Estoy en mi casa. Mi padre me trajo de vuelta después de terminar todo rápido; sentía la presión en la mirada del señor Navarreti. Apenas terminé, tomé a mi hija y salí de ahí. Qué día tan loco: primero lo de la tarjeta y luego esto. Es de noche y, como casi siempre, estoy acostada con mi hija. A esta edad es cuando más duermen, y lo compruebo con Dianita, que duerme con la boca abierta. Se la cierro suavemente y vuelve a abrirla; no puedo evitar reírme de verla así. Tocan el timbre y me levanto rápido para abrir antes de que mi hija despierte. Abro y me quedo paralizada al ver a Fabián parado ahí, mirándome con esos ojos fríos que lo caracterizan. Me llega un recuerdo de la última vez que lo vi, bajo la lluvia. Creí que sería diferente, pero esta vez me dejó peor. Él intenta entrar,

