si no pesaran.
Luna los observó con los ojos muy abiertos. No podía apartar la vista. Las figuras no hablaban, pero sus miradas le contaban historias. Todas tenían el mismo dolor que ella. Todas habían perdido algo.
—¿Ellos también hicieron un pacto?
Él asintió.
—Algunos entregaron sus recuerdos, otros su voz, otros su sombra. Nadie lo hace sin querer algo a cambio.
—¿Y tú? ¿Qué diste?
La pregunta lo sorprendió. Bajó la mirada, y por un segundo pareció más joven. Más humano.
—Yo fui el primero.
Luna no entendió. Se acercó a él, intentando ver en su rostro alguna verdad, algo que la ayudara a comprender por qué todo parecía tan conectado. Entonces, entre los árboles, una figura se adelantó. Era una mujer, alta, delgada, con un vestido de encaje grisáceo. Su rostro era hermoso, pero sus ojos estaban vacíos. Literalmente. Dos huecos oscuros en donde deberían estar sus pupilas.
—Luna… —murmuró la figura.
El corazón de la chica se detuvo por un instante. Esa voz… era la de su hermana.
—¿Sol?
La figura se detuvo a pocos pasos, como si una barrera invisible le impidiera avanzar. Extendió una mano delgada hacia ella.
—No debiste venir, Luna. Él no te dijo todo.
Luna dio un paso atrás. Miró al chico, confundida.
—¿Qué está diciendo?
—Ella… está atrapada. Su alma no se fue. Pagó un precio para salvarte.
—¿Salvarme?
Las palabras se mezclaban con una presión en el pecho, un presentimiento oscuro. La figura de su hermana pareció temblar, desdibujarse. El viento comenzó a soplar con fuerza.
—Corre —dijo la sombra de Sol—. Antes de que el pacto se complete.
Y entonces, Luna entendió: su recuerdo no era el único en juego. Había algo más profundo. Algo que ya se había movido mucho antes de que ella caminara hacia ese bosque.
Y quizás… ya era demasiado tarde.