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El pacto de la medianoche

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Dicen que si caminas solo por el bosque de las luciérnagas justo a la medianoche, puedes encontrar a alguien que te ofrece lo que más deseas... a cambio de algo que no sabías que podías perder.

A sus 17 años, Luna solo quiere olvidar. La muerte de su hermana, los secretos de su familia y esa extraña sensación de no encajar en ningún lugar la han dejado rota. Una noche, cansada del dolor, sigue las luces del bosque y hace un pacto con un chico de ojos imposibles y sonrisa triste: Él le dará una razón para seguir viviendo... pero el precio será su recuerdo más feliz.

Desde entonces, Luna empieza a soñar con cosas que nunca vivió, con un amor que no reconoce pero siente en lo más profundo, y con un nombre que arde en su pecho cada vez que intenta pronunciarlo.

Lo que Luna no sabe es que aquel chico no es humano… y que el verdadero pacto apenas está comenzando.

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Las luciérnagas del bosque
La casa de Luna no parecía una casa. Era una mansión antigua, con paredes altas cubiertas de hiedra y ventanas tan grandes como puertas. Estaba alejada de todo, como si hubiera sido construida para esconder secretos. A su alrededor, los campos eran verdes y silenciosos, y más allá, el bosque. Nadie del pueblo iba al bosque. Decían que era mágico, o maldito. Que allí se veían luces extrañas por la noche. Pero Luna lo conocía desde niña. Su hermana y ella jugaban cerca de los árboles, antes de que todo cambiara. Desde la muerte de Sol, su hermana mayor, el silencio se había vuelto parte de la casa. Su madre apenas hablaba y su padre vivía encerrado en su oficina, revisando papeles y evitando mirarla a los ojos. Luna tenía todo lo que el dinero podía comprar, menos lo que más necesitaba: sentir que su vida todavía tenía sentido. Esa noche, Luna no podía dormir. Se levantó en silencio, descalza, con su pijama de algodón gris y una linterna en la mano. Cruzó el pasillo largo de la mansión, bajó las escaleras crujientes y salió al jardín. El aire olía a tierra mojada y a hojas recién cortadas. No sabía por qué, pero sus pies la llevaban hacia el bosque. Como si una parte de ella lo hubiera decidido antes que su mente. Cruzó el viejo portón de hierro y se internó entre los árboles. La luz de la linterna apenas alcanzaba a mostrarle el camino. A medida que se adentraba, todo se volvió más denso, más oscuro. Hasta que las vio. Luciérnagas. Decenas, quiza cientos, flotando en el aire como si danzaran. Luna las siguió sin pensar, hipnotizada. El bosque parecía respirar con ella. Cada paso que daba, el corazón le latía más fuerte. No había miedo, pero tampoco paz. Era una mezcla extraña. Como si estuviera cruzando la línea entre lo real y lo que solo existe en los cuentos. Entonces lo vio. Había un claro en medio del bosque. Y en el centro, un chico. Estaba de pie, vestido con ropas oscuras, delgadas, como salidas de otra época. No se movía. Parecía que la esperaba. Tenía el cabello n***o como la noche, y cuando levantó la vista, sus ojos brillaron con una luz que no era humana. Ni animal. Era algo distinto. —Hola, Luna —dijo él, como si la conociera de toda la vida. Ella se detuvo en seco. No recordaba haberle dicho su nombre. Ni siquiera sabía cómo había llegado exactamente hasta allí. —¿Quién eres? —preguntó, dando un paso atrás. —Alguien que también ha perdido cosas —respondió, con una voz tan suave que parecía acariciarle los oídos. Luna sintió que el aire se volvía más frío. Las luciérnagas habían dejado de moverse. El bosque entero estaba en silencio. —Te estaba esperando —continuó él—. Esta noche es especial. A medianoche, los deseos se pueden cambiar por recuerdos. —¿Recuerdos? —Los más felices. A cambio de algo que anhelas. Luna pensó en su hermana. En cómo se sentía desde su muerte. En la soledad, el vacío, el frío. Y también pensó en el día que fueron juntas al lago, cuando ambas se rieron hasta llorar. Ese era su recuerdo más feliz. —¡No puedo olvidarlo! —dijo, sintiendo un nudo en la garganta. —Pero puedes cambiarlo