—Desde que mi Directora de Proyectos decidió poner a prueba los límites de mi paciencia —respondió él, sin quitarme la vista de encima. Sonreí con una falsa modestia. —¡Yo jamás haría eso, señor! Oliver, ¿quieres un café? —Sí, Elena, por favor. Eres un ángel en este infierno. Caminé hacia la cocina con una lentitud calculada, sintiendo la mirada de Maximilian quemándome la espalda. Preparé la bandeja y regresé al despacho. Entré suavemente y dejé el café de Oliver en su lugar. Luego, rodeé el escritorio de Maximilian. Me incliné de forma provocativa, dejando que mi escote quedara justo en su línea de visión mientras le entregaba su taza de té. Sus ojos brillaron con el entendimiento de mi tortura. Dejé que la servilleta de tela cayera al suelo "accidentalmente". Me agaché a recogerla,

