—Que lo envuelvan para regalo. Con la mejor presentación que tengan —ordené. Salí de la tienda sintiendo que la paz volvía a mi cuerpo. Elena Castillo no se atrevería a seguir con su jueguito de "té de manzanilla" después de recibir esto. Cuando regresé a la oficina, el ambiente estaba en calma. Ella estaba sentada en su escritorio, con la espalda recta y esa mirada concentrada que tanto me fascinaba. Noté una pequeña caja de cartón blanco junto a su computadora, con el logo de la pastelería más famosa de Astoria. Dentro había una porción de tarta de chocolate amargo. Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad. Caminé hacia ella, manteniendo mi mejor máscara de frialdad ejecutiva. No podía tratarla como a una asistente, así que usé la jerarquía del proyecto. —Elena —dije, deteniéndome