por algo que te devuelva la vida. Un propósito. Una razón para seguir adelante. El chico se acercó un paso. No había amenaza en su voz. Solo una extraña ternura. Luna no podía dejar de mirarlo. —¿Cómo te llamas? —Los nombres no importan aquí. Solo los pactos. Entonces extendió la mano hacia ella. Luna sintió que algo dentro de su pecho se estremecía. No sabía si era miedo, esperanza o ambas cosas. —Acepto —susurró, y su voz se perdió entre las sombras. Cuando su mano rozó la de él, una corriente helada le recorrió el cuerpo. Sus ojos se cerraron por un instante, y cuando los abrió, ya no estaban en el claro. Estaban en otro lugar. Uno que se sentía real, pero no lo era. Como un sueño. Como un recuerdo ajeno. Y allí, por un instante, Luna vio algo que no comprendía del todo: una versión de ella misma sonriendo, enamorada, bailando bajo una lluvia de estrellas con ese mismo chico. —Este es el comienzo —dijo él, con una sonrisa triste—. Pero recuerda: lo que se da, no se recupera. Un sonido sordo, como un reloj marcando la medianoche, retumbó a lo lejos. Y entonces, todo se apagó. Luna abrió los ojos en su cama. El sol entraba por la ventana. Su pijama estaba limpio. Su linterna en la mesita. Y su corazón, latiendo como si hubiera corrido un sueño entero. Pero al mirar la foto de su hermana en la pared, sintió un vacío. No sabía por qué, pero algo dentro de ella ya no estaba. Y aunque no podía explicarlo, sabía que esa noche no había sido un sueño. Había hecho un pacto. Y alguien, en algún lugar del bosque, la estaba esperando de nuevo. Los días siguientes, Luna no fue la misma. Caminaba por la casa con una extraña liviandad, como si una parte del dolor que la había acompañado durante meses se hubiera desvanecido. Pero no era alivio. Era más bien una ausencia. Sabía que algo había cambiado, pero no podía explicarlo con palabras. A veces, al mirar el jardín por la ventana, sentía que el bosque la llamaba de nuevo. Empezó a tener sueños. En ellos, veía al chico del bosque, siempre esperándola bajo un cielo estrellado, hablándole sin palabras, con los ojos. En uno de esos sueños, él le ofrecía una rosa negra, y cuando ella la tocaba, se convertía en ceniza. Se despertaba con el corazón latiendo rápido, y una sensación de pérdida que no lograba entender. Una tarde, encontró una carta entre los libros antiguos de su hermana. No recordaba haberla visto antes. El papel estaba amarillento, y la letra no era de Sol. Decía: “El bosque recuerda lo que damos. Y también lo que ocultamos. Si alguna vez aceptas un pacto, nunca regreses igual. La media noche no termina con el amanecer. Solo cambia de forma.” Luna sintió un escalofrío. Algo dentro de ella se removió. ¿Había estado su hermana también involucrada en algo parecido? ¿Era posible que Sol hubiera hecho un pacto antes que ella? Esa noche, Luna volvió al bosque. Esta vez, no llevó linterna. De alguna forma, sabía el camino. Las luciérnagas la esperaban, brillando como si supieran que regresaría. Pero esta vez, el claro estaba vacío. El chico no estaba allí. Solo una pequeña caja de madera, sobre una roca. Luna se acercó con cautela. La abrió. Dentro había una pulsera que había pertenecido a su hermana, y una nota doblada en cuatro partes. La nota decía: “Recuerda tu elección. El recuerdo que entregaste es el precio de lo que ahora comienza. No estás sola. Y el amor, a veces, exige más de lo que uno cree tener para dar.” Cuando levantó la vista, el chico estaba a su lado. No lo había oído llegar. Su expresión era distinta. Más seria. Más triste. —Estás a punto de cruzar un umbral, Luna —dijo con voz grave—. A partir de ahora, nada será lo mismo. Y entonces, las luciérnagas comenzaron a girar en círculos, formando una espiral de luz alrededor de ambos. El bosque susurraba palabras en un idioma antiguo, y el cielo parecía agitarse con cada nota del viento. —¿Estás lista para saber quién soy realmente? —preguntó él, extendiendo la mano una vez más. Y aunque el miedo la rodeaba como una niebla espesa, Luna supo que no podía volver atrás. Tomó su mano. Y el mundo se volvió oscuridad y fuego.

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