EL JARDÍN DE CRISTAL
(HACE TRES AÑOS)
SEGUNDA PARTE
—¿Cómo... cómo te atreves a decir algo así? ¿Me has investigado tanto que incluso te crees con derecho a hablar de mi intimidad?
—Mis disculpas por la crudeza —me interrumpió, pero sus ojos no pedían perdón; brillaban con una intensidad posesiva que me hizo temblar—. No fue una suposición al azar. Investigo todo lo que me importa, Harper. Y tú me importas mucho más de lo que es saludable para un hombre como yo.
Se levantó con una lentitud felina y rodeó la mesa. Se detuvo frente a mí y me obligó a levantar la vista, tomándome suavemente de la barbilla con su pulgar e índice. Sus dedos eran firmes, pero su toque era sorprendentemente tierno.
—Me aterra y me fascina a la vez —confesó Nikolai, y su voz se volvió una caricia ronca—. En un mundo donde todo se vende, se alquila o se compra, tú eres un tesoro intacto. Una luz que no ha sido corrompida por las manos de otros. No quiero ser solo un hombre en tu vida, Harper. Quiero ser el primero. El único. Quiero que cuando dibujes en ese cuaderno, no puedas trazar otra línea que no sea el recuerdo de mi tacto sobre tu piel.
—Nikolai, esto es demasiado rápido —susurré, aunque mi cuerpo lo traicionaba inclinándose hacia él, buscando su cercanía—. Ni siquiera te conozco. Sé quién es el "Zar" de los negocios, el hombre que sale en las noticias, pero no sé nada del hombre que planta flores en el cielo para escapar de sí mismo.
—Entonces pregúntame —dijo él, acortando la distancia hasta que nuestras narices se rozaron, compartiendo el mismo aire—. Pregunta lo que quieras. Te prometo que, bajo este techo de cristal, no te mentiré.
¿Estás casado? ¿Por qué siempre pareces estar huyendo de una sombra? ¿Qué hay en Rusia que te hace tener esa mirada de náufrago? Las preguntas estaban allí, quemándome la punta de la lengua, pero la forma en que su pulgar empezó a acariciar mi labio inferior me hizo olvidar cómo se articulaban las palabras. El deseo era un hambre física, un vacío que solo él parecía capaz de llenar.
—Dime algo que nadie sepa —logré articular, con la voz apenas audible.
Nikolai guardó silencio por un largo rato. Sus ojos se oscurecieron aún más, viajando a un lugar muy lejano, un lugar lleno de nieve y soledad.
—Odio el sabor del caviar —dijo finalmente, con una sonrisa amarga que me rompió un poco el corazón—. Me recuerda a las cenas de mi infancia en San Petersburgo, donde el lujo se usaba como una mordaza para tapar el sonido de los gritos de mis padres. Prefiero mil veces una hamburguesa contigo en un banco de Central Park que el banquete más fastuoso del Kremlin.
Me reí, una risa genuina y ligera que rompió la tensión eléctrica que nos rodeaba. Nikolai me miró como si mi risa fuera el sonido más hermoso y exótico que hubiera escuchado jamás. Sin previo aviso, me tomó de la cintura y me levantó de la silla con una fuerza asombrosa, sentándome sobre la mesa de cristal. Mis piernas se enredaron instintivamente en su cintura, mi vestido rojo subiendo por mis muslos.
—Harper —susurró mi nombre como si fuera una oración sagrada—. No dejes que me detenga. Si no quieres esto, dímelo ahora, porque una vez que te bese, ya no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos. No te dejaré ir. Jamás. Te convertirás en mi religión.
Miré sus labios, luego sus ojos atormentados por una soledad que yo empezaba a reconocer como propia. No me importaba el peligro. No me importaba que fuera mi jefe, que fuera un extraño poderoso o que estuviéramos en una jaula de cristal. En ese jardín suspendido sobre las luces de Nueva York, Nikolai Sheremetev era mi único norte, mi única verdad.
—No te detengas —respondí, y fue mi propia sentencia.
Sus labios chocaron con los míos con una voracidad que me dejó sin aire. No fue un beso tierno; fue una colisión, un reclamo, un incendio forestal. Nikolai me besaba como si estuviera sediento y yo fuera el único manantial en un desierto infinito. Sus manos recorrieron mi espalda, apretándome contra su pecho firme, mientras yo enredaba mis dedos en su cabello oscuro, tirando de él, queriendo desaparecer dentro de su piel.
En ese momento, rodeada de flores exóticas y bajo la mirada impasible de la luna, sentí que Nikolai era mi destino. No podía ver los hilos que una mujer llamada Ekaterina estaba tejiendo desde el otro lado del océano Atlántico. No podía imaginar que este hombre, que me besaba como si yo fuera su salvación, ya tenía una vida construida sobre los cimientos de otra mujer. Solo podía sentir el fuego de su piel y la promesa silenciosa de que, pasara lo que pasara, mi vida nunca volvería a ser la misma.
Nikolai se separó apenas unos milímetros, jadeando, su frente apoyada contra la mía. Sus ojos brillaban con una determinación feroz.
—Princesa —gruñó, con una mezcla de triunfo y agonía—, vas a ser mi perdición. Y voy a disfrutar cada segundo de mi caída mientras te arrastro conmigo.
Cerré los ojos, entregándome al abismo, sin saber que la caída duraría tres años y que el aterrizaje destrozaría cada hueso de mi cuerpo. Pero esa noche, en el Jardín de Cristal, solo existía el ahora. Y el ahora sabía a vino tinto, a jazmín y al hombre que me estaba robando el alma.