—Señor Von Stein —comenzó ella, su voz recuperando esa suavidad profesional que me volvía loco—. Le pido disculpas. Valerie me dejó claro que nadie, excepto el señor Vancamp, tiene permiso de acceso directo. La señorita ignoró a Lily y pretendía entrar en una zona donde hay material confidencial de Nebula. Su calma después de haber sido humillada de esa forma me impresionó. Observé su boca, pintada con un labial discreto, y sentí un impulso violento de silenciarla con un beso. —No se disculpe, señorita Castillo —dije, tratando de recuperar mi propia compostura—. Usted actuó con la integridad que este cargo exige. No me importa quién sea el padre de esa mujer; en este edificio, mi palabra es ley, y usted es mi Directora de Proyectos. Caminé hacia mi escritorio de nogal macizo, sintiendo

