Imperdonable. No importa que haga o dejé de hacer, una cosa es segura; ser la princesa es un jodido dolor de cabeza. Pocas veces salía a tomar el té con alguna noble escogida por mí madrina o por mí padre, siempre ancianas que obedecían con dedicación a la corona y que no se atreverían a hablar demas enfrente o sobre mí. Incluso ahora que casi tenía 15 años era muy difícil ver a una cara ajena a la de mí abuelo, hermano o padre, salvo Arcos, Zakya y Itzain. ¿Había alguien más que ver? Quizá la única interacción por fuera eran las cartas que intercambiaba con el Emperador y Emperatriz de Karax, pero era lo mismo, adultos, y más adultos. No hay emoción adolescente, errores o travesías. —Este posee una seda muy preciosa que iría perfecto con tu color platinado. Astrid elevó entre sus mano

