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A merced de mi jefe

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Blurb

Una noche de máscaras.

Un secreto de cuatro años.

Un jefe que no se detendrá hasta encontrarla.

Para escapar de la humillante traición de su ex y su prima, Elena se refugia en el anonimato de la exclusiva Gala de Solsticio. Tras una máscara de filigrana y envuelta en Ámbar Rojo, vive una noche de pasión salvaje con un desconocido de ojos gris tormenta que desaparece antes del amanecer.

La consecuencia: un embarazo inesperado y un hijo que es el vivo retrato de aquel encuentro furtivo.

Cuatro años después, Elena lucha por destacar como arquitecta en la capital, hasta que se ve obligada a trabajar bajo las órdenes del nuevo y despiadado CEO: Maximilian Von Stein. Ella lo reconoce al instante como el hombre de aquella noche; él solo ve a una empleada brillante que usa el perfume que lo ha perseguido de forma obsesiva durante años. Elena debe ocultar la verdad a toda costa, pues no solo su carrera está en juego, sino también el secreto que camina con sus mismos ojos

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Capítulo 1
La cerradura de la puerta principal giró con un chirrido que, en ese momento, me pareció el sonido más tenso del mundo. Entré en el recibidor dejando que el bolso resbalara de mi hombro hasta el suelo con un golpe seco. Mis pies protestaban dentro de los zapatos de oficina; el agotamiento no era solo físico, era una carga mental que me arrastraba hacia el suelo tras un día interminable entre las entregas de la facultad de arquitectura y mi pasantía. Solo quería una cosa: silencio. Un silencio absoluto que me permitiera olvidar que el mundo seguía girando. Sin embargo, el destino tenía otros planes, y el aire en la casa se sentía cargado, casi eléctrico. Al levantar la vista, me encontré con una escena que me heló la sangre. Mis padres estaban sentados en el sofá de cuero marrón, ese que solo usaban para las "reuniones familiares" de carácter grave. Mi padre, con su mandíbula cuadrada y siempre afeitada al milímetro, sostenía una copa de brandy que no bebía, observando el líquido ámbar como si buscara respuestas. Mi madre, impecable en su conjunto de lino, mantenía la espalda tan recta que parecía una estatua de sal. —Siéntate, Elena. Tenemos algo que comunicarte —dijo mi padre. Su voz no era una invitación, era una sentencia de muerte para mi tranquilidad. Caminé hacia ellos con el corazón empezando a latir contra mis costillas, un tambor sordo que me ensordecía. Lo sabía. Lo sabía por la forma en que evitaron mi mirada al entrar. Sobre la mesa ratona, destacando con una crueldad obscena entre las revistas de decoración, reposaba un sobre de papel crema con un relieve dorado que me revolvió el estómago. —La boda de Beatriz y Julián es este sábado —soltó mi madre, rompiendo el aire espeso del salón sin anestesia. —¿Este sábado? —El nombre de Julián golpeó mi pecho como un proyectil. El hombre con el que había planeado mi vida durante tres años. Y ella… mi prima. Mi propia sangre—. ¿Me están diciendo que se casan en tres días? —No hay tiempo que perder, Elena —continuó mi madre, ignorando el rastro de palidez en mi rostro—. Beatriz cometió un error, sí, pero las cosas se han complicado. Ella está esperando un hijo de él. Se van a casar de inmediato para salvar el honor de la familia ante el pueblo. Si tú no vas, la gente pensará que sigues dolida, que eres una resentida. Nos dejarás en ridículo ante todos los vecinos justo cuando más unidos debemos parecer. —¿Un error? —repetí, sintiendo cómo el ácido de la traición subía por mi garganta—. ¡Los encontré en mi propia habitación, mamá! En mi cama, mientras yo pensaba que él estaba trabajando hasta tarde para que pudiéramos casarnos. Ella no cometió un error; ella entró en mi santuario y me lo arrebató todo. ¿Y ahora esperan que yo vaya a ver cómo se juran amor eterno frente al altar? —¡Suficiente! —rugió mi padre, poniéndose en pie con una brusquedad que me hizo retroceder—. No me importa quién se equivocó. Lo que me importa es que nuestra familia no sea el chisme del pueblo por culpa de tus dramas. Iremos todos, entraremos en esa iglesia con la cabeza alta y tú sonreirás aunque te duela. Es una orden, Elena. Mientras yo pague tus estudios y vivas bajo este techo, mi palabra es ley. Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. La injusticia era un peso insoportable, una prensa que me aplastaba el pecho. Pero justo cuando sentía que las lágrimas me iban a traicionar, escuché unos pasos rápidos bajando la escalera de madera. —¡Ella no va a ir a ninguna parte si no quiere! —La voz de Sofía, mi hermana mayor, cortó la tensión como un rayo en medio de la tormenta. Sofía se puso a mi lado, rodeándome con su brazo con una fuerza que me devolvió el alma al cuerpo. Éramos inseparables, dos caras de una misma moneda: ella era la rebeldía y el fuego; yo, hasta ese momento, la hija que siempre bajaba la cabeza para no causar problemas. Pero esta vez, su mano apretando la mía me decía que el juego había cambiado. —Sofía, no te metas. Esto es entre Elena y nosotros —advirtió mi padre con el dedo índice en alto. —Me meto porque es mi hermana y lo que le están pidiendo es una tortura —respondió ella, sin parpadear—. Quieren usarla como un trofeo de "paz familiar" mientras ella se desangra por dentro. Pues olvídense. No vamos a ir. —Si no van, se olvidan de cualquier apoyo económico para sus carreras —amenazó mi madre, con esa frialdad diplomática que era más dolorosa que un grito. El silencio que siguió fue absoluto. Podía oír el tic-tac del reloj de pared, recordándome que solo faltaban horas para el colapso de mi dignidad. Sofía me miró de reojo y vi en sus ojos una chispa de astucia que conocía bien. Me apretó la mano con un código secreto: confía en mí. —Está bien —dijo Sofía de repente, suavizando su postura—. Iremos. Pero hay un compromiso que surgió hace semanas y que ustedes olvidaron. Mis padres se relajaron un milímetro, creyendo que la amenaza económica había funcionado . —¿Qué compromiso? —preguntó mi madre, entrecerrando los ojos. —La Gran Gala de Ámbar. Es este mismo sábado por la noche en la capital. El decano de la facultad nos seleccionó a ambas para asistir como jóvenes promesas de la arquitectura. Es un baile de máscaras donde estarán los dueños de las constructoras más grandes del país. Si no vamos, quedaremos marcadas como "poco profesionales" y perderemos la oportunidad de nuestra vida. Vi cómo los engranajes en la cabeza de mi padre empezaban a girar con furia. La ambición social de mi padre era su mayor debilidad, y la idea de que sus hijas estuvieran en el evento más exclusivo de la alta sociedad era mucho más tentadora que una boda de pueblo llena de cuchicheos. —Es una oportunidad de oro —insistió Sofía, fingiendo resignación—. Pero si prefieren que estemos en la boda de Beatriz aguantando burlas, en lugar de estar haciendo contactos con millonarios... ustedes deciden. Total, es su apellido el que queda en juego. Mi madre miró a mi padre. La jugada fue magistral. —Bueno... —comenzó mi madre—. El futuro profesional es sagrado. Podríamos decirle a mi hermana que tuvieron un compromiso ineludible e institucional en la capital. Quedaríamos como una familia de éxito, no como una familia dividida. —Exacto —asintió Sofía con una sonrisa que ocultó rápidamente—. Nos iremos mañana mismo por la tarde para prepararnos en la ciudad. Subimos las escaleras casi volando. Una vez en mi habitación, Sofía cerró la puerta con llave y soltó un suspiro largo. —¡Lo logramos! —susurró con euforia—. Elena, no hay invitación del decano. Esas invitaciones a la gala me las dio un cliente de la firma de diseño donde trabajo. Son pases de cortesía para "invitados anónimos". Este sábado, mientras ellos estén en la iglesia, nosotras estaremos perdiéndonos en la capital. Pasamos el viernes en un estado de nerviosismo absoluto, preparando maletas a escondidas. El sábado por la tarde, ya instaladas en un hotel boutique cerca del salón de la gala, el ambiente era de pura transformación. —Hoy vas a dejar de ser la "pobrecita" —me dijo Sofía mientras me ayudaba a subir el cierre del vestido—. Hoy vas a ser alguien a quien nadie pueda alcanzar. El vestido era de un satén rojo tan profundo que recordaba a las rosas de medianoche. Tenía un escote elegante que dejaba mis hombros al descubierto y una caída que me hacía parecer más alta, más segura, casi peligrosa. Sofía, por su parte, se veía imponente en un verde esmeralda que resaltaba su mirada decidida. —Estás... increíble —dijo ella, con un brillo de orgullo en los ojos—. Pareces una aparición, Elena. Alguien que no pertenece a este mundo ordinario. Me entregó la máscara. Era una pieza de artesanía en filigrana de plata y oro, con detalles de encaje que se extendían hacia las sienes. Al ponérmela, mi reflejo en el espejo cambió por completo. Mis ojos, antes apagados por el llanto de los últimos días, ahora brillaban con el misterio del anonimato. Ya no era la chica engañada por Julián; era una extraña en una ciudad de luces. —Toma —me dijo, extendiéndome un frasquito de perfume—. Es una esencia de ambar rojo. Úsalo. Esta noche tu aroma será lo único que la gente podrá recordar de ti. Bajamos al vestíbulo donde Mateo, el novio de mi hermana y nuestro único cómplice, nos esperaba con un traje impecable. Él sabía toda la verdad y nos protegería. Al vernos, se quedó mudo. —Si las dejo solas cinco minutos, el salón se va a incendiar —bromeó Mateo, aunque vi la seriedad en su rostro—. Tengan cuidado. En esa gala, las máscaras son para esconder secretos mucho más grandes que una boda de pueblo. El trayecto en coche fue un borrón de luces y lluvia fina sobre el parabrisas. Al llegar a la mansión de la gala, la vista era abrumadora: alfombra roja, coches que costaban más que nuestra casa y un silencio elegante solo roto por el clic de las cámaras. Me bajé del auto sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas. Miré a Sofía y ella me apretó la mano. —Es ahora o nunca, Elen —susurró.

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